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Sólo
habían transcurrido 3 años del tremendo sismo que cambió la
vida de infinidad de oaxaqueños que se autoexiliaron en la
ciudad de México, huyendo del movimiento telúrico que
destruyó casas, calles, templos y dio paso a una nueva clase
social, venida de los distritos, sobre todo caficultores de
las poblaciones de Pochutla, Candelaria, Pluma Hidalgo o
algunos otros puntos de la Costa para abatir la baja cifra de
pobladores de la capital oaxaqueña con que se reconstruyó la
imagen urbana.
Cuando
conocí a Everardo como reportero del periódico local «El
Oaxaqueño» a donde mi vocación e inquietudes particulares
me habían llevado, forzando los intereses familiares que
pensaban que esas oficinas eran como la «boca del lobo»,
para una jovencita ingénua, provinciana, tercamente
romántica que pensaba lo contrario, que ahí estaba el
paraíso. Entre aquellos doctos personajes el Jefe de
Redacción Don Ángel Taracena, tabasqueño inefable; Don
Fernando Belmar Iracundo, administrador que velaba por el
crecimiento económico del diario, contando la publicación de
anuncios, parcos de por sí, las «orejas», «el cintillo» y
la publicación de las escasas carteleras de algunos
espectáculos, bailes, kermeses y esquelas.
En el
cuerpo de Redacción sobresalía Ramírez Bohorquez por ser
desde entonces, acucioso con el idioma español, imaginativo
para darle forma a las nostas, impecable en su apariencia,
conocedor de las leyes de urbanidad, bien informado, gran
conversador y admirador de las damas.
Fuera de
ese ámbito de actividades extra periódico coincidimos en el
famoso Ateneo Adalberto Carriedo, donde él ya figuraba como
entusiasta socio, alternando con algunos grandes de la
cultura: Jorge Fernando Iturribaría, connotado historiador;
José Suárez, poeta de altos vuelos; Rafael Márquez Toro,
prestigiado abogado quien interpretaba al piano música
clásica; Guillermo Reimers Fenochio, conocedor de lo
acontecido en el siglo XVI.
El
instituto de Ciencias y Artes del estado, llamado glorioso por
la excelencia de sus maestros que se reflejaba en los
productos que ofrecía como aquellos fogosos oradores, tiernos
poetas o cuentistas que median sus fuerzas organizando los
Juegos Florales para exaltar la belleza y al mismo tiempo la
erudición de la grey estudiantil, como Guillermo Martínez
León, Rodolfo Sandoval, Jorge Santibáñez, Raymundo
Villalobos Celaya, a la que se unía Everardo como declamador
o actor de las huestes de Cristina Pérez Guerrero, directora
teatral de magnificas obras españolas de Jacinto Benavente,
Casona, Torres Quintero.
El
primer congreso mexicano de historia que trajo la sabiduría
de antropólogos, arqueólogos de renombre como Alfonso Caso,
Wilberto Jiménez, estudiosos de la Tumba 7 y a la vez
propiciaron que se organizara nuevamente bajo la égida del
poeta Alberto Vargas, el periodista Fernando Ramírez de
Aguilar (Jacobo Dalevuelta) y otros cultos organizadores, la
primera Guelaguetza ofrecida al presidente de la república,
Abelardo I. Rodríguez y a los participantes de tan avanzado
programa del País efectuado en Oaxaca. Ahí estaba Everardo
Ramírez Bohórquez y estaba en los viernes de El llano,
echando flores verbales a las chicas en edad de merecer y
quitándose su «carrete de paja» (sombrero de moda) para
ponerse a los pies de todas ls damas de la sociedad que lo
llamaban por su nombre, a secas, pero con muy buenas
intenciones amistosas. Y estaba en los carnavales, en los
reinados de Cabela Domville y Margarita Robles Arenas; y
estaba en los pésames a la virgen de la Soledad, todos los
Viernes Santos; y en las Noches de Rábanos, con las madrinas
de los niños Dios que tiritaban en las charolas entre hilos
plateados y dorados, y estaba en la Banda de Música todos los
Domingos. Yo me pregunto ahora ¿A dónde no estaba Everardo?
Esta
narrativa abarca los primeros años de la década de los
treinta. Yo emigré a Puebla de los Ángeles para aprender
más de periodismo. Las década siguiente fueron los cuarenta
y los primero años de los cincuenta envolvieron por ausencia
mía, otros recuerdos de ese tiempo y este espacio de Oaxaca,
pero para mi gran alegría, en 1953, al radicarme nuevamente
aquí, Everardo aparece protagonizando la aventura de hacer un
periódico diario que ya estaba planeado junto con Eduardo
Pimentel, Don Marcelino Nuciño y Don Luis Sarmiento, y me
invitaban a trabajar por Oaxaca, decían ellos con poco dinero
y mucho entusiasmo empezó todo aquello que es inolvidable.
Ante mis
ojos ocurre un sin fin de imagenes con sólo escuchar el
nombre de Oaxaca Gráfico, una verdadera trama de hechos,
anécdotas, sucesos, que cambiaron nuestras vidas. Cuando
salió el primer número, que lo dimos a luz como si fuera un
hijo de carne y hueso, el 19 de noviembre de 1953, era de
tamaño tabloide, feíto, con grabados (esa fue la inovación)
y nos daba ganas de escondernos porque no correspondía a lo
que habíamos concebido.
Eso sí,
Everardo llevó a la Redacción su escritorio de nogal y
costura, hecho en los estados Unidos de Norteamérica y su
silla giratoria. Ni el periódico Excelsior debe haber tenido,
en sus inicios, un mueble así, que era pieza de museo y
estaba en magníficas condiciones.
En
máquinas de escribir más viejas que el sol, entre ellas una
Olivetti, redactábamos los originales con las notas que
llevaban los reporteros de cada fuente.
Él era
el director del periódico, la jefe de redacción la que
escribe y el señor Pimentel el Gerente. Nuestras oficinas
estuvieron, primeramente, en la esquina de Independencia y
Porfírio Díaz (hoy Hotel San Antonio). En frente teníamos
las oficinas del P.R.I., que dirigía el licenciado Raúl
Bolaños Cacho (hoy correos y telégrafos) a un lado, en el
mismo edificio nuestro, en el zaguán, componían calzado los
hermanos cuauhtemoc y junto a la Fotografía de Don Manuel
Ramírez López, la Farmacia Regina que atendía la gentil
Olguita Castillejos dueña de esa impresionante e histórica
casona; enseguida, donde está ahora el banco, había una
tienda y un depósito de venta de petróleo «La Flama», a
donde coincidía la juventud que de alguna forma representaba
a los Rebeldes Sin Causa, que aquí se les llamaba
«cadeneros». |