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La
princesa Donají murió por amor. Catalina Ochoterena Mori lo
sabía porque ella también había muerto varias veces de la
misma muerte. Le fascinaba la iconografía amorosa del pueblo,
estaba enamorada en secreto de Hermógenes y algunas dudas
torturaban su bien hecha cabeza virginal, más criolla que
mestiza y con gotas de india que ella aceptaba a veces sí y a
veces no. Era una señorita oaxaqueña que entraba a la
década de los treinta con todas las salvaguardas, rituales
inalterados, valores y prohibiciones del imaginario de la
gente de bien, los que llamaban yopes a los indios y
compartían las petrificadas formas de un pasado que se había
ido dejando sólo la repetición de sus gestos y estilo entre
ellos, los extranjeros en tierra propia, las clases acomodadas
del pueblo, los que vivían in partibus infidelium, en tierra
de infieles, como decía ampulosamente el padre de Catalina
cuando hablaba de las penalidades de la decencia, la propiedad
y la doctrina cristiana en esa tierra y esos tiempos aciagos,
como repetían Hermógenes y Catalina mientras el silencio se
acomodaba en los coloquios insípidos que sostenían varias
noches por semana, al terminar los oficios de la bendición en
Catedral.
Ya
sé quién fue nuestra Donaji —le dijo Catalina a
Hermógenes cuando la sirvienta salió del recibidor de la
casa Ochoterena, después de haber servido un chocolate para
la señorita y un anís para el señor-. A pesar de su gusto,
Hermógenes no hubiera podido repetir otra taza de chocolate.
Conservaba la desconfianza europea hacia ese líquido
inflamante de los sentidos y no quería perder el galante
control del que en su fuero íntimo se enorgullecía al estar
frente a Catalina y su cuello de cisne.
La
casualidad histórica había hecho llegar el chocolate a
Europa, "centro de las innovaciones del mundo",
prácticamente al mismo tiempo que otros dos excitantes
tónicos: el café y el té. Uno árabe y antes etiope, el
otro chino, los tres brebajes anunciaban ciertas
modificaciones de la conciencia que corrieron con suerte
desigual ante los ojos desconfiados del viejo continente.
"El chocolate llegó a España desde México, desde Nueva
España, hacia 1520, en forma de barras y de tabletas —consignó
el historiador Fernand Braudel—. No debe extrañar el
encontrarlo en los Países Bajos españoles un poco antes
(1606) que en Francia, y la anécdota que representa a María
Teresa de Austria (su matrimonio con Luis XIV se llevó a cabo
en 1659) tomando chocolate en secreto, costumbre española a
la que nunca pudo renunciar, parece verosímil".
Pero
Hermógenes sí podía renunciar a la bebida. Repetía, con su
abstención, el temor de un gobernante turco a quien un
viajero europeo ofreciera en 1693 una taza de chocolate:
"bien porque le hubiera emborra chado, o porque el humo
del tabaco hubiera producido ese efecto, pero en todo caso se
enfureció contra mí diciendo que le había hecho beber un
licor para turbarle y sacarle de sus cabales", recordó
después Gemeli Careri, el anfitrión que provocó la
recriminación del Agaislámico. No era una veleidad, como
Mme. de Sévigné contaba que ocurría en la corte francesa,
donde según los días o las habladurías el chocolate hacía
furor o caía en desgracia entre los cortesanos, sino el miedo
a trabarse en relación irrenunciable con Catalina, lo que
hacía a Hermógenes apurar con tragos contenidos su licor,
mientras la joven limpiaba con su lengua la espuma que sobre
sus labios dejaba el líquido que doña Marina había descrito
a Cortés como un poderoso afrodisiaco. "En tierras de
una granja se han plantado dos mil árboles —informó muy
pronto Cortés a Carlos V—; los frutos son semejantes a
almendras y se venden en polvo".
—Pues
sí, Hermógenes, creo que por fin lo sé —dijo Catalina,
mientras sus mejillas subían de color y sus ojos brillaban.
El comerciante gozaba la sutil espontaneidad que la bebida
lograba en ella, mucho más cuando ese abandono no lo quería
para él—. ¿Otro anís? —preguntó Catalina.
Mero
añadido al furor por la estimulación de cafeína que se
inició con la revolución industrial, el chocolate,
"taza que consuela, pero no embriaga", fue uno de
los cuatro estimulantes —junto con el azúcar, el té y el
café— que en un periodo de dos siglos surgieron de la
oscuridad local y se convirtieron en la base de vastos
imperios mercantiles defendidos por los mayores poderes
militares conocidos hasta entonces. "El chocolate —escribe
Terence McKenna—, hecho a partir de los granos molidos de un
árbol original del Amazonas, Theobroma ccicao, contiene sólo
pequeñas cantidades del pariente de la cafeína teobromina.
Ambas son sustancias químicas con parientes que se producen
en dógenamente en el metabolismo humano. Al igual que la
cafeína, la teobromina es un estimulante y el potencial
adictivo del chocolate es significativo. Los árboles del
cacao se introdujeron en el México Central desde la
Sudamérica tropical siglos antes de la llegada de los
conquistadores españoles. Allí tuvieron un importante papel
sacramental en las religiones locales. Sus pueblos también
utilizaban los granos de cacao como equivalentes de dinero. Se
dice que el gobernante azteca Moctezuma era un contumaz adicto
al cacao molido, bebía su chocolate sin dulcificar en
infusión de agua fría. "Una mezcla de cacao molido y
hongos que contenían psilocibina se sirvió a los invitados
en el banquete de la coronación de Moctezuma II en
1502".
—Sí,
Catalina, cómo no —respondió Hermógenes a la invitación
de otra copa, mientras la mujer volvía a llenar su taza de
chocolate. Las incidencias del estreno de la noche anterior,
que Hermógenes esperaba con el mismo placer con que veía
subir el pulso de su confidenta, parecían ya no interesarle
tanto a ella como el cuento de la Donajì que le había
anunciado al llegar.
La
historia era uno de los dramas de la vida reciente. Un
gobernador de signo político dual —como habían sido los
mejores caudillos y gobernantes oaxaqueños, siempre divididos
en dos bandos al interior de la ciudad y de todo el estado,
divididos porque provenían de un acomodo doble pero no
simétrico: zapotecas contra mixtecas, conquistadores contra
conquistados, conventos contra palacios, frailes contra
encomenderos, Monte Albán contra La Soledad, liberales contra
conservadores, Díaz contra Juárez, soberonistas contra
constitucionalistas, Gonthier contra Solana; todos los actores
centrales del drama histórico oaxaqueño han repetido el
esquema original de la oposición de los héroes—, para
algunos un villano y para otros el último de los patricios
locales, Manuel García Vigil, vástago de buena familia,
destinado primero al sacerdocio como miembro de la promoción
vocacional que Eulogio Gillow, primer arzobispo de Oaxaca,
fomentó entre los hijos de las familias acomodadas en la
ciudad a fines del siglo pasado, y después a la carrera de
las armas en el Colegio Militar de Chapultepec, había sido
fusilado en 1924 luego de sufrir un escandaloso atentado un
año antes.
Hermógenes
conocía el asunto de memoria. La casa de Catalina era un
santuario garciavigilista, y en lugar ostentoso de la
biblioteca del padre colgaba un retrato de la víctima, un
oaxaqueño bien parecido, al que se le mandaban decir
interminables misas y novenarios y sobre el cual las arañas
verbales de la sobre mesa habían tejido una red de virtudes
crecientes conforme los meses daban la vuelta a su muerte. En
la época de García Vigil contaba un pecado que los devotos
del prócer simplemente pasaban por alto, pero que Catalina
cultivaba de otro modo. Una mujer casada se había quitado la
vida por él.
—Ya
sé quién fue ella. También que se encontraban en El Llano.
Conozco a alguien que los vio —dijo Catalina, excitada por
todo: el chocolate, la confesión y la presencia de
Hermógenes, lo más cercano que tenía a un enamorado. Las
palabras decisivas todavía no se pronunciaban entre ellos,
tampoco las intermedias, pero las metódicas visitas de
Hermógenes, su soltería, su nacionalidad y posición cegaban
a Catalina, quien creía que las cosas iban a formalizarse.
Mientras vivía en la vida de otras. Hoy en la amante de El
Llano, cuyo fantasma debía rondar los templos oscurecidos,
las campanas mudas, las sombras tontas que la mujer saboreaba
para susurrarlas a un Hermógenes que no captaba la función
simbólica de otra princesa sacrificada al corazón sangriento
de la ciudad. No para él, cuando menos, que no sucumbiría en
ninguna de las dos versiones de la tragedia. (Continuará)
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