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Cuilapam
y sus nogales (hoy en destrucción) era un paseo muy tranquilo
para las familias; los desmanes se dieron alrededor de
"La Ventolera" quien en Huayapam encontró la paz al
sentir las lágrimas del Cristo
Allá,
a mediados del siglo XVII la ciudad de Oaxaca era considerada como
la segunda población de la Nueva España, y las crónicas de los
viajeros que la visitaron tiempo atrás o por esos mismos años,
entre ellos Mr. Chilton, Fr. Alonso Pérez, Pérez Rivas, Juan
Díez de la Calle, Tomás Gage y el P. Florencia, consignan muy
estimables referencias sobre el aspecto de la ciudad, sus
edificios, su excelente clima, la fertilidad del suelo y, sobre
todo, el carácter pacifico e índole sociable de sus moradores.
Sin, embargo ninguna de estas crónicas hace referencia a
Cuilapan, no por la importancia que tuvo como Segunda casa de la
Provincia de San Hipólito, sino lugar de esparcimiento y centro
de recreo que fue, en aquellos días, del vecindario Oaxaqueños,
y por lo mismo estamos consignando este antecedente, ya que forma
el punto de partida de nuestra historia.
En efecto,
allá a mediados de aquella centuria, el pueblo de Cuilapan era un
paseo muy concurrido, y muy del agrado de las familias, damas y
caballeros que los domingos y días festivos a él se trasladaban,
ya fuese en carroza, a caballo o, como lo hacían algunas
personas, simplemente a pie, para estirar las cuerdas, pues
ciertamente el fresco ambiente de las plantaciones de nogales
introducidos por los dominicos cien años atrás y a la sazón y
en plena madurez y lozanía, proporcionaban a los visitantes
lagunas horas de muy grata y amena recreación entregados a
cualquiera de los honestos e inocentes pasatiempos de aquella
época.
Pero, como
no todas la cosas ni todas las situaciones estables en este mundo,
ya para los años que venimos señalando aquel paseo había dejado
de ser un centro de recreo para las familias y había sido
convertido en teatro de no muy edificantes espectáculos para toda
la gente de vida disipada que en retirado ambiente de aquellos
parajes encontraba campo propicio a todos sus excesos, entre el
correr del vino sin tasa ni medida, cháchara de las bandurrias y
las estrepitosas carcajadas de aquella alegre y despreocupada
concurrencia entre la que se llevaba la palma, por sus
extravagancias y costumbres licenciosas, cierta mujer, propietaria
de un importante tahona en la ciudad, apodada "La
Valentora", mote que le venía de perilla tanto por sus
manías y excentricismos como por el revuelo que natural airoso y
su carácter desenvuelto causaba en toda aquella gente amiga de la
jácra.
La
moderación, pues, en el disfrute, y los sanos pasatiempos de
aquel paseo, se habían relajado, dando lugar a no pocos
incidentes vergonzosos y aún a algunos lances de sangre
originados de las disputas para obtener los favores de la "La
Ventolera". Y esta consecuencia era en gran parte de las
enconadas disensiones que sostenían ya de años atrás tanto el
clero secular como el regular, puesto que los miembros de la
iglesia, atentos al curso que seguían aquellas prolongadas
disidencias, se habían desentendido bastante del cuidado de la
feligresía, sin prestar la debida atención al respecto
relacionado con el mantenimiento de las buenas costumbres; porque
en realidad el litigio sostenido por los dominicos con el
Ayuntamiento, la escandalosa querella promovida por el Obispo
Bohórquez contra dominicos y franciscanos, la dura controversia
suscitada entre el Obispo Benavente y el Arzobispo de México, en
la que inclusive llegó a terciar el Santo Oficio, y otras
dificultades por el estilo, habían convertido a la ciudad en un
verdadero campo de agramante, en el que los bandos en disputa tan
sólo tenían concentrada toda su atención en el hecho de
esquivar los golpes que mutuamente se dirigían, o poder
asestarlos, en su caso, todo esto con las deplorables
consecuencias que aquí apuntamos.
Mal, pues,
muy mal, andaba todo aquellos: enconadas disputas entre los
ministros el altar, por un lado, y lamentable relajamiento de las
sanas costumbres, por el otro. Sin embargo la situación con ser
tan grave, no lo era al grado de no tener remedio. Y el remedio lo
tuvo en la designación del Ilmo. Sr. DR. D. Alonso de Cuevas
Dávalos, doctísimo Varón, tan sabio como prudente y virtuoso en
el Obispado de Antequera mismo que desentendiéndose en absoluto
de las querellas que traían de cabeza a diocesanos y religiosos,
se dedicó de lleno al cumplimiento de sus deberes apostólicos,
sin que su condición jerárquica le hiciese variar ni un ápice
sus hábitos de humildad, ni apartarse de las penitencias y
modificaciones corporales que voluntariamente se imponía,
entregándose en cuerpo y alma a la tarea de velar por el
bienestar moral y material de la feligresía.
Por lo
tanto, pues, e impuesto de todo lo que en Cuilapan venía
ocurriendo, tomó de inmediato las providencias necesarias para
corregir aquella situación, y merced a sus gestiones y a la
intervención de la autoridad civil, así como la ascendiente que
ejercía ejemplaridad de su conducta, fue como cesaron todos los
excesos que venían cometiéndose a la sombra de los nogales, pues
se ordenó que en los sucesivo se frecuentase el pueblo de
Cuilapan salvo con un propósito completamente ajeno ala
verificación de toda francachela.
Claro que
tal medida, si de momento fue eficaz y consiguió frenar
totalmente los escándolos en lo que a Cuilapan particularmente
concernía, no lo fue empero, para extirpar completamente el mal,
puesto que el círculo de licenciosos, cerrada aquella puerta de
escape a sus excesos, pronto hubo abierto otra, en el cercano
pueblo de Huayapan, lugar no menos acogedor y pintoresco, cruzado
por multitud de apantles de rumorosas aguas y sombreado por el
compacto hacinamiento de los frutales cultivados en sus huertos.
Ahí pues,
bajo pretexto o simulada devoción a un crucifijo, en escultura,
que en templo de dicho lugar se veneraba, volvió a sentar sus
reales la alegre y despreocupada tropa de licenciosos que, con
"La Ventolera" a la cabeza, reiniciaron el curso de
aquellos días íntegramente consagrados al culto del bochinche,
pero que en esta ocasión iba a desparecer definitivamente, y
desde luego no a moción del Señor Obispo o por mandato de
autoridad alguna, sino debido a un suceso extraordinario de cuya
verificación, sin que nadie alcance jamás a imaginarlo, iba a
ser instrumento precisamente aquella mujer toda metida en culpa,
encarnación viviente del placer, racimo de tomo género de
excesos y liviandades: "La Ventolera"...
El suceso en
cuestión, que causó sensación no solamente entre ellos vecinos
de Huayapan sino que trascendió a toda la ciudad y ameritó que
el Sr. Obispo mandara instruir la información del caso, tuvo
verificativo de la siguiente manera: Sucedió que cierto día
Domingo, terminada la misa que a las doce se había celebrado en
el lugar, "La Ventolera" permaneció en el templo unos
momentos más, cuando todos los asistentes se habían retirado.
Ya haya sido
movida por un súbito impulso de fervor, o con el deliberado
propósito de cubrir las apariencias fingiéndose entregada a un
rapto de devoción que no sentía. Y ahora bien: Cualesquiera que
hayan sido sus propósitos, pues esto en modo alguno es lo que
interesa, el caso es que se encontraba arrodillada, precisamente
bajo a la imagen del Santo Crucifijo que pendía, sostenido por
resistente cuerda, de la nave, cuando sintió caer sobre el libro
de oraciones una gota de agua que se ensanchó, al caer
humedeciendo las abiertas páginas...
Levantó la
cara, extrañada, recibiendo en la frente otra de aquellas
gotas... Y luego, incorporándose para inquirir de donde
procedían, vio que sienes y frente del Santo Crucifijo se
hallaban llenas de sudo, el cual se deslizaba a lo largo del
sagrado cuerpo en lentas y perladas gotas que caían,
intermitentemente, sobre el piso...
Llena de
turbación abandonó la iglesia, y se reunió al grupo de aquellos
sus amigos de francachela, que la esperaban impacientes. Pero ya
una profunda desazón, ante el hecho que acababa de constatar, se
había apoderado de su ánimo, y una hora después, abandonando su
frívola comparsa, corría a la ciudad, encerrándose en su casa,
para volver al día siguiente, completamente sola, a implorar a
los pies de la prodigiosa imagen el perdón de todos sus desvíos,
hecha todo un mar de lágrimas que caían confundidas con las
perladas gotas transpiradas por frente y sienes del sudoroso
crucifijo.
Y ahí dio
fin a su vida de disipación y de extravíos. Y la de todo el
círculo de licenciosos, contagiados del sincero arrepentimiento
de "La Ventolera". Pues obvio era que el Santo Crucifijo
trasudaba por las indecibles congojas que le causaba tanto el
libertinaje y relajamiento de las buenas costumbres como las
querellas y disensiones en que andaban envueltos los propios
ministros de su iglesia.
A raíz de
este suceso singular el pueblo de Huayapan dejó de ser el teatro
de todas aquellas escenas vergonzosas, convirtiéndose en un
centro de fervorosa devoción. Y como de las informaciones
practicadas resultase corroborada por numerosos testimonios la
verificación de aquel prodigio, quiso el Ilmo. Sr. Obispo De
Cuevas Dávalos trasladar el Santo Crucifijo a la Catedral de
Oaxaca, para que ahí se le rindiese la veneración debida, en una
capilla especial que sería acondicionada a tal propósito; pero a
ello se opusieron terminantemente los indígenas, por lo que se
optó entonces por erigirle un nuevo templo en el propio pueblo,
para lo cual se escasearon donativos, apartados por el vecindario
de la ciudad, entre ellos las liberales donaciones de "La
Ventolera" que, hasta el fin de sus días, observó una
conducta tan honesta como ejemplar, absuelta ya de sus pasados
extravíos por aquel prodigioso trasudar del Cristo de las
Congojas.
Hoy ese
Santo Cristo se halla olvidado, en la sacristía del templo de
Huayapan, y con el la memoria del prodigioso suceso que hizo
volver al buen camino a aquella empedernida pecadora y revivió
con mayor intensidad la veneración de los fieles, misma
veneración que actualmente se halla concentrada en la imagen de
otro Cristo que se encuentra en un alto nicho en la capilla
interior del Templo, el cual es venerado aun personas de otros
lugares.
Sin embargo,
esa imagen no es la del Cristo de las Congojas; esta se halla
relegada al fondo de la pequeño sacristía; aun cuando las
proporciones anatómicas de esta escultura, fuertes y rollizas, no
corresponden, ciertamente al estatus de flacidez propio del trance
de las crucifixión, la posición de la amoratada cabeza, colgando
completamente inerte, y la expresión del rostro, en cambio, son
de un realismo impresionante, realmente muy difíciles de hallar
en esculturas de este género, sobre todo la expresión, tan
patética, que no solo parece reflejar el instante preciso del
tránsito de esta vida a la otra, sino que traduce con fidelidad
absoluta la tremenda congoja que debió abrumar en esos instantes
decisivos el espiritu de quien ofreció su vida el holocausto para
redimir a la especie humana.
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