Ejemplar Número: 23

Oaxaca de Juárez, Oax.

Julio 2005

Bienvenidos a Oaxaca Profundo

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               Andrés y su mundo 

VOTA AL HOMBRE QUE PROMETE MENOS, SERÁ EL QUE MENOS TE DECEPCIONE. WILLIAM M.R.

         Noventa años, entonces, cumplía este hombre que ya es leyenda, tiene tres sangres, habla tres idiomas y se acerca al centenario, impávido, sereno, altivo, porque su ocaso será sólo fisico: el sol que alimenta su espíritu no perecerá. Ahí tenernos su obra. Pero, más que su obra, la fuerza con que ha vivido día a día, desde que abrió los ojos en su amado Ixhuatán y diera el primer sorbo de leche materna del seno de su adorada madre, Martina Henestrosa, hasta que, atosigado por el infortunio y la pobreza. decidiera vender su caballo e irse a probar fortuna a la capital del país y enfrentarse a un hombre que ya le estaba deparado para intervenir en su destino: José Vasconcelos, Secretario de Educación Pública a quien no sólo pidió, sino exigió, que cumpliera su palabra de educar a los indígenas, de dar becas para que los jóvenes estudiaran, bibliotecas para que se instruyeran y educación artística.

       Casi al mismo tiempo que conoció a Vasconcelos, ese hombre de fuego, tierra y aire, el destino le puso enfrente -la injertó en su vida cotidiana— a la mecenas María Antonieta Rivas Mercado, deslumbrante mujer que descubriera la vocación y el talento de Andrés y lo rodeara de hombres y mujeres que forjaron la cultura nacional contemporánea.

       Cabe decir que Andrés Henestrosa es testigo de la historia de México y formó parte del conglomerado que preocupaba al insigne oaxaqueño Vasconcelos. Por eso es fecundo en ideas, ingenioso sin par, y cuando charla sus vivencias lo hacen traslúcido, inédito, único en todo lo que narra; qué decir de sus libros, de sus artículos periodísticos y de sus inquietudes que lo mantuvieron en "ascuas" al emprender otras tareas sin nada que ver con el periodismo o la literatura pero sí mucho con la libertad y la dignidad humana.

       ¿Y qué pasó con los sueños de Andrés? ¿Tuvo el impulso de verlos realizados? En sus múltiples soliloquios o declaraciones a medios difusores ha dejado entrever que él, corno tantos otros escritores de aquí, de allá, de ayer, de antaño y de hoy mismo, sufre abandono y desesperanza porque nunca se vive de la pluma, que más parece un instrumento que conduce a la muerte.

       El reconocimiento no fue con él del todo adverso: lo ha tenido de las autoridades culturales del país, de administraciones pasadas y presentes. Tal vez alcanzar la medalla Belisario Domínguez, la más alta presea al estoicismo, a la verdad pura, al valor, sea lo más bello que se le ha otorgado y que le impuso el Senado de la República.

       ¿Cómo ha sido con él la crítica? Trabajó con pasión para alcanzar frutos rotundos con su pluma: conocedor del idioma español ha vibrado en cuanto ha escrito. Por ello, la crítica nacional como la extranjera le han reconocido; aunque voces de canes lugareños ladran a su paso. Pero eso es la condición humana, en sus matices negativos.

       Cuando el amor llegó a su puerta le entregó un inagotable caudal, ríos de bienes, como el apellido de Alfa, su amante esposa, compañera, amiga, madre; eterna vigilante del niño que lleva adentro, el que forjó y acarició Tina Man, y al que Alfa mantuvo vivo, atento, despierto a las oportunidades de crecer espiritualmente para que el asombro, que es el ingrediente de la verdadera sensibilidad, no lo abandonara en su longeva e inquieta vida.

       "Yo andaba buscando a la muerte cuando me encontré contigo", dice una letra que adaptó al son "La Ixhuateca". En ese instante fue cuando Alfa, enfermera de profesión, no sólo le curó heridas fisicas sino las del alma. Tuvo que emplear toda su ternura y decisión para arrancarlo de las garras de la muerte.

       Alfa fue la otra mitad de su vida. Juntos, siendo dos, fueron uno solo. La cordura, la sensatez, el equilibrio, los puso ella; como la esposa bíblica encendió su lámpara al conocerlo y la alimentó todo el tiempo, para que nunca amenazaran los vientos su llama perpetua: al amor que sintió por él. Alfa no sólo era tierna, y de impecable belleza zapoteca, sino también inteligente y sabia cuál era su papel junto a aquel hombre desesperado a quien había salvado de la muerte. Cuando ya esposa empezó a administrar lo mucho o lo poco del capital con que contaba la pareja, dio rienda suelta al afán de Andrés de que artistas e intelectuales conocieran lo que era el istmo de Tehuantepec, y hubo caravanas de hombres y mujeres que fueron como invitados de honor a las velas, bodas y fiestas tradicionales de Juchitán: viajó con Andrés por el mundo y él le enseñó, de viva voz, las riquezas de esos países.

       Alfa, me contó Andrés, se hizo culta conmigo, cambió hasta de manera de andar. Pero también reconoce que ella tomó el mando de su vida y la dirigió con la palabra o con el silencio.

       Soñador incurable, Henestrosa, anhela vivir en una comunidad del Valle, donde levantó una modesta casa, construida por el arquitecto Alvaro Guerra, para vivir con Alfa los años cercanos al ocaso; el dulce otoño que se perdió al morir Alfa y creó una biblioteca para disfrute del pueblo o de los investigadores que se interesen.

       Medallista de tu nombre, desde 1977, siento que la presea de plata que elaboraron las manos milagrosas del artífice Lorenzo Rafael, pesa sobre mi corazón como el grato aliento de una persona no sólo importante en el quehacer cultural, sino también querida y maravillosa: de tu vigorosa pluma han salido obras, discursos, prólogos, cientos y cientos de artículos, alacenas de tu obra periodística que se volvieron libros, con rico material sobre temas diversos o personajes de la literatura propia o ajena -si es que puede llamarse ajeno a lo que le importa al hombre- usando tus palabras; chascarrillos picarescos, sedosos o afilados; hasta los cantos anónimos populares que carecían de letras, se las hiciste bellas, dolientes, amorosas, nostálgicas.

       Andrés, has recreado el pasado de tu vivir, pasado que tiene mil sabores, más fuertes que los vinos añejos o los perfumes de edad. Te declaraste indio, aunque no fueras de raza pura. El mundo indígena quedó atrapado en tu primer libro, Los hombres que dispersó la danza, cuando teniendo sólo veintidós años recopilaste las historias orales de tu raza. Como tú mismo dices, no has escrito en balde. Tus huellas están claras y precisas. Dueño de la chispa divina, tu privilegiado talento ha dado voz a las multitudes hambrientas de justicia, en foros, tribunas y cámaras legislativas.

       Me honro con ser tu medallista, con ser tu amiga y repito las palabras que, en alguna ocasión, dije para ti: Entre amigos te veas, esta frase es guelaguetza, tirada de fruta, mayordomía, calenda, sones alegres (el Bejuco de Oro, la Martiniana, el Medio Xiga), los binigulaza. Los amigos invaden tu vida, te aplauden, te telefonean, lloran contigo en el mismo pañuelo, comen en el mismo plato habitan por horas tu casa y se sientan como los apóstoles con Jesús, a tu mesa, alzan su copa al unísono, dicen contigo ¡salud!, secan el agua que no se seca: tus lágrimas; te dan un beso en la frente, aprietan tu diestra y ahora te arrebatan el corazón para unirse a este homenaje.

         

Esta Revista circula en Agencias de Viajes del D.F., Guadalajara, Monterrey y Puebla.