Ejemplar Número: 27

Oaxaca de Juárez, Oax.

Diciembre 2005

Bienvenidos a Oaxaca Profundo

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               Las Celebraciones de Diciembre

VIDA ES TENER QUE HACER SIEMPRE ALGO; LA VIDA NO SE ME HA DADO, TENGO QUE HACERLA. JOSÉ ORTEGA 

     Y terminaba el «mes de muertos» para comenzar el último del año y, con él, otra serie de festividades no menos tradicionales y animadas: la feria de Juquila, San Juanito, la Soledad, la Noche de los Rábanos y la Navidad. Los últimos días de noviembre y los inicia les de diciembre señalaban en la ciudad el movimiento y los dispositivos de los romeros que emprendían el entonces fatigoso peregrinaje al santuario de Juquila, algunos de los cuales andaban de casa en casa pidiendo «limosna» para el peregrinaje, pues en aquellos días los asistentes a la romería eran conducidos únicamente a San Pablo Huixtepec, por el ferrocarril, yel resto del trayecto, en el que empleaban de cuatro a seis días, tenían que hacerlo a pie o en bestias alquiladas desde Oaxaca o en Sola de Vega, y como la Virgen de Juquila ha sido popularmente venerada en Oaxaca, tanto como la de la Soledad, la gente que no podía ir a venerarla hasta su lejano santuario acudía a hacerlo al cercano pueblo de San Juan Chapultepece, en donde por tal motivo el 8 de diciembre se verificaba una solemnísima función acompañada, desde luego, por una de las más animadas romerías, pues durante los días, del novenario y desde el amanecer hasta las ocho de la mañana, los jóvenes, las muchachas, los niños, las señoras y los señores tenían por costumbre asistir a la misa de siete, llenando de bulliciosa animación el trayecto de la ciudad al pueblo, yendo por el puente Porfirio Díaz o por el camino de la hacienda de. San Luis, en cuyo caso tenían que cruzar el Atoyac pagando uno o dos centavos por utilizar el angosto puente de arena que un sujeto, llamado Martín, instalaba cada año y en tal ocasión; después de oída la misa o de haber ascendido a la «Cuevita» que se halla al comenzar la parte más empinada del cerro del «Paragüito», y en donde es fama que hizo su aparición la diminuta imagen de la Virgen, los paseantes se dedicaban a saborear los tamales, el atole, el chocolate o las enchiladas en los puestos instalados abajo del atrio de la iglesia, siendo la víspera y el día de la festividad cuando casi toda la gente de la ciudad se trasladaba a San Juanito para distraerse con la quema de los fuegos artificiales y los «toros encohetados», lo mismo que con las diversiones ahí instaladas: chachacuales, caballitos, boliches, chuzas, argollas y otras más, amén de las numerosas fondas y puestos de fruta, nieve, dulces, refrescos y comestibles, entre éstos, principalmente, las suculentas empanadas y los barriles de proletario pero exquisito tepache.

     Acabada la fiesta de San Juanito ya estaban haciéndose los preparativos para la celebración de la festividad más solemne e importante de Oaxaca, o sea la de la Virgen de la Soledad, Patrona del Estado, a la que concurría gente de casi todos los rumbos de la entidad, pero principalmente de la Sierra. Durante el novenario se engalanaban las calles adyacentes al templo con tiras de festón o banderolas de papel de China, y en los dinteles de las puertas se suspendían por las noches los acostumbrados farolillos de colores, encendiéndose en el medio de la calle grandes fogatas alimentadas con rajas de acote, sobre trípodes improvisados con rabos de caña por las mañanas, después de la misa de siete, la mayor parte de los asistentes a ésta acostumbraban almorzar en las fondas improvisadas con petates y manteados e instaladas en la primera calle de Galeana, en donde se servían tamales, atole, champurrado, enchiladas con carne frita y muy particularmente el chocolate-atole que se preparaba únicamente en tal ocasión, y unos días antes del dieciocho se instalaban en las dos primeras calles de Independencia y primera de Mier y Terán todos los chachacuales, y en las siguientes de las mismas de Independencia los muchos y diversos puestos de molotes, quesadillas, chalupas, nieve, tamales, empanadas, pan de la Villa, buñuelos, aguas frescas, fruta, loza y, particularmente, tortillas de cuacoyul, plátanos pasados, jícaras y jamoncillo procedentes de Juquila, así como otros muchos efectos y artículos cuyos puestos escalonados se tendían en ocasiones hasta cerca de la Alameda; de manera que la fiesta de la Virgen de la Soledad era, en aquel tiempo, una de las más animadas y concurridas ferias, a grado tal que el día de la festividad había que pensarlo mucho para aventurarse entre el gentío que en compactas masas inundaba el templo, el atrio, el jardín adyacente y las calles próximas, siendo insuficientes los mesones para albergar a toda la gente que acudía, y por tal motivo gran parte de ésta pedía hospedaje en las casas particulares o pasaba la noche en el jardín, en el atrio del templo y aun en el mismo interior de éste. Desde luego, como todos los actos de la festividad estaban a tono con la importancia de la misma, la calenda organizada la antevíspera era siempre la mejor de aquellos días, tanto así que su recorrido se iniciaba poco más o menos a las cinco o seis de la tarde y terminaba al día siguiente a las ocho o nuevo de la mañana, poniendo punto final al recorrido el «jarabe» que ejecutaban los participantes de la calenda en el propio atrio del santuario, debiéndose la extraordinaria duración del recorrido a la circunstancia de que la calenda hacía frecuentes y prolongadas estaciones para dar el «cumplimiento» de costumbre, tanto en la casa del Mayordomo de la festividad como en las de las numerosas madrinas. La noche de los fuegos era poco menos que imposible penetrar en el atrio del templo donde se quemaba el castillo, y muy a duras penas entrar en el recinto donde todas las cofradías y hermandades de la ciudad verificaban una solemne velación, la cual terminaba con la no menos solemne «procesión de estandartes» que se organizaba en la madrugada y recorría lentamente y entre rezos, cánticos y alabanzas, las canes de Galeana, doblaba por la última de Las Casas y regresaba por las de Mier y Terán, al amanecer, para asistir con toda la feligresía que ya a esas horas se dirigía al santuario a la «misa de alba», cerrándose la festividad con la solemnísima misa pontifical, celebrada a las once de la mañana.

     Pero todavía no terminaba la fiesta de la Soledad y ya daban comienzo los festejos navideños, con la celebración de las «posadas» y la instalación de los «nacimientos» en las iglesias y muchas casas particulares. En aquel entonces a la gente de Oaxaca ni remotamente se le había ocurrido la idea de asociar a estos festejos las extravagancias del ventrudo San Nicolás ni el árbol de Navidad; por lo tanto la instalación del «nacimiento» era una de nuestras más castizas costumbres y un motivo de íntimo y hogareño alborozo, celebrado’ con una especie de solemnidad ritual al irse acomodando y distribuyendo sobre el mullido lecho de musgo y pachtli, el portal, el Niño Dios, las estatuillas de San José y la Virgen, los Reyes Magos y los pastores Bato y Gila, las ovejas, la mulita y el buey, los pequeños jacales de popote, los trozos de espejo que fingían diminutos y tersos lagos, y los hilos de escarcha que daban la impresión de bullentes arroyos o cascadas, bajo los cielos tachonados de luceros de papel plateado entre los que refulgía con mayor intensidad la estrella de Belén, y todo esto muy digno de admirarse por su originalidad y vigoroso sentido estético. y en lo que se refiere a las «posadas», estas no dejaban de presentar también un carácter no menos tradicional, particularmente en las casas de vecindad. En estas «posadas», acompañados por las «cantoras», los moradores de la vecindad y los invitados, a la luz de las velas y farolillos de colores y las chisporroteantes candelas de estrellas y bajo el estridente percutir de los pitos navideños, los Santos Peregrinos eran paseado s por el contorno del patio para terminar, al fin, en la habitación de la madrina de la «posada» donde, después de dárseles hospitalidad e instalárseles en el «nacimiento», se repartía la acostumbrada colación entre la gente menuda y a las personas mayores la taza de caliente ponche o la copita de vino o anisete, con una ración de galletas o una tanda de tortas de chile-ajo, terminando la «posada» con la quiebra de la piñata y en algunas ocasiones con baile, así como con la designación del «padrino» de la siguiente.

      Para entonces ya los chachacuales se retiraban de las calles de Independencia y se instalaban entre la Alameda y la Catedral, y los puestos de tortas con chile-ajo, fritangas y buñuelos, en la esquina y extremo sur de la misma Alameda, donde, según la antigua costumbre establecida, se rompían los platos después de consumidos los buñuelos. Y continuando con los festejos navideños señalaremos como otro de sus principales aspectos el de la Noche de los Rábanos, verificada la antevíspera, en la cual casi todas las calles que encuadran al Zócalo se llenaban de puestos donde los hortelanos de la Trinidad de las Huertas expendían muy diversos trabajos manufacturados: ramilletes de flores enceradas, diminutos canastos, huacales, barcos o guirnaldas de blancas «inmortales» y, principalmente, rábanos de diferentes formas y tamaños, adornados, aderezados y compuestos de muy diversas maneras, a cual más fantásticas y originales, siendo la noche siguiente, víspera de la festividad, cuando en el mismo contorno del Zócalo desfilaban las calendas de todos los templos con su correspondiente cortejo de «zagalas» y niños vestidos dé pastores, y los vecinos de la barriada o feligreses portando cada uno su farolillo de determinado color, de papel de China o pergamino, pues entonces no eran acompañadas estas calendas por los actuales carros alegóricos, incorporándose a estas calendas el séquito de los Reyes Magos que partían, a caballo, de la garita del Marquesado, para retirarse un poco antes de las doce a sus respectivas iglesias donde se celebraba la «misa de gallo», terminada la cual y como demostraron de júbilo por el nacimiento de Jesús, entre el alegre resonar de las panderetas, el batir de las castañuelas y los coros de villancicos entonados por las cantoras y los pastores, las orquestas ejecutaban un movido two-step. un fox trot o cualquier otra pieza de música profana en el mismo interior del templo. Sin embargo, los festejos navideños no se daban todavía por concluidos, pues en el mes de febrero aún continuaban celebrándose las «paradas» de niño en muchas casas particulares.

     Así eran, ligeramente pergeñadas, las festividades tradicionales del Oaxaca de aquellos tiempos, y las costumbres que acompañaban a las mismas. Y es indudable que estas nuestras entrañables tradiciones hubieran continuado manifestándose en toda su pureza hasta la actualidad, de no ser por la malhadada intervención de la cuchara oficial que lo único que ha hecho, en su pretendido interés de mantener vigentes estas populares manifestaciones del costumbrismo oaxaqueño, es desvirtuarlas y mixtificarlas, interpretándolas a su manera, eso cuando las mismas autoridades no se revuelven contra los propios intereses del pueblo impidiendo la verificación de esas celebraciones tradicionales, como sucedió precisamente en esos años en que cierto Presidente municipal impidió la salida de las calendas, y un señor gobernador prohibió el repique de campanas. Claro que en este o en aquel sentido de todas maneras la intervención oficial resulta desastrosa y sencillamente deplorable, cuando so capa de incrementar el folclore introduce ciertas modalidades que están muy lejos de representar, desde luego, «las auténticas manifestaciones de las tradiciones oaxaqueñas. A ello se debe que la costumbre indígena de la «guelaguetza» haya sido trastocada por esa manifestación de servil y vergonzante pleitesía rendida a los representantes del poder público, a cuanto funcionario nos visita y aun a los candidatos al solio presidencial; a ello se debe también la ocurrencia de permitir la instalación de puestos de buñuelos, exclusivos de la temporada navideña, en días y conmemoraciones que no corresponden a dicha temporada, pudiendo decirse lo mismo de los impedimentos que ahora se presentan para apreciar y aproximarse a los puestos en la Noche de los Rábanos, del pandemónium provocado por gente irresponsable y malévola con la quema de cohetes y petardos arrojados a diestra y siniestra en la noche de las calendas, de los puestos de fritangas y chucherías que invaden el Zócalo, y del estimable aspecto de la coreografía indígena convertido en un vulgar espectáculo de café danzante. Decididamente, pues, nuestras tradiciones naufragan, y el folclore oaxaqueño se chotea y vulgariza con todas esas manifestaciones mixtificadas que a fuerza de ser presentadas al visitante como platillo diario, perderán a la larga todo su sabor. Y esto es verdaderamente, lamentable, porque casi casi la singularidad de nuestro costumbrismo y tradiciones populares es lo único bueno que aún nos queda.

Esta Revista circula en Agencias de Viajes del D.F., Guadalajara, Monterrey y Puebla.