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Hubo una época en que todos, grandes y
chicos, cultos o ignorantes, estudiosos
o alérgicos a los libros, ancianos o
adolescentes, solteros o casados,
hombres o mujeres, políticos o
apolíticos, en todos, afloraba la
sonrisa con un generalizado gozo, y
también entrábamos en reflexión, cuando
religiosamente leíamos “Los Supermachos”
de Ríus, y más tarde “Los Agachados” del
mismo autor. Después de devorar con
avidez estas irónicas revistas cómicas
“de muñequitos” como antes decíamos, se
sucedían los comentarios, los chistes y
hasta los chismes que todo mundo
practicaba en el aula, en la oficina, en
los pasillos de palacios
gubernamentales, en los lobbies de los
cines Alcalá, Mitla, Reforma, Oaxaca,
Río y Cinelandia, o también en las
mesitas de las cafeterías o bares del
centro de la ciudad.
A las personas que caían en alguna
momentánea caracterización de
cualesquiera de los personajes de estos
mexicanísimos “comics”, inmediatamente
los bautizamos, ya sea como “doña Eme”,
por lo persignada y libidinosa; o “Calzontzin”,
por filosofar populacheramente de manera
aprovechada y vulgar; o por “el curita”,
por mejor no digo qué; por “don Perpetuo
del Rosal”, título por demás “muy
honroso”, aplicado a cualquier político
de pacotilla, vividor eterno subordinado
al sistema al que Vargas Llosa llamara
“la dictadura perfecta”; y también le
decíamos “Chón Prieto” al estereotipo
del mexicano irresponsable, flojo y
transa, que nunca dejaba pasar de lado
el pulque, la cerveza o el aguardiente,
bebidas espirituosas que le tenían
permanentemente inflamado el estómago;
en fin, la lista sería larga, pero nos
la sabíamos completita y la aplicábamos
al puro pelo.
En medio de todos estos tipos,
prototipos, arquetipos y estereotipos,
Ríus desarrollaba siempre un tema
universal de gran trascendencia cultural
o política; y lo hacía con toda la
intención manifiesta de concientizar a
un pueblo poco dado a la lectura seria,
a la contemplación y al análisis; sobre
todo cuando se trataba de exhibir sus
propios problemas cotidianos, fueran
éstos los más graves o los más simples,
pero al fin y al cabo, problemas que
daban la sensación que al sufrido pueblo
nuestro ya no le importaban y que, por
otro lado, venían siendo aprovechados
ventajosamente desde las más altas
esferas del gobierno, hasta la tierra de
los eternos intereses económicos,
políticos y religiosos. Para Ríus, a
diferencia de “Juan Pueblo”, todas estas
situaciones sociales no se quedaban
marcadas en la incuria, el importa-poquismo
o la pereza natural de la sociedad.
Ríus fue un genio en la caricatura que
supo asesorarse de buenos pensadores y
analistas para acceder fácilmente al
gran grueso de la población, con temas
complicados. Pero aún cuando todo se
señalaba con izquierdosa intención, el
autor nunca perdió de vista que había de
venir prontamente un México más plural,
del cual y para entonces, ya se daban
claros indicios, pues en la lectura de
la sociedad, esta heterogeneidad era
consustancial a su naturaleza y a su
trágica historia.
Mucha gente se politizó más con “Los
Supermachos” y “Los Agachados”, que con
los complicados conceptos de Marx,
Engels, Mao Tse Tung, Trosky o cien mil
teóricos más de la revolución
socialista. Ríus presentó a sus
personajes no solo para criticar lo
establecido, como es el caso del
comerciante “Trouyet”, o de los esbirros
del sistema “Lechuzo” y el pequeño
Hitler “Arsenio” o el avaro español “Don
Fiacro” o el intrigoso “Mr. Gordon”, el
“Bedollo”, lambiscón y genuino
representante de un partido político de
prácticas inenarrables y vergonzantes;
también lo hizo con breves cápsulas de
política y de concientización social,
para adoctrinar; cápsulas que eran
narradas por el profesor “Gumaro” o por
el simpático representante de la raza de
bronce, “Nopaltzin”, de “Los Agachados”,
o reseñadas por el doctor-boticario de
chaleco permanente, o por el mismísimo
“Calzontzin” de los “Supermachos”.
Toda esa politización tuvo sus efectos a
largo plazo. Lo que a finales de los
años sesenta y en los setenta del siglo
XX, fuera un persistente trabajo de
abeja y hormiga en la política, hizo
gran mella en los años noventa de la
misma centuria, cuando se resquebrajaron
las estructuras que tanto atacó Ríus,
secundado por sus “secuaces”. Obviamente
no pretendemos decir que este gran
caricaturista fue factor determinante
para el cambio de mentalidad en México,
pero sin lugar a dudas contribuyó a
ello.
¿Acaso las prácticas políticas exhibidas
e ironizadas por Ríus han cambiado? ¡Yo
pienso que no!. Lo que se caricaturizaba
con Ríus, hoy día no necesita ser
representado cómicamente.
Por eso, cuando observamos los actuales
procesos electorales de pretendidos
objetivos democráticos y cuyos
protagonistas de siempre, aún con
diferentes colores, partidos y sabores,
los convierten en electoreros, llegamos
a la conclusión de que no cambiamos, de
que no queremos cambiar, de que no
podemos cambiar. Estamos como hace
cuarenta años y más, en el fácil
caminito de la grillezca
descalificación, del engaño, de la
cínica mentira y de la eterna promesa
incumplida; estamos en el vacío casi
absoluto de la solvencia moral, de la
dignidad institucional y de la probidad.
Bueno, pero regresando a Ríus… TODO
PARECIDO CON LA REALIDAD, ES MERA
COINCIDENCIA. O Usted…¿Qué opina? |