Ejemplar Número: 23

Oaxaca de Juárez, Oax.

Junio  2005

Bienvenidos a Oaxaca Profundo

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               Nuestras celebraciones
 

          Durante el mes de junio, el día 24, tenía verificativo la festividad del Santo Patrón de la cercana población de San Juan Chapultepec, la cual festividad era muy animada y concurrida, sobre todo por el incentivo que despertaba el paladeo de las suculentas empanadas y el delicioso tepache que ahí siempre se han elaborado, y así mismo por el atractivo que ofrecía el espectáculo de las carreras de caballos, que con tal ocasión organizaban los charros de la ciudad, entre las que figuraban particularmente las "carreras de cintas", una de las cuales ofrecía un original juego de destreza que consistía en arrancar limpiamente y sin recibir un solo rasguño, las monedas de oro que se ataban al cuello de un gato colgado de una cuerda sujeta entre dos postes.

          Llegaba el mes de julio y con él hacían su aparición las inditas de Coyotepec, Huayapan, Tlalixtac y Tlacochahuaya, que iban vendiendo por las calles, y principalmente en el zócalo, sus ramilletes de aromáticas azucenas silvestres que cargaban en atados envueltos en un pequeño petate. En este mismo mes tenía verificativo una de las celebraciones más animadas y de más sabor localista en ese entonces: el Lunes del Cerro, que fue despojada de su auténtico sentido y aun de su carácter completamente tradicional desde que la intervención oficial capitalizó la celebración en provecho propio, haciendo de la misma un motivo de inocultable réclame político apantallado en un supuesto interés turístico o folclórico.

          ¡Qué lejos estaban las celebraciones de los Lunes del Cerro de ese tiempo, de las festinadas mixtificaciones de los actuales días! Comenzando porque si actualmente ya el gobierno se hace pagar el piso de los asientos del templete, no es remoto que mañana intente cobrar la subida al cerro. En ese tiempo la celebración —de fecha ahora cambiable según lo marquen las conmemoraciones del calendario oficial— del primer lunes y derivada de éste la correspondiente a la octava, se verificaba, lloviese o tronase, en la fecha establecida de mucho tiempo atrás por la costumbre, o la tradición, o sea el lunes siguiente al día dieciséis del mes, dedicado a la festividad de Nuestra Señora del Carmen, caso de caer dicho día dieciséis en domingo, pues de lo contrario la fiesta del cerro quedaba transferida para el lunes siguiente a la celebración de la indicada festividad. Entonces esta fiesta del cerro estaba desprovista de todas las zarandajas que ahora se le han agregado y que le han quitado por completo su sabor original y su auténtico carácter, y se verificaba siempre por la tarde, de manera que a eso de las tres el vecindario en masa, luciendo el imprescindible "estreno", comenzaba a desfilar principalmente por las calles de La Libertad, de Crespo y del Punto, en dirección al Fortín, al que todo mundo subía a pie para distraerse en la contemplación del panorama de la ciudad, la perspectiva de los campos cruzados por la plateada banda del Atoyac, la vista de los pueblos aledaños y de los amplios y dilatados horizontes que circundan el anchuroso valle, contemplados en detalle las veces en que el Viche Filisola instalaba en la rotonda su potente telescopio sobre un trípode giratorio, cobrando veinte o veinticinco centavos por persona: pero el entretenimiento común de los asistentes consistía en localizar, desde la altura, primero el barrio y luego su respectiva casa, tratando de identificar a quienes se veía aparecer en el patio o transitar por las calles inmediatas, con los consiguientes comentarios que tal entretenimiento provocaba; en tanto la Banda del Estado, que se situaba en a rotonda desde donde se levanta la estatua del Benemérito, amenizaba el transcurrir de aquellas horas dedicadas a la contemplación del vasto panorama local, mientras otras muchas personas, cuando no decidían subir hasta la parte más alta para dominar mejor el panorama y curiosear con un viejo cañón reventado, abandonado por los franceses, se desparramaba en todas direcciones, recorriendo del Fortín al Crestón en busca de azucenas, que entonces las había en abundancia, regresando a las primeras sombras del crepúsculo con enormes ramos cuyo exquisito aroma trascendía gratamente en el ambiente. Y ya casi al cerrar la noche, después de haber regalado al paladar con las sabrosas empanadas y el exquisito tepache que se vendían a lo largo de las escaleras, la fresca nieve, los mamones, nenguanitos y demás dulces y frutas cuyos puestos se instalaban de la rotonda al principio de las escaleras, la gente comenzaba a descender con sendos racimos de guayabas peruleras, cuajinicuiles, duraznos, priscos, melocotones, membrillos, perones y, sobre todo, granadas en estacados improvisados que llevaban a sus hogares como ‘reliquia" de la fiesta, pues este era uno de los principales atractivos de la celebración, dirigiéndose a sus casas o deteniéndose en los chachacuales establecidos en las calles próximas al templo del Carmen Alto, eso cuando la lluvia no aguaba la fiesta y obligaba a los paseantes a abandonar el Fortín con la precipitación consiguiente, lo que sucedía con frecuencia, pues entonces las lluvias caían con bastante regularidad en la temporada, y aun se formaban por el rumbo de Tlacolula gruesas trombas o "culebras de agua" que la gente, temerosa de sus efectos, se apresuraba a conjurar quemando palma bendita. Pero, pasado el porrazo, a veces el cielo quedaba nuevamente y por completo despejado, luciendo otra vez el sol, y la gente regresaba al cerro para reanudar el interrumpido paseo del que regresaba, como indicamos, al filo del crepúsculo.

          Así pues, esta forma sencilla y por demás sana es la que corresponde originariamente a la celebración de nuestros Lunes del Cerro y no el desagradable espectáculo que hoy ofrecen los numerosos expendios de bebidas embriagantes, las carpas de las agencias cerveceras, los alaridos de los borrachos y las broncas que se arman de vez en cuando, amén de la exhibición de esa especie de vodevil bataclanesco con bailables de muy dudosa autenticidad y la participación de indígenas postizos: esto aparte de que es completamente falso lo que se ha venido propalando en el sentado de que la fiesta es una "guelaguetza" tradicional para cumplimentar a las autoridades, puesto que son lo gobernantes quienes se han venido encajando con la celebración para hacerse tributar los aparatosos homenajes de que son objeto, en un acto, ese sí, del más puro y auténtico lambisconismo.

          El último día de agosto se distinguía por la tradicional ceremonia de la bendición de los animales, por la tarde, frente al templo de la Merced, y a la cual concurrían gentes de todos los rumbos de la ciudad conduciendo sus animales domésticos para que recibieran la aspersión del agua bendita que el párroco prodigaba cada quince minutos a la congregación animalesca, siendo esta ceremonia una de las más concurridas y regocijantes porque la fantasía popular se encargaba de darle ese toque de originalidad que, aun cuando ya no con el mismo vigor de antaño, todavía conserva. Y como en aquellos días no existían los actuales medios de transporte urbanos, la conducción de los animales por las calles era un espectáculo que aglomeraba en puertas y ventanas al vecindario, pues los animales llevados a bendecir y que eran congregados sin orden ni concierto en la plazoleta de frente al templo, iban caprichosamente pintados, adornados o ataviados de muy diversas maneras, con prendas de vestir hechas exprofeso o simple mente acomodadas. Así, por ejemplo, las amas de casa y las sirvientas conducían la jaula de canarios, zenzontles o gorriones, cubiertas de flores o listones; los carniceros y dueños de carretas doraban o plateaban las astas de los toros y les pintaban el cuerpo de llamativos colores; los perros y los gatos iban igualmente pintarrajeados con estrías o motas de vivo colorido o bien vistiendo ajustada chaqueta y pantalón; los caballos llevaban trenzada o adornada la crin con vistosos moños de listón y las gallinas arregladas con diminutas cofias y enaguas, no faltando algún machín vestido de gendarme o uno que otro jumento enfundado en holgado levitón y tocado de chistera.

          Ya no recordamos cómo eran exactamente las celebraciones en las fiestas patrias que seguían a continuación pero sí que con tal motivo había serenata en el Jardín de la Constitución y a veces se quemaban algunos fuegos artificiales, principalmente en la conmemoración de la batalla del 5 de Mayo en que una fila de "chinacos" enfrentada a otra de "zuavos", hechas de cartón, fingían d mutuamente con las flamas de luces de Bengala que escapaban de boca de las armas. Las principales conmemoraciones eran las de la indicada batalla del 5 de Mayo y las del 15 y 16 de septiembre, y constituían todo un acontecimiento. En estas últimas la nota sobresaliente la ponía el desfile del ejército, con todos sus efectivos e impedimenta, los cuerpos de infantería y caballería, este avanzando bizarra mente bajo los marciales acordes de la Marcha Dragona, y la oficialidad vestida de gala, electrizando al vecindario, y sobre todo a la chiquillería, el redoblar de los tambores y la fanfarria de las cornetas; en ese entonces ofrecían un aspecto muy original la presencia de la América, representada por una joven que se escogía entre la gente del mercado, la cual era conducida en una carreta muy bien adorna da, tirada por la gente del pueblo, y partía del Ayuntamiento hacia el Palacio de los Poderes en cuyo frente se situaba para entonar el Himno Nacional después del "grito", regresando al Ayuntamiento; esa noche era declarada "noche libre", y por tal motivo los detenidos por faltas leves eran libertados de la comisaría de policía, organizándose esa noche del 15 un rumboso "baile popular" en el interior del mercado "Juárez Maza", siendo este el único baile popular que se verificaba entonces, en el cual correspondía bailar la primera pieza al Presidente Municipal con la señorita que representaba a la América. Era, pues, un exultante estado de euforia libertaria el que se apoderaba del vecindario en los días de las festividades patrias, en que toda la gente se volcaba en el Zócalo para escuchar el "grito" o presenciar el desfile y vitorear a los héroes de la gesta que nos independizó, ciertamente, de la tutela de España, pero que no fue suficiente a desterrar un amargo resabio subsistente desde los días de la conquista, manifestado en el complejo de inferioridad que aún nos empequeñece ante los hombres "blancos y barbados" a los cuales nuestros Xocoyotzin siguen ofreciendo, ahora ya no por fuerza, sino oficiosamente, nuestra azúcar, nuestro cemento, nuestro petróleo y otros productos más de consumo necesario, restados a las ingentes necesidades del pueblo mexicano.

           

Esta Revista circula en Agencias de Viajes del D.F., Guadalajara, Monterrey y Puebla.