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Noventa años, entonces,
cumplía este hombre que ya es leyenda, tiene tres sangres,
habla tres idiomas y se acerca al centenario, impávido,
sereno, altivo, porque su ocaso será sólo fisico: el sol que
alimenta su espíritu no perecerá. Ahí tenernos su obra.
Pero, más que su obra, la fuerza con que ha vivido día a
día, desde que abrió los ojos en su amado Ixhuatán y diera
el primer sorbo de leche materna del seno de su adorada madre,
Martina Henestrosa, hasta que, atosigado por el infortunio y
la pobreza. decidiera vender su caballo e irse a probar
fortuna a la capital del país y enfrentarse a un hombre que
ya le estaba deparado para intervenir en su destino: José
Vasconcelos, Secretario de Educación Pública a quien no
sólo pidió, sino exigió, que cumpliera su palabra de educar
a los indígenas, de dar becas para que los jóvenes
estudiaran, bibliotecas para que se instruyeran y educación
artística.
Casi
al mismo tiempo que conoció a Vasconcelos, ese hombre de
fuego, tierra y aire, el destino le puso enfrente -la injertó
en su vida cotidiana— a la mecenas María Antonieta Rivas
Mercado, deslumbrante mujer que descubriera la vocación y el
talento de Andrés y lo rodeara de hombres y mujeres que
forjaron la cultura nacional contemporánea.
Cabe
decir que Andrés Henestrosa es testigo de la historia de
México y formó parte del conglomerado que preocupaba al
insigne oaxaqueño Vasconcelos. Por eso es fecundo en ideas,
ingenioso sin par, y cuando charla sus vivencias lo hacen
traslúcido, inédito, único en todo lo que narra; qué decir
de sus libros, de sus artículos periodísticos y de sus
inquietudes que lo mantuvieron en "ascuas" al
emprender otras tareas sin nada que ver con el periodismo o la
literatura pero sí mucho con la libertad y la dignidad
humana.
¿Y
qué pasó con los sueños de Andrés? ¿Tuvo el impulso de
verlos realizados? En sus múltiples soliloquios o
declaraciones a medios difusores ha dejado entrever que él,
corno tantos otros escritores de aquí, de allá, de ayer, de
antaño y de hoy mismo, sufre abandono y desesperanza porque
nunca se vive de la pluma, que más parece un instrumento que
conduce a la muerte.
El
reconocimiento no fue con él del todo adverso: lo ha tenido
de las autoridades culturales del país, de administraciones
pasadas y presentes. Tal vez alcanzar la medalla Belisario
Domínguez, la más alta presea al estoicismo, a la verdad
pura, al valor, sea lo más bello que se le ha otorgado y que
le impuso el Senado de la República.
¿Cómo
ha sido con él la crítica? Trabajó con pasión para
alcanzar frutos rotundos con su pluma: conocedor del idioma
español ha vibrado en cuanto ha escrito. Por ello, la
crítica nacional como la extranjera le han reconocido; aunque
voces de canes lugareños ladran a su paso. Pero eso es la
condición humana, en sus matices negativos.
Cuando
el amor llegó a su puerta le entregó un inagotable caudal,
ríos de bienes, como el apellido de Alfa, su amante esposa,
compañera, amiga, madre; eterna vigilante del niño que lleva
adentro, el que forjó y acarició Tina Man, y al que Alfa
mantuvo vivo, atento, despierto a las oportunidades de crecer
espiritualmente para que el asombro, que es el ingrediente de
la verdadera sensibilidad, no lo abandonara en su longeva e
inquieta vida.
"Yo
andaba buscando a la muerte cuando me encontré contigo",
dice una letra que adaptó al son "La Ixhuateca". En
ese instante fue cuando Alfa, enfermera de profesión, no
sólo le curó heridas fisicas sino las del alma. Tuvo que
emplear toda su ternura y decisión para arrancarlo de las
garras de la muerte.
Alfa
fue la otra mitad de su vida. Juntos, siendo dos, fueron uno
solo. La cordura, la sensatez, el equilibrio, los puso ella;
como la esposa bíblica encendió su lámpara al conocerlo y
la alimentó todo el tiempo, para que nunca amenazaran los
vientos su llama perpetua: al amor que sintió por él. Alfa
no sólo era tierna, y de impecable belleza zapoteca, sino
también inteligente y sabia cuál era su papel junto a aquel
hombre desesperado a quien había salvado de la muerte. Cuando
ya esposa empezó a administrar lo mucho o lo poco del capital
con que contaba la pareja, dio rienda suelta al afán de
Andrés de que artistas e intelectuales conocieran lo que era
el istmo de Tehuantepec, y hubo caravanas de hombres y mujeres
que fueron como invitados de honor a las velas, bodas y
fiestas tradicionales de Juchitán: viajó con Andrés por el
mundo y él le enseñó, de viva voz, las riquezas de esos
países.
Alfa,
me contó Andrés, se hizo culta conmigo, cambió hasta de
manera de andar. Pero también reconoce que ella tomó el
mando de su vida y la dirigió con la palabra o con el
silencio.
Soñador
incurable, Henestrosa, anhela vivir en una comunidad del
Valle, donde levantó una modesta casa, construida por el
arquitecto Alvaro Guerra, para vivir con Alfa los años
cercanos al ocaso; el dulce otoño que se perdió al morir
Alfa y creó una biblioteca para disfrute del pueblo o de los
investigadores que se interesen.
Medallista
de tu nombre, desde 1977, siento que la presea de plata que
elaboraron las manos milagrosas del artífice Lorenzo Rafael,
pesa sobre mi corazón como el grato aliento de una persona no
sólo importante en el quehacer cultural, sino también
querida y maravillosa: de tu vigorosa pluma han salido obras,
discursos, prólogos, cientos y cientos de artículos,
alacenas de tu obra periodística que se volvieron libros, con
rico material sobre temas diversos o personajes de la
literatura propia o ajena -si es que puede llamarse ajeno a lo
que le importa al hombre- usando tus palabras; chascarrillos
picarescos, sedosos o afilados; hasta los cantos anónimos
populares que carecían de letras, se las hiciste bellas,
dolientes, amorosas, nostálgicas.
Andrés,
has recreado el pasado de tu vivir, pasado que tiene mil
sabores, más fuertes que los vinos añejos o los perfumes de
edad. Te declaraste indio, aunque no fueras de raza pura. El
mundo indígena quedó atrapado en tu primer libro, Los
hombres que dispersó la danza, cuando teniendo sólo
veintidós años recopilaste las historias orales de tu raza.
Como tú mismo dices, no has escrito en balde. Tus huellas
están claras y precisas. Dueño de la chispa divina, tu
privilegiado talento ha dado voz a las multitudes hambrientas
de justicia, en foros, tribunas y cámaras legislativas.
Me
honro con ser tu medallista, con ser tu amiga y repito las
palabras que, en alguna ocasión, dije para ti: Entre amigos
te veas, esta frase es guelaguetza, tirada de fruta,
mayordomía, calenda, sones alegres (el Bejuco de Oro, la
Martiniana, el Medio Xiga), los binigulaza. Los amigos invaden
tu vida, te aplauden, te telefonean, lloran contigo en el
mismo pañuelo, comen en el mismo plato habitan por horas tu
casa y se sientan como los apóstoles con Jesús, a tu mesa,
alzan su copa al unísono, dicen contigo ¡salud!, secan el
agua que no se seca: tus lágrimas; te dan un beso en la
frente, aprietan tu diestra y ahora te arrebatan el corazón
para unirse a este homenaje.
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