Ejemplar Número: 23

Oaxaca de Juárez, Oax.

Julio 2005

Bienvenidos a Oaxaca Profundo

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               Los amantes de "El llano". Primera Parte 

Cuantas menos necesidades tengas, más libre serás. César Cantú.

         La princesa Donají murió por amor. Catalina Ochoterena Mori lo sabía porque ella también había muerto varias veces de la misma muerte. Le fascinaba la iconografía amorosa del pueblo, estaba enamorada en secreto de Hermógenes y algunas dudas torturaban su bien hecha cabeza virginal, más criolla que mestiza y con gotas de india que ella aceptaba a veces sí y a veces no. Era una señorita oaxaqueña que entraba a la década de los treinta con todas las salvaguardas, rituales inalterados, valores y prohibiciones del imaginario de la gente de bien, los que llamaban yopes a los indios y compartían las petrificadas formas de un pasado que se había ido dejando sólo la repetición de sus gestos y estilo entre ellos, los extranjeros en tierra propia, las clases acomodadas del pueblo, los que vivían in partibus infidelium, en tierra de infieles, como decía ampulosamente el padre de Catalina cuando hablaba de las penalidades de la decencia, la propiedad y la doctrina cristiana en esa tierra y esos tiempos aciagos, como repetían Hermógenes y Catalina mientras el silencio se acomodaba en los coloquios insípidos que sostenían varias noches por semana, al terminar los oficios de la bendición en Catedral.

         Ya sé quién fue nuestra Donaji —le dijo Catalina a Hermógenes cuando la sirvienta salió del recibidor de la casa Ochoterena, después de haber servido un chocolate para la señorita y un anís para el señor-. A pesar de su gusto, Hermógenes no hubiera podido repetir otra taza de chocolate. Conservaba la desconfianza europea hacia ese líquido inflamante de los sentidos y no quería perder el galante control del que en su fuero íntimo se enorgullecía al estar frente a Catalina y su cuello de cisne.

         La casualidad histórica había hecho llegar el chocolate a Europa, "centro de las innovaciones del mundo", prácticamente al mismo tiempo que otros dos excitantes tónicos: el café y el té. Uno árabe y antes etiope, el otro chino, los tres brebajes anunciaban ciertas modificaciones de la conciencia que corrieron con suerte desigual ante los ojos desconfiados del viejo continente. "El chocolate llegó a España desde México, desde Nueva España, hacia 1520, en forma de barras y de tabletas —consignó el historiador Fernand Braudel—. No debe extrañar el encontrarlo en los Países Bajos españoles un poco antes (1606) que en Francia, y la anécdota que representa a María Teresa de Austria (su matrimonio con Luis XIV se llevó a cabo en 1659) tomando chocolate en secreto, costumbre española a la que nunca pudo renunciar, parece verosímil".

         Pero Hermógenes sí podía renunciar a la bebida. Repetía, con su abstención, el temor de un gobernante turco a quien un viajero europeo ofreciera en 1693 una taza de chocolate: "bien porque le hubiera emborra chado, o porque el humo del tabaco hubiera producido ese efecto, pero en todo caso se enfureció contra mí diciendo que le había hecho beber un licor para turbarle y sacarle de sus cabales", recordó después Gemeli Careri, el anfitrión que provocó la recriminación del Agaislámico. No era una veleidad, como Mme. de Sévigné contaba que ocurría en la corte francesa, donde según los días o las habladurías el chocolate hacía furor o caía en desgracia entre los cortesanos, sino el miedo a trabarse en relación irrenunciable con Catalina, lo que hacía a Hermógenes apurar con tragos contenidos su licor, mientras la joven limpiaba con su lengua la espuma que sobre sus labios dejaba el líquido que doña Marina había descrito a Cortés como un poderoso afrodisiaco. "En tierras de una granja se han plantado dos mil árboles —informó muy pronto Cortés a Carlos V—; los frutos son semejantes a almendras y se venden en polvo".

         —Pues sí, Hermógenes, creo que por fin lo sé —dijo Catalina, mientras sus mejillas subían de color y sus ojos brillaban. El comerciante gozaba la sutil espontaneidad que la bebida lograba en ella, mucho más cuando ese abandono no lo quería para él—. ¿Otro anís? —preguntó Catalina.

         Mero añadido al furor por la estimulación de cafeína que se inició con la revolución industrial, el chocolate, "taza que consuela, pero no embriaga", fue uno de los cuatro estimulantes —junto con el azúcar, el té y el café— que en un periodo de dos siglos surgieron de la oscuridad local y se convirtieron en la base de vastos imperios mercantiles defendidos por los mayores poderes militares conocidos hasta entonces. "El chocolate —escribe Terence McKenna—, hecho a partir de los granos molidos de un árbol original del Amazonas, Theobroma ccicao, contiene sólo pequeñas cantidades del pariente de la cafeína teobromina. Ambas son sustancias químicas con parientes que se producen en dógenamente en el metabolismo humano. Al igual que la cafeína, la teobromina es un estimulante y el potencial adictivo del chocolate es significativo. Los árboles del cacao se introdujeron en el México Central desde la Sudamérica tropical siglos antes de la llegada de los conquistadores españoles. Allí tuvieron un importante papel sacramental en las religiones locales. Sus pueblos también utilizaban los granos de cacao como equivalentes de dinero. Se dice que el gobernante azteca Moctezuma era un contumaz adicto al cacao molido, bebía su chocolate sin dulcificar en infusión de agua fría. "Una mezcla de cacao molido y hongos que contenían psilocibina se sirvió a los invitados en el banquete de la coronación de Moctezuma II en 1502".

         —Sí, Catalina, cómo no —respondió Hermógenes a la invitación de otra copa, mientras la mujer volvía a llenar su taza de chocolate. Las incidencias del estreno de la noche anterior, que Hermógenes esperaba con el mismo placer con que veía subir el pulso de su confidenta, parecían ya no interesarle tanto a ella como el cuento de la Donajì que le había anunciado al llegar.

         La historia era uno de los dramas de la vida reciente. Un gobernador de signo político dual —como habían sido los mejores caudillos y gobernantes oaxaqueños, siempre divididos en dos bandos al interior de la ciudad y de todo el estado, divididos porque provenían de un acomodo doble pero no simétrico: zapotecas contra mixtecas, conquistadores contra conquistados, conventos contra palacios, frailes contra encomenderos, Monte Albán contra La Soledad, liberales contra conservadores, Díaz contra Juárez, soberonistas contra constitucionalistas, Gonthier contra Solana; todos los actores centrales del drama histórico oaxaqueño han repetido el esquema original de la oposición de los héroes—, para algunos un villano y para otros el último de los patricios locales, Manuel García Vigil, vástago de buena familia, destinado primero al sacerdocio como miembro de la promoción vocacional que Eulogio Gillow, primer arzobispo de Oaxaca, fomentó entre los hijos de las familias acomodadas en la ciudad a fines del siglo pasado, y después a la carrera de las armas en el Colegio Militar de Chapultepec, había sido fusilado en 1924 luego de sufrir un escandaloso atentado un año antes.

         Hermógenes conocía el asunto de memoria. La casa de Catalina era un santuario garciavigilista, y en lugar ostentoso de la biblioteca del padre colgaba un retrato de la víctima, un oaxaqueño bien parecido, al que se le mandaban decir interminables misas y novenarios y sobre el cual las arañas verbales de la sobre mesa habían tejido una red de virtudes crecientes conforme los meses daban la vuelta a su muerte. En la época de García Vigil contaba un pecado que los devotos del prócer simplemente pasaban por alto, pero que Catalina cultivaba de otro modo. Una mujer casada se había quitado la vida por él.

         —Ya sé quién fue ella. También que se encontraban en El Llano. Conozco a alguien que los vio —dijo Catalina, excitada por todo: el chocolate, la confesión y la presencia de Hermógenes, lo más cercano que tenía a un enamorado. Las palabras decisivas todavía no se pronunciaban entre ellos, tampoco las intermedias, pero las metódicas visitas de Hermógenes, su soltería, su nacionalidad y posición cegaban a Catalina, quien creía que las cosas iban a formalizarse. Mientras vivía en la vida de otras. Hoy en la amante de El Llano, cuyo fantasma debía rondar los templos oscurecidos, las campanas mudas, las sombras tontas que la mujer saboreaba para susurrarlas a un Hermógenes que no captaba la función simbólica de otra princesa sacrificada al corazón sangriento de la ciudad. No para él, cuando menos, que no sucumbiría en ninguna de las dos versiones de la tragedia. (Continuará)

         

Esta Revista circula en Agencias de Viajes del D.F., Guadalajara, Monterrey y Puebla.