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Durante el mes de junio, el día 24, tenía verificativo la
festividad del Santo Patrón de la cercana población de San
Juan Chapultepec, la cual festividad era muy animada y
concurrida, sobre todo por el incentivo que despertaba el
paladeo de las suculentas empanadas y el delicioso tepache que
ahí siempre se han elaborado, y así mismo por el atractivo
que ofrecía el espectáculo de las carreras de caballos, que
con tal ocasión organizaban los charros de la ciudad, entre
las que figuraban particularmente las "carreras de
cintas", una de las cuales ofrecía un original juego de
destreza que consistía en arrancar limpiamente y sin recibir
un solo rasguño, las monedas de oro que se ataban al cuello
de un gato colgado de una cuerda sujeta entre dos postes.
Llegaba el mes de julio y con él hacían su aparición las
inditas de Coyotepec, Huayapan, Tlalixtac y Tlacochahuaya, que
iban vendiendo por las calles, y principalmente en el zócalo,
sus ramilletes de aromáticas azucenas silvestres que cargaban
en atados envueltos en un pequeño petate. En este mismo mes
tenía verificativo una de las celebraciones más animadas y
de más sabor localista en ese entonces: el Lunes del Cerro,
que fue despojada de su auténtico sentido y aun de su
carácter completamente tradicional desde que la intervención
oficial capitalizó la celebración en provecho propio,
haciendo de la misma un motivo de inocultable réclame
político apantallado en un supuesto interés turístico o
folclórico.
¡Qué lejos estaban las celebraciones de los Lunes del Cerro
de ese tiempo, de las festinadas mixtificaciones de los
actuales días! Comenzando porque si actualmente ya el
gobierno se hace pagar el piso de los asientos del templete,
no es remoto que mañana intente cobrar la subida al cerro. En
ese tiempo la celebración —de fecha ahora cambiable según
lo marquen las conmemoraciones del calendario oficial— del
primer lunes y derivada de éste la correspondiente a la
octava, se verificaba, lloviese o tronase, en la fecha
establecida de mucho tiempo atrás por la costumbre, o la
tradición, o sea el lunes siguiente al día dieciséis del
mes, dedicado a la festividad de Nuestra Señora del Carmen,
caso de caer dicho día dieciséis en domingo, pues de lo
contrario la fiesta del cerro quedaba transferida para el
lunes siguiente a la celebración de la indicada festividad.
Entonces esta fiesta del cerro estaba desprovista de todas las
zarandajas que ahora se le han agregado y que le han quitado
por completo su sabor original y su auténtico carácter, y se
verificaba siempre por la tarde, de manera que a eso de las
tres el vecindario en masa, luciendo el imprescindible
"estreno", comenzaba a desfilar principalmente por
las calles de La Libertad, de Crespo y del Punto, en
dirección al Fortín, al que todo mundo subía a pie para
distraerse en la contemplación del panorama de la ciudad, la
perspectiva de los campos cruzados por la plateada banda del
Atoyac, la vista de los pueblos aledaños y de los amplios y
dilatados horizontes que circundan el anchuroso valle,
contemplados en detalle las veces en que el Viche Filisola
instalaba en la rotonda su potente telescopio sobre un
trípode giratorio, cobrando veinte o veinticinco centavos por
persona: pero el entretenimiento común de los asistentes
consistía en localizar, desde la altura, primero el barrio y
luego su respectiva casa, tratando de identificar a quienes se
veía aparecer en el patio o transitar por las calles
inmediatas, con los consiguientes comentarios que tal
entretenimiento provocaba; en tanto la Banda del Estado, que
se situaba en a rotonda desde donde se levanta la estatua del
Benemérito, amenizaba el transcurrir de aquellas horas
dedicadas a la contemplación del vasto panorama local,
mientras otras muchas personas, cuando no decidían subir
hasta la parte más alta para dominar mejor el panorama y
curiosear con un viejo cañón reventado, abandonado por los
franceses, se desparramaba en todas direcciones, recorriendo
del Fortín al Crestón en busca de azucenas, que entonces las
había en abundancia, regresando a las primeras sombras del
crepúsculo con enormes ramos cuyo exquisito aroma trascendía
gratamente en el ambiente. Y ya casi al cerrar la noche,
después de haber regalado al paladar con las sabrosas
empanadas y el exquisito tepache que se vendían a lo largo de
las escaleras, la fresca nieve, los mamones, nenguanitos y
demás dulces y frutas cuyos puestos se instalaban de la
rotonda al principio de las escaleras, la gente comenzaba a
descender con sendos racimos de guayabas peruleras,
cuajinicuiles, duraznos, priscos, melocotones, membrillos,
perones y, sobre todo, granadas en estacados improvisados que
llevaban a sus hogares como ‘reliquia" de la fiesta,
pues este era uno de los principales atractivos de la
celebración, dirigiéndose a sus casas o deteniéndose en los
chachacuales establecidos en las calles próximas al templo
del Carmen Alto, eso cuando la lluvia no aguaba la fiesta y
obligaba a los paseantes a abandonar el Fortín con la
precipitación consiguiente, lo que sucedía con frecuencia,
pues entonces las lluvias caían con bastante regularidad en
la temporada, y aun se formaban por el rumbo de Tlacolula
gruesas trombas o "culebras de agua" que la gente,
temerosa de sus efectos, se apresuraba a conjurar quemando
palma bendita. Pero, pasado el porrazo, a veces el cielo
quedaba nuevamente y por completo despejado, luciendo otra vez
el sol, y la gente regresaba al cerro para reanudar el
interrumpido paseo del que regresaba, como indicamos, al filo
del crepúsculo.
Así pues, esta forma sencilla y por demás sana es la que
corresponde originariamente a la celebración de nuestros
Lunes del Cerro y no el desagradable espectáculo que hoy
ofrecen los numerosos expendios de bebidas embriagantes, las
carpas de las agencias cerveceras, los alaridos de los
borrachos y las broncas que se arman de vez en cuando, amén
de la exhibición de esa especie de vodevil bataclanesco con
bailables de muy dudosa autenticidad y la participación de
indígenas postizos: esto aparte de que es completamente falso
lo que se ha venido propalando en el sentado de que la fiesta
es una "guelaguetza" tradicional para cumplimentar a
las autoridades, puesto que son lo gobernantes quienes se han
venido encajando con la celebración para hacerse tributar los
aparatosos homenajes de que son objeto, en un acto, ese sí,
del más puro y auténtico lambisconismo.
El último día de agosto se distinguía por la tradicional
ceremonia de la bendición de los animales, por la tarde,
frente al templo de la Merced, y a la cual concurrían gentes
de todos los rumbos de la ciudad conduciendo sus animales
domésticos para que recibieran la aspersión del agua bendita
que el párroco prodigaba cada quince minutos a la
congregación animalesca, siendo esta ceremonia una de las
más concurridas y regocijantes porque la fantasía popular se
encargaba de darle ese toque de originalidad que, aun cuando
ya no con el mismo vigor de antaño, todavía conserva. Y como
en aquellos días no existían los actuales medios de
transporte urbanos, la conducción de los animales por las
calles era un espectáculo que aglomeraba en puertas y
ventanas al vecindario, pues los animales llevados a bendecir
y que eran congregados sin orden ni concierto en la plazoleta
de frente al templo, iban caprichosamente pintados, adornados
o ataviados de muy diversas maneras, con prendas de vestir
hechas exprofeso o simple mente acomodadas. Así, por ejemplo,
las amas de casa y las sirvientas conducían la jaula de
canarios, zenzontles o gorriones, cubiertas de flores o
listones; los carniceros y dueños de carretas doraban o
plateaban las astas de los toros y les pintaban el cuerpo de
llamativos colores; los perros y los gatos iban igualmente
pintarrajeados con estrías o motas de vivo colorido o bien
vistiendo ajustada chaqueta y pantalón; los caballos llevaban
trenzada o adornada la crin con vistosos moños de listón y
las gallinas arregladas con diminutas cofias y enaguas, no
faltando algún machín vestido de gendarme o uno que otro
jumento enfundado en holgado levitón y tocado de chistera.
Ya no recordamos cómo eran exactamente las celebraciones en
las fiestas patrias que seguían a continuación pero sí que
con tal motivo había serenata en el Jardín de la
Constitución y a veces se quemaban algunos fuegos
artificiales, principalmente en la conmemoración de la
batalla del 5 de Mayo en que una fila de "chinacos"
enfrentada a otra de "zuavos", hechas de cartón,
fingían d mutuamente con las flamas de luces de Bengala que
escapaban de boca de las armas. Las principales
conmemoraciones eran las de la indicada batalla del 5 de Mayo
y las del 15 y 16 de septiembre, y constituían todo un
acontecimiento. En estas últimas la nota sobresaliente la
ponía el desfile del ejército, con todos sus efectivos e
impedimenta, los cuerpos de infantería y caballería, este
avanzando bizarra mente bajo los marciales acordes de la
Marcha Dragona, y la oficialidad vestida de gala, electrizando
al vecindario, y sobre todo a la chiquillería, el redoblar de
los tambores y la fanfarria de las cornetas; en ese entonces
ofrecían un aspecto muy original la presencia de la América,
representada por una joven que se escogía entre la gente del
mercado, la cual era conducida en una carreta muy bien adorna
da, tirada por la gente del pueblo, y partía del Ayuntamiento
hacia el Palacio de los Poderes en cuyo frente se situaba para
entonar el Himno Nacional después del "grito",
regresando al Ayuntamiento; esa noche era declarada
"noche libre", y por tal motivo los detenidos por
faltas leves eran libertados de la comisaría de policía,
organizándose esa noche del 15 un rumboso "baile
popular" en el interior del mercado "Juárez
Maza", siendo este el único baile popular que se
verificaba entonces, en el cual correspondía bailar la
primera pieza al Presidente Municipal con la señorita que
representaba a la América. Era, pues, un exultante estado de
euforia libertaria el que se apoderaba del vecindario en los
días de las festividades patrias, en que toda la gente se
volcaba en el Zócalo para escuchar el "grito" o
presenciar el desfile y vitorear a los héroes de la gesta que
nos independizó, ciertamente, de la tutela de España, pero
que no fue suficiente a desterrar un amargo resabio
subsistente desde los días de la conquista, manifestado en el
complejo de inferioridad que aún nos empequeñece ante los
hombres "blancos y barbados" a los cuales nuestros
Xocoyotzin siguen ofreciendo, ahora ya no por fuerza, sino
oficiosamente, nuestra azúcar, nuestro cemento, nuestro
petróleo y otros productos más de consumo necesario,
restados a las ingentes necesidades del pueblo mexicano.
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