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El
tiempo inexorable sigue su marcha, hace apenas unos días, al
despertar de mi letargo, me di cuenta que han pasado más de
seis años de aquel siete de enero de mil novecientos noventa
y nueve, día fatídico en el que le quitaron la vida a un ser
que latió en mis entrañas: mi hijo Miguel Angel Victoriano
García Gómez (1O-VII-55—7-I-99), quien por su condición
de discapacitado mental, siempre actuó como un niño y
consecuentemente no era capaz de causarle mal a nadie.
Desde
entonces empezó mi suplicio y en mi atormentada mente fluyen
a diario una y mil interrogantes, entre otras: ¿Por qué si
mi hijo era un ser inofensivo, sin piedad le cortaron su
existencia? ¿Fue uno o fueron varios los que participaron en
ese horrendo crimen? ¿Qué mente perversa fraguó tan
deleznable acción? ¿Dónde quedó el precepto moral del
catolicismo: No matarás", que nos invita a respetar la
vida de los demás? ¿Podemos llamar seres humanos a quienes
movidos por una mente enfermiza son capaces de cometer las
peores atrocidades? Si actualmente las autoridades y las
corporaciones policíacas disponen de instrumentos muy
sofisticados, ¿Por qué no han aclarado el asesinato de mi
hijo?
En
mis horas de desvelos, en las que me pongo a meditar
profundamente, he llegado a la conclusión de que por muy
grande que sea mi dolor debo perdonar a quienes me quitaron
uno de los regalos más hermosos que la vida me dio.
¿Perdonar? Sí, como en su tiempo lo hiciera el Divino
Maestro que perdonó a quienes lo crucificaron, o como lo
hiciera más recientemente el Papa Peregrino, Juan Pablo II,
quien no sólo perdonó, sino que devotamente oró por quien
estuvo a punto de quitarle la vida. Con base en esas sabias
enseñanzas, considero que no procederé en contra de nadie;
que no es mi intención castigar a nadie.
Lo
hecho, hecho está, y será el Todopoderoso quien se encargue
de juzgar nuestras acciones. Sin embargo, también debo
decirlo, abrigo la esperanza de que algún día pueda
descifrar la incógnita que hoy lacera todo mi ser y que me
hace sufrir lo indecible. Por lo antes dicho, imploro, ruego y
suplico a quienes puedan hacerlo, que por piedad me ayuden a
dar solución a esta pena que a diario consume mi existencia.
Quiero tener la dicha de decir, lo que dijera Amado Nervo:
"Vida nada me debes, vida estamos en paz".
MADRE
AFLIGIDA
LYDIA
GÓMEZ DE GARCÍA
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