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El
afromestizaje tiene importante presencia en poblados situados
entre Puerto Escondido y límites actuales con el estado de
Guerrero. En la gente de la región resaltan la alegría por
vivir y el gusto por el baile, así como el desparpajo y
actuar cotidianamente sin inhibiciones. Probablemente este
carácter se debe en parte al pueblo negro, pero por otra, a
los estancieros y misioneros andaluces que imprimieron su
sello en la música, danza y hasta el modo de hablar.
Dicho
sea de paso, un fenómeno similar se da en el Istmo de
Tehuantepec, tal como lo narra don Andrés Henestrosa sus
"Cartas sin sobre" respecto a su vivencia con unos
amigos en un restaurante de Sevilla, al escuchar a unos
cupletistas que amenizaron su comida, trovando el estribillo y
algún verso de "La llorona".
Si por
curiosidad rescatamos de la cineteca la película "El
último cuplé", que le dio fama a Sarita Montiel en
1950, nos percatamos en la trama del filme, desarrollado en
Andalucía, que artistas callejeros dan el fondo musical con
flamencos "ayes" de la "Sandunga" y sus
clásicos mamá por Dios, como en el siguiente verso:
¡Ay!
Sandunga, que sandunga vana,
¡ay,
mamá, por Dios,
sandunga,
no seas villana,
consuela
mi corazón.
Lo cual
suena francamente, muy castizo. El término sandunga, en
castellano, se refiere a gracia, donaire, zambra. Y zambra,
es: fiesta morisca con bulla y algazara. Fiesta de los gitanos
andaluces. En Juchitán, la referencia en zapoteco para bailar
su música, es el son-Yaá, que quiere decir vamos a bailar
según nuestra costumbre, la tradición.
Como ya
lo ha sugerido Guillermo García Manzano, es probable que en
una época no bien determinada, dicha música llegó a Oaxaca
y se adaptó fundamentalmente al folklore del Istmo de
Tehuantepec, con algunas variantes y adiciones regionales.
En
Colombia sucede algo parecido como por ejemplo, en la cumbia
"La pollera colorá" que dice "Ay como
sandunguea, la negrita Soledad".
En el
repertorio de los bailes y danzas típicas de la costa, tal
vez los más representativos en cuanto a los afromestizos,
sean "Los Diablos" y la "Artesa".
Amén
del género de las chilenas.
SON DE
LA ARTESA:- Probablemente sea el que mejor manifiesta la
africanidad en su expresión corporal, por la plasticidad y
armonía de las parejas que bailan cadenciosamente y zapatean
sobre el tronco de un árbol tallado en sus extremos a manera
de la cabeza y la cola del gallo. La música de
acompañamiento es de chilenas y permite que la mujer luzca su
gracia.
CHILENAS:-
Se dice que la "fiebre del oro" en California fue
determinante en la introducción de dicho género a nuestro
país. Sin embargo, pensamos que la influencia de la música y
bailes sudamericanos se dio mucho tiempo antes, de manera
sostenida y permanente.
Es claro
que uno de los puertos de abrigo y aprovisionamiento en el
pasado fue Minizo, cercano a Pinotepa del Rey, hoy Nacional.
De ahí pudo haberse extendido al oeste, por la costa de
Guerrero. Al este, por Jamiltepec, al noroeste por el rumbo de
Putla hacia la parte alta de la montaña, ya que en esta
dirección fueron los vaqueros y arrieros negros y mulatos
quienes contribuyeron a difundirla por sostener el comercio y
acarreo de ganado incluso hasta Tlaxiaco y Puebla.
Castro
Mantecón relaciona el intenso movimiento de carga y descarga
de barcos, con el auge agrícola y comercial oaxaqueño de
mediados de 1655, abierto por tierra con Chiapas y Guatemala.
Por mar, con comerciantes peruanos y chilenos que venían a
realizar sus transacciones. Y justo en esos años refiere el
trasplante de arte sudamericano hacia Oaxaca.
Hay
otras poblaciones oaxaqueñas en las que se asentó la música
sudamericana en sus diversas variantes, en lugares alejados de
Pinotepa y más para la época a la que nos referimos, de
comunicaciones terrestres difíciles y riesgosas.
El
sentido común nos dice que muy probablemente no solo en
Minizo hubo transculturación, sino también en Puerto
Escondido, que era accesible a la ruta y comercio con la
ciudad de Oaxaca vía San Pedro Mixtepec, Nopala, Juquila y
Sola de Vega, plazas en donde la chilena está más viva que
nunca.
Se
sustenta esta tesis en el hecho de que es posible acreditar
escalas de barcos en Puerto Escondido, desde el año 1811, por
ejemplo: La relación oficial del gobierno virreinal en su
puesto militar y control aduanal de Acapulco, registra la
salida para Puerto Escondido y Punta Arenas-Chile- del
Bergantín de S.M. "San Carlos". Igualmente hacia
Guayaquil, Ecuador, de a Fragata "Bárbara",
consignando la carga que transportaban.
El año
de 1818, Murguía y Galardi relata que cuatro años atrás
constató la presencia en Puerto Escondido, de un navío que
hizo escala en su viaje del puerto de San Blas, Nayarit, con
destino a Guayaquil, Ecuador. Y hace el comentario de haber
visto "un gran cartucho de perlas, extraídas por los
marineros en el mismo puerto". Ochoa Campos acredita que
en diciembre de 1821, atracaron en Acapulco, navíos de la
Marina Armada de Chile, enviados por el Almirante Bernardo O’Higgins
en apoyo a los insurgentes mexicanos, pero al enterarse que la
independencia de México era un hecho consumado, los marineros
se unieron a los festejos populares con sus cantos y bailes,
en un evento históricamente significativo y valioso por lo
que representa en las relaciones de ambos países
hispanoamericanos.
Castro
Mantecón descubrió partituras de la música, (150 años
antes que la "fiebre del oro" en California que fue
alrededor de 1870), de una pieza llamada "Fiesta de
Negros" y chilenas costeñas de Nopala, de 1729; da la
relación cronológica de los músicos y cantores del coro de
la Catedral de Antequera y en 1711, después de los seis
primeros artistas, que fueron españoles, aparece el mulato
Nicolás Vasconcelos. Además menciona un género
profano-religioso de cantos y movimientos que se acostumbraba
en las reuniones de negros, denominado "Oratonos" y
"Escapularios", algo así como los Blues del Sur en
Estados Unidos.
Así
pues, pensamos que no fue solamente un punto en la costa de
Oaxaca y Guerrero donde se dio el intercambio cultural de los
comerciantes sudamericanos con sus habitantes, ni tampoco un
solo poblado puede autodenominarse cuna de este género
costumbrista, sino que fue un largo proceso de tal vez los
siglos XVI y XVIII, de intensa y enriquecedora convivencia
humana, que ha dado hermosas piezas musicales como la
siguiente, dedicada o Puerto Escondido por su autor, Don
Enrique Calvo de Sola de Vega.
"Cuando
vengas a Oaxaca, yo sólo un favor te pido…
Que no
dejes de bañarte, allá en mi Puerto Escondido.
Sólo
que la mar se seque, no me he de seguir bañando...
Puerto
Escondido, que lejos te vas quedando…
COMENTARIO:
A propósito del tema, considero pertinente hacer la
observación de que hay la tendencia actual, a suplir la
picardía, el ingenio y la ironía tradicionales en este
género costumbrista por la procacidad, el mal gusto y
vulgaridad para ganar la carcajada y el aplauso fácil del
público pero con esto lo que se consigue es perder cada vez
más la autenticidad y el encanto originales de las primeras
creaciones. En general, los directores de tales grupos
artísticos deben hacer una reflexión al respecto pues este
negativo fenómeno, recae en su responsabilidad.
En el
Son de la Artesa, el acompañamiento musical, puede ser con
armónica o violín, en una melodía reiterativa que tiene
como fondo el sonar de las muelas flojas de una quijada de
asno(charasca) y un sonido que imita el rugido del tigre, que
se produce en el "bote del diablo", instrumento
primitivo consistente en un calabazo vacío-teconte-que actúa
como caja de resonancia, con una tapa de piel y un agujero
central donde se frota una vara lubricada con cera de monte.
De hecho es como el Tungundú africano o la zambumbia, en
Colombia. Gutiérrez Ávila señala que su antecedente es un
rito bantú de iniciación a la tribu.
La danza
de "Los Diablos", bailable muy arraigado en los
pueblos afromestizos como Collantes, Lo de Soto,
Cuajinicuilapa, José María Morelos, Santo Domingo y otros,
se realiza con pasos vigorosos y rápidos, en un ritmo
verdaderamente de acuerdo a su nombre. Las vocalizaciones de
los danzantes, en tono bajo y profundo hacen recordar un canto
africano, respecto al significado, en las presentaciones
oficiales que se hacen del baile en los festivales de danza,
hemos escuchado entre otras afirmaciones más o menos falaces
que es en honor del Dios Ruga. Sin descartar que lo anterior
pudiese tener algún sustento, debemos aceptar que la
influencia de los misioneros fue fundamental, pues son danzas
que aprovecharon para la evangelización en América.
Francisco
Planchez, investigador de la historia y el folklore de
Venezuela, relata la práctica de la misma coreografía en la
costa de su país, mas específicamente en un poblado llamado
Chuao, de gente mayoritariamente afroamericana, que por su
aislamiento geográfico conserva la danza de "los
Diablos", pura y sin contaminaciones.
Describe
el baile con ejecutantes disfrazados de diablos, con
personajes como "la Minga" o "Sayona". El
capataz o diablo mayor, padre de todos los diablos. Se
acompañan con el ritmo de un tambor y otros instrumentos
primitivos que no describe, pero es de suponer que sean
similares a los usados aquí. Planchez da a conocer que dicho
bailable es la adaptación que utilizaban los misioneros
católicos durante la Colonia, para convertir a los primeros
esclavos, que fueron liberados en Venezuela hasta 1654, unos
veinticinco años después que en México. Por cierto la
palabra minga parece derivar de una voz de guinea ecuatorial
(mininga) que significa amante, querida indígena que tiene
trato sexual con los blancos.
La
coreografía se realiza en las calles polvorientas de Chuao y
bailan principalmente frente a la iglesia cristiana, ante la
Cruz del Perdón, que es de madera de 1.20 mts de altura y
simboliza la que protegía a sus antepasados de ser castigados
por los capataces, que frente a ella, no se atrevían a darles
látigo. Después de danzar se dejan caer en silencio por 15
minutos frente al templo del pueblo para purificarse ante Dios
y así, los diablos de la maldad, son sometidos al bien.
Obviamente, para los misioneros los dioses africanos, eran los
"diablos de la maldad".
En
nuestro país los grupos afromestizos de la costa efectúan
estos bailes sobre todo el "Día de Muertos", en
noviembre, y en Venezuela se acostumbra para celebrar el
Corpus Christi, en mayo o junio.
También
hay otras partes de México en que los pueblos indígenas
utilizan esos disfraces de diablos en sus festividades
religiosas, lo que demuestra que no es exclusivo de los
afromestizos.
Respecto
a esta danza, hay una anécdota verídica de Cuajiniculapa, en
la que se habla de un grupo de negros de alguna cuadrilla
rival, que se disfrazaron de diablos y entraron al poblado sin
despertar sospechas, bailaron y sacaron de entre sus ropas
armas para acribillar a los descuidados varones de
"Cuaji", consumar su venganza y escapar.
En
relación al vestuario, se considera que es muestra simbólica
de las diferentes formas que adopta la maldad, o sea el
diablo. Por eso no hay regla en su elaboración y se deja a la
imaginación de cada quien, para que aproveche alguna ropa
vieja y complete el disfraz con la máscara de madera y
cuernos de venado, con barbas de crin y cola de caballo.
"Se
dice que la "fiebre del oro" en California fue
determinante en la introducción de la chilena a nuestro
país. Sin embargo, pensamos que la influencia de la música y
bailes sudamericanos se dio mucho tiempo antes, de manera
sostenida y permanente" |