Ejemplar Número: 26

Oaxaca de Juárez, Oax.

Octubre 2005

Bienvenidos a Oaxaca Profundo

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               El Cristo de las Congojas : Total arrepentimiento de una Dama

VIDA ES TENER QUE HACER SIEMPRE ALGO; LA VIDA NO SE ME HA DADO, TENGO QUE HACERLA. JOSÉ ORTEGA 

         Cuilapam y sus nogales (hoy en destrucción) era un paseo muy tranquilo para las familias; los desmanes se dieron alrededor de "La Ventolera" quien en Huayapam encontró la paz al sentir las lágrimas del Cristo

Allá, a mediados del siglo XVII la ciudad de Oaxaca era considerada como la segunda población de la Nueva España, y las crónicas de los viajeros que la visitaron tiempo atrás o por esos mismos años, entre ellos Mr. Chilton, Fr. Alonso Pérez, Pérez Rivas, Juan Díez de la Calle, Tomás Gage y el P. Florencia, consignan muy estimables referencias sobre el aspecto de la ciudad, sus edificios, su excelente clima, la fertilidad del suelo y, sobre todo, el carácter pacifico e índole sociable de sus moradores. Sin, embargo ninguna de estas crónicas hace referencia a Cuilapan, no por la importancia que tuvo como Segunda casa de la Provincia de San Hipólito, sino lugar de esparcimiento y centro de recreo que fue, en aquellos días, del vecindario Oaxaqueños, y por lo mismo estamos consignando este antecedente, ya que forma el punto de partida de nuestra historia.

En efecto, allá a mediados de aquella centuria, el pueblo de Cuilapan era un paseo muy concurrido, y muy del agrado de las familias, damas y caballeros que los domingos y días festivos a él se trasladaban, ya fuese en carroza, a caballo o, como lo hacían algunas personas, simplemente a pie, para estirar las cuerdas, pues ciertamente el fresco ambiente de las plantaciones de nogales introducidos por los dominicos cien años atrás y a la sazón y en plena madurez y lozanía, proporcionaban a los visitantes lagunas horas de muy grata y amena recreación entregados a cualquiera de los honestos e inocentes pasatiempos de aquella época.

Pero, como no todas la cosas ni todas las situaciones estables en este mundo, ya para los años que venimos señalando aquel paseo había dejado de ser un centro de recreo para las familias y había sido convertido en teatro de no muy edificantes espectáculos para toda la gente de vida disipada que en retirado ambiente de aquellos parajes encontraba campo propicio a todos sus excesos, entre el correr del vino sin tasa ni medida, cháchara de las bandurrias y las estrepitosas carcajadas de aquella alegre y despreocupada concurrencia entre la que se llevaba la palma, por sus extravagancias y costumbres licenciosas, cierta mujer, propietaria de un importante tahona en la ciudad, apodada "La Valentora", mote que le venía de perilla tanto por sus manías y excentricismos como por el revuelo que natural airoso y su carácter desenvuelto causaba en toda aquella gente amiga de la jácra.

La moderación, pues, en el disfrute, y los sanos pasatiempos de aquel paseo, se habían relajado, dando lugar a no pocos incidentes vergonzosos y aún a algunos lances de sangre originados de las disputas para obtener los favores de la "La Ventolera". Y esta consecuencia era en gran parte de las enconadas disensiones que sostenían ya de años atrás tanto el clero secular como el regular, puesto que los miembros de la iglesia, atentos al curso que seguían aquellas prolongadas disidencias, se habían desentendido bastante del cuidado de la feligresía, sin prestar la debida atención al respecto relacionado con el mantenimiento de las buenas costumbres; porque en realidad el litigio sostenido por los dominicos con el Ayuntamiento, la escandalosa querella promovida por el Obispo Bohórquez contra dominicos y franciscanos, la dura controversia suscitada entre el Obispo Benavente y el Arzobispo de México, en la que inclusive llegó a terciar el Santo Oficio, y otras dificultades por el estilo, habían convertido a la ciudad en un verdadero campo de agramante, en el que los bandos en disputa tan sólo tenían concentrada toda su atención en el hecho de esquivar los golpes que mutuamente se dirigían, o poder asestarlos, en su caso, todo esto con las deplorables consecuencias que aquí apuntamos.

Mal, pues, muy mal, andaba todo aquellos: enconadas disputas entre los ministros el altar, por un lado, y lamentable relajamiento de las sanas costumbres, por el otro. Sin embargo la situación con ser tan grave, no lo era al grado de no tener remedio. Y el remedio lo tuvo en la designación del Ilmo. Sr. DR. D. Alonso de Cuevas Dávalos, doctísimo Varón, tan sabio como prudente y virtuoso en el Obispado de Antequera mismo que desentendiéndose en absoluto de las querellas que traían de cabeza a diocesanos y religiosos, se dedicó de lleno al cumplimiento de sus deberes apostólicos, sin que su condición jerárquica le hiciese variar ni un ápice sus hábitos de humildad, ni apartarse de las penitencias y modificaciones corporales que voluntariamente se imponía, entregándose en cuerpo y alma a la tarea de velar por el bienestar moral y material de la feligresía.

Por lo tanto, pues, e impuesto de todo lo que en Cuilapan venía ocurriendo, tomó de inmediato las providencias necesarias para corregir aquella situación, y merced a sus gestiones y a la intervención de la autoridad civil, así como la ascendiente que ejercía ejemplaridad de su conducta, fue como cesaron todos los excesos que venían cometiéndose a la sombra de los nogales, pues se ordenó que en los sucesivo se frecuentase el pueblo de Cuilapan salvo con un propósito completamente ajeno ala verificación de toda francachela.

Claro que tal medida, si de momento fue eficaz y consiguió frenar totalmente los escándolos en lo que a Cuilapan particularmente concernía, no lo fue empero, para extirpar completamente el mal, puesto que el círculo de licenciosos, cerrada aquella puerta de escape a sus excesos, pronto hubo abierto otra, en el cercano pueblo de Huayapan, lugar no menos acogedor y pintoresco, cruzado por multitud de apantles de rumorosas aguas y sombreado por el compacto hacinamiento de los frutales cultivados en sus huertos.

Ahí pues, bajo pretexto o simulada devoción a un crucifijo, en escultura, que en templo de dicho lugar se veneraba, volvió a sentar sus reales la alegre y despreocupada tropa de licenciosos que, con "La Ventolera" a la cabeza, reiniciaron el curso de aquellos días íntegramente consagrados al culto del bochinche, pero que en esta ocasión iba a desparecer definitivamente, y desde luego no a moción del Señor Obispo o por mandato de autoridad alguna, sino debido a un suceso extraordinario de cuya verificación, sin que nadie alcance jamás a imaginarlo, iba a ser instrumento precisamente aquella mujer toda metida en culpa, encarnación viviente del placer, racimo de tomo género de excesos y liviandades: "La Ventolera"...

El suceso en cuestión, que causó sensación no solamente entre ellos vecinos de Huayapan sino que trascendió a toda la ciudad y ameritó que el Sr. Obispo mandara instruir la información del caso, tuvo verificativo de la siguiente manera: Sucedió que cierto día Domingo, terminada la misa que a las doce se había celebrado en el lugar, "La Ventolera" permaneció en el templo unos momentos más, cuando todos los asistentes se habían retirado.

Ya haya sido movida por un súbito impulso de fervor, o con el deliberado propósito de cubrir las apariencias fingiéndose entregada a un rapto de devoción que no sentía. Y ahora bien: Cualesquiera que hayan sido sus propósitos, pues esto en modo alguno es lo que interesa, el caso es que se encontraba arrodillada, precisamente bajo a la imagen del Santo Crucifijo que pendía, sostenido por resistente cuerda, de la nave, cuando sintió caer sobre el libro de oraciones una gota de agua que se ensanchó, al caer humedeciendo las abiertas páginas...

Levantó la cara, extrañada, recibiendo en la frente otra de aquellas gotas... Y luego, incorporándose para inquirir de donde procedían, vio que sienes y frente del Santo Crucifijo se hallaban llenas de sudo, el cual se deslizaba a lo largo del sagrado cuerpo en lentas y perladas gotas que caían, intermitentemente, sobre el piso...

Llena de turbación abandonó la iglesia, y se reunió al grupo de aquellos sus amigos de francachela, que la esperaban impacientes. Pero ya una profunda desazón, ante el hecho que acababa de constatar, se había apoderado de su ánimo, y una hora después, abandonando su frívola comparsa, corría a la ciudad, encerrándose en su casa, para volver al día siguiente, completamente sola, a implorar a los pies de la prodigiosa imagen el perdón de todos sus desvíos, hecha todo un mar de lágrimas que caían confundidas con las perladas gotas transpiradas por frente y sienes del sudoroso crucifijo.

Y ahí dio fin a su vida de disipación y de extravíos. Y la de todo el círculo de licenciosos, contagiados del sincero arrepentimiento de "La Ventolera". Pues obvio era que el Santo Crucifijo trasudaba por las indecibles congojas que le causaba tanto el libertinaje y relajamiento de las buenas costumbres como las querellas y disensiones en que andaban envueltos los propios ministros de su iglesia.

A raíz de este suceso singular el pueblo de Huayapan dejó de ser el teatro de todas aquellas escenas vergonzosas, convirtiéndose en un centro de fervorosa devoción. Y como de las informaciones practicadas resultase corroborada por numerosos testimonios la verificación de aquel prodigio, quiso el Ilmo. Sr. Obispo De Cuevas Dávalos trasladar el Santo Crucifijo a la Catedral de Oaxaca, para que ahí se le rindiese la veneración debida, en una capilla especial que sería acondicionada a tal propósito; pero a ello se opusieron terminantemente los indígenas, por lo que se optó entonces por erigirle un nuevo templo en el propio pueblo, para lo cual se escasearon donativos, apartados por el vecindario de la ciudad, entre ellos las liberales donaciones de "La Ventolera" que, hasta el fin de sus días, observó una conducta tan honesta como ejemplar, absuelta ya de sus pasados extravíos por aquel prodigioso trasudar del Cristo de las Congojas.

Hoy ese Santo Cristo se halla olvidado, en la sacristía del templo de Huayapan, y con el la memoria del prodigioso suceso que hizo volver al buen camino a aquella empedernida pecadora y revivió con mayor intensidad la veneración de los fieles, misma veneración que actualmente se halla concentrada en la imagen de otro Cristo que se encuentra en un alto nicho en la capilla interior del Templo, el cual es venerado aun personas de otros lugares.

Sin embargo, esa imagen no es la del Cristo de las Congojas; esta se halla relegada al fondo de la pequeño sacristía; aun cuando las proporciones anatómicas de esta escultura, fuertes y rollizas, no corresponden, ciertamente al estatus de flacidez propio del trance de las crucifixión, la posición de la amoratada cabeza, colgando completamente inerte, y la expresión del rostro, en cambio, son de un realismo impresionante, realmente muy difíciles de hallar en esculturas de este género, sobre todo la expresión, tan patética, que no solo parece reflejar el instante preciso del tránsito de esta vida a la otra, sino que traduce con fidelidad absoluta la tremenda congoja que debió abrumar en esos instantes decisivos el espiritu de quien ofreció su vida el holocausto para redimir a la especie humana.

Esta Revista circula en Agencias de Viajes del D.F., Guadalajara, Monterrey y Puebla.