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Y terminaba el «mes de muertos» para comenzar el último del
año y, con él, otra serie de festividades no menos tradicionales
y animadas: la feria de Juquila, San Juanito, la Soledad, la Noche
de los Rábanos y la Navidad. Los últimos días de noviembre y
los inicia les de diciembre señalaban en la ciudad el movimiento
y los dispositivos de los romeros que emprendían el entonces
fatigoso peregrinaje al santuario de Juquila, algunos de los
cuales andaban de casa en casa pidiendo «limosna» para el
peregrinaje, pues en aquellos días los asistentes a la romería
eran conducidos únicamente a San Pablo Huixtepec, por el
ferrocarril, yel resto del trayecto, en el que empleaban de cuatro
a seis días, tenían que hacerlo a pie o en bestias alquiladas
desde Oaxaca o en Sola de Vega, y como la Virgen de Juquila ha
sido popularmente venerada en Oaxaca, tanto como la de la Soledad,
la gente que no podía ir a venerarla hasta su lejano santuario
acudía a hacerlo al cercano pueblo de San Juan Chapultepece, en
donde por tal motivo el 8 de diciembre se verificaba una
solemnísima función acompañada, desde luego, por una de las
más animadas romerías, pues durante los días, del novenario y
desde el amanecer hasta las ocho de la mañana, los jóvenes, las
muchachas, los niños, las señoras y los señores tenían por
costumbre asistir a la misa de siete, llenando de bulliciosa
animación el trayecto de la ciudad al pueblo, yendo por el puente
Porfirio Díaz o por el camino de la hacienda de. San Luis, en
cuyo caso tenían que cruzar el Atoyac pagando uno o dos centavos
por utilizar el angosto puente de arena que un sujeto, llamado
Martín, instalaba cada año y en tal ocasión; después de oída
la misa o de haber ascendido a la «Cuevita» que se halla al
comenzar la parte más empinada del cerro del «Paragüito», y en
donde es fama que hizo su aparición la diminuta imagen de la
Virgen, los paseantes se dedicaban a saborear los tamales, el
atole, el chocolate o las enchiladas en los puestos instalados
abajo del atrio de la iglesia, siendo la víspera y el día de la
festividad cuando casi toda la gente de la ciudad se trasladaba a
San Juanito para distraerse con la quema de los fuegos
artificiales y los «toros encohetados», lo mismo que con las
diversiones ahí instaladas: chachacuales, caballitos, boliches,
chuzas, argollas y otras más, amén de las numerosas fondas y
puestos de fruta, nieve, dulces, refrescos y comestibles, entre
éstos, principalmente, las suculentas empanadas y los barriles de
proletario pero exquisito tepache.
Acabada la fiesta de San Juanito ya estaban haciéndose los
preparativos para la celebración de la festividad más solemne e
importante de Oaxaca, o sea la de la Virgen de la Soledad, Patrona
del Estado, a la que concurría gente de casi todos los rumbos de
la entidad, pero principalmente de la Sierra. Durante el novenario
se engalanaban las calles adyacentes al templo con tiras de
festón o banderolas de papel de China, y en los dinteles de las
puertas se suspendían por las noches los acostumbrados farolillos
de colores, encendiéndose en el medio de la calle grandes fogatas
alimentadas con rajas de acote, sobre trípodes improvisados con
rabos de caña por las mañanas, después de la misa de siete, la
mayor parte de los asistentes a ésta acostumbraban almorzar en
las fondas improvisadas con petates y manteados e instaladas en la
primera calle de Galeana, en donde se servían tamales, atole,
champurrado, enchiladas con carne frita y muy particularmente el
chocolate-atole que se preparaba únicamente en tal ocasión, y
unos días antes del dieciocho se instalaban en las dos primeras
calles de Independencia y primera de Mier y Terán todos los
chachacuales, y en las siguientes de las mismas de Independencia
los muchos y diversos puestos de molotes, quesadillas, chalupas,
nieve, tamales, empanadas, pan de la Villa, buñuelos, aguas
frescas, fruta, loza y, particularmente, tortillas de cuacoyul,
plátanos pasados, jícaras y jamoncillo procedentes de Juquila,
así como otros muchos efectos y artículos cuyos puestos
escalonados se tendían en ocasiones hasta cerca de la Alameda; de
manera que la fiesta de la Virgen de la Soledad era, en aquel
tiempo, una de las más animadas y concurridas ferias, a grado tal
que el día de la festividad había que pensarlo mucho para
aventurarse entre el gentío que en compactas masas inundaba el
templo, el atrio, el jardín adyacente y las calles próximas,
siendo insuficientes los mesones para albergar a toda la gente que
acudía, y por tal motivo gran parte de ésta pedía hospedaje en
las casas particulares o pasaba la noche en el jardín, en el
atrio del templo y aun en el mismo interior de éste. Desde luego,
como todos los actos de la festividad estaban a tono con la
importancia de la misma, la calenda organizada la antevíspera era
siempre la mejor de aquellos días, tanto así que su recorrido se
iniciaba poco más o menos a las cinco o seis de la tarde y
terminaba al día siguiente a las ocho o nuevo de la mañana,
poniendo punto final al recorrido el «jarabe» que ejecutaban los
participantes de la calenda en el propio atrio del santuario,
debiéndose la extraordinaria duración del recorrido a la
circunstancia de que la calenda hacía frecuentes y prolongadas
estaciones para dar el «cumplimiento» de costumbre, tanto en la
casa del Mayordomo de la festividad como en las de las numerosas
madrinas. La noche de los fuegos era poco menos que imposible
penetrar en el atrio del templo donde se quemaba el castillo, y
muy a duras penas entrar en el recinto donde todas las cofradías
y hermandades de la ciudad verificaban una solemne velación, la
cual terminaba con la no menos solemne «procesión de
estandartes» que se organizaba en la madrugada y recorría
lentamente y entre rezos, cánticos y alabanzas, las canes de
Galeana, doblaba por la última de Las Casas y regresaba por las
de Mier y Terán, al amanecer, para asistir con toda la
feligresía que ya a esas horas se dirigía al santuario a la
«misa de alba», cerrándose la festividad con la solemnísima
misa pontifical, celebrada a las once de la mañana.
Pero todavía no terminaba la fiesta de la Soledad y ya daban
comienzo los festejos navideños, con la celebración de las
«posadas» y la instalación de los «nacimientos» en las
iglesias y muchas casas particulares. En aquel entonces a la gente
de Oaxaca ni remotamente se le había ocurrido la idea de asociar
a estos festejos las extravagancias del ventrudo San Nicolás ni
el árbol de Navidad; por lo tanto la instalación del
«nacimiento» era una de nuestras más castizas costumbres y un
motivo de íntimo y hogareño alborozo, celebrado’ con una
especie de solemnidad ritual al irse acomodando y distribuyendo
sobre el mullido lecho de musgo y pachtli, el portal, el Niño
Dios, las estatuillas de San José y la Virgen, los Reyes Magos y
los pastores Bato y Gila, las ovejas, la mulita y el buey, los
pequeños jacales de popote, los trozos de espejo que fingían
diminutos y tersos lagos, y los hilos de escarcha que daban la
impresión de bullentes arroyos o cascadas, bajo los cielos
tachonados de luceros de papel plateado entre los que refulgía
con mayor intensidad la estrella de Belén, y todo esto muy digno
de admirarse por su originalidad y vigoroso sentido estético. y
en lo que se refiere a las «posadas», estas no dejaban de
presentar también un carácter no menos tradicional,
particularmente en las casas de vecindad. En estas «posadas»,
acompañados por las «cantoras», los moradores de la vecindad y
los invitados, a la luz de las velas y farolillos de colores y las
chisporroteantes candelas de estrellas y bajo el estridente
percutir de los pitos navideños, los Santos Peregrinos eran
paseado s por el contorno del patio para terminar, al fin, en la
habitación de la madrina de la «posada» donde, después de
dárseles hospitalidad e instalárseles en el «nacimiento», se
repartía la acostumbrada colación entre la gente menuda y a las
personas mayores la taza de caliente ponche o la copita de vino o
anisete, con una ración de galletas o una tanda de tortas de
chile-ajo, terminando la «posada» con la quiebra de la piñata y
en algunas ocasiones con baile, así como con la designación del
«padrino» de la siguiente.
Para entonces ya los chachacuales se retiraban de las calles de
Independencia y se instalaban entre la Alameda y la Catedral, y
los puestos de tortas con chile-ajo, fritangas y buñuelos, en la
esquina y extremo sur de la misma Alameda, donde, según la
antigua costumbre establecida, se rompían los platos después de
consumidos los buñuelos. Y continuando con los festejos
navideños señalaremos como otro de sus principales aspectos el
de la Noche de los Rábanos, verificada la antevíspera, en la
cual casi todas las calles que encuadran al Zócalo se llenaban de
puestos donde los hortelanos de la Trinidad de las Huertas
expendían muy diversos trabajos manufacturados: ramilletes de
flores enceradas, diminutos canastos, huacales, barcos o
guirnaldas de blancas «inmortales» y, principalmente, rábanos
de diferentes formas y tamaños, adornados, aderezados y
compuestos de muy diversas maneras, a cual más fantásticas y
originales, siendo la noche siguiente, víspera de la festividad,
cuando en el mismo contorno del Zócalo desfilaban las calendas de
todos los templos con su correspondiente cortejo de «zagalas» y
niños vestidos dé pastores, y los vecinos de la barriada o
feligreses portando cada uno su farolillo de determinado color, de
papel de China o pergamino, pues entonces no eran acompañadas
estas calendas por los actuales carros alegóricos,
incorporándose a estas calendas el séquito de los Reyes Magos
que partían, a caballo, de la garita del Marquesado, para
retirarse un poco antes de las doce a sus respectivas iglesias
donde se celebraba la «misa de gallo», terminada la cual y como
demostraron de júbilo por el nacimiento de Jesús, entre el
alegre resonar de las panderetas, el batir de las castañuelas y
los coros de villancicos entonados por las cantoras y los
pastores, las orquestas ejecutaban un movido two-step. un fox trot
o cualquier otra pieza de música profana en el mismo interior del
templo. Sin embargo, los festejos navideños no se daban todavía
por concluidos, pues en el mes de febrero aún continuaban
celebrándose las «paradas» de niño en muchas casas
particulares.
Así eran, ligeramente pergeñadas, las festividades tradicionales
del Oaxaca de aquellos tiempos, y las costumbres que acompañaban
a las mismas. Y es indudable que estas nuestras entrañables
tradiciones hubieran continuado manifestándose en toda su pureza
hasta la actualidad, de no ser por la malhadada intervención de
la cuchara oficial que lo único que ha hecho, en su pretendido
interés de mantener vigentes estas populares manifestaciones del
costumbrismo oaxaqueño, es desvirtuarlas y mixtificarlas,
interpretándolas a su manera, eso cuando las mismas autoridades
no se revuelven contra los propios intereses del pueblo impidiendo
la verificación de esas celebraciones tradicionales, como
sucedió precisamente en esos años en que cierto Presidente
municipal impidió la salida de las calendas, y un señor
gobernador prohibió el repique de campanas. Claro que en este o
en aquel sentido de todas maneras la intervención oficial resulta
desastrosa y sencillamente deplorable, cuando so capa de
incrementar el folclore introduce ciertas modalidades que están
muy lejos de representar, desde luego, «las auténticas
manifestaciones de las tradiciones oaxaqueñas. A ello se debe que
la costumbre indígena de la «guelaguetza» haya sido trastocada
por esa manifestación de servil y vergonzante pleitesía rendida
a los representantes del poder público, a cuanto funcionario nos
visita y aun a los candidatos al solio presidencial; a ello se
debe también la ocurrencia de permitir la instalación de puestos
de buñuelos, exclusivos de la temporada navideña, en días y
conmemoraciones que no corresponden a dicha temporada, pudiendo
decirse lo mismo de los impedimentos que ahora se presentan para
apreciar y aproximarse a los puestos en la Noche de los Rábanos,
del pandemónium provocado por gente irresponsable y malévola con
la quema de cohetes y petardos arrojados a diestra y siniestra en
la noche de las calendas, de los puestos de fritangas y
chucherías que invaden el Zócalo, y del estimable aspecto de la
coreografía indígena convertido en un vulgar espectáculo de
café danzante. Decididamente, pues, nuestras tradiciones
naufragan, y el folclore oaxaqueño se chotea y vulgariza con
todas esas manifestaciones mixtificadas que a fuerza de ser
presentadas al visitante como platillo diario, perderán a la
larga todo su sabor. Y esto es verdaderamente, lamentable, porque
casi casi la singularidad de nuestro costumbrismo y tradiciones
populares es lo único bueno que aún nos queda.
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