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SANTA
MARIA TINDU, Tesoatlán, Huaj.,Oax., El
culto a la cruz, establecido por los
pueblos indígenas muchos siglos antes de
la introducción del cristianismo, ha
representado, por esta misma razón un
verdadero enigma para los religiosos así
como a historiadores, mismos que a
ciencia cierta no han podido hallar una
explicación satisfactoria sobre el
origen de su culto. Tal es el caso de la
Cruz de Tindú, cuya tradición es casi
totalmente desconocida.
El suceso se remonta allá a los primeros
años de la Colonia. Cuenta la tradición
que los viandantes que ocasionalmente
transitaban por aquellos parajes, o los
arrieros que habitualmente recorrían
aquella ruta, paso obligado de
comunicación entre Huajuapan y la villa
de Tlaxiaco, conforme iban aproximándose
a Tindú, comenzaban a percibir las
manifestaciones de un fenómeno extraño y
singular que, al parecer, tenía su
origen en el interior de una gran
caverna que abría su oscura boca un poco
más allá de la orilla del camino, en
medio de un gran lienzo de roca viva,
azuladas y duras, casi cortadas a plomo.
Tal fenómeno, empero, si inspiraba temor
por no conocerse la causa de su
procedencia, no lo llegaba a infundir,
en cambio, por sus manifestaciones,
puesto que estas eran de carácter
agradable, expuestas a través de los
melodiosos acordes de una música
apacible y dulce, que, escapando del
interior de la caverna, resonaba
extrañamente en la soledad de aquellos
desérticos parajes, abrumadoramente
inhóspitos, unida al concierto no menos
armonioso de infinidad de pájaros que
moraban en los contornos.
Era una música cuyo carácter resultaba
imposible definir, pero llena toda ella
de dulcísimos acentos, y de delicados
arpegios arrancados al cordaje de
sonoros y desconocidos instrumentos que
vibraban a veces con delicada resonancia
de una arpa eólica, pero ningún
viandante, arriero ó peregrino, osaba
traspasar la linde del camino para
averiguar el origen de aquel concierto
singular, pues considerando que bien
podría tratarse de algún posible
encanto, sustraído al embeleso que les
causaba tan insólita y extraordinaria
sinfonía, procuraban alejarse
precipitadamente de aquellos parajes.
Tal era pues, el singular fenómeno que
percibían frecuentemente los viandantes
en las proximidades de este núcleo
poblacional de Santa María Tindú. Y
como, desde luego, comentarios iban y
comentarios venían sobre tan insólito
suceso, lo que sucedía por aquellos
parajes, tuvo que llegar forzosamente a
conocimiento de las autoridades de
Huajuapan y éstas decidieron intervenir
para poner en claro las causas y origen
del fenómeno en cuestión.
Pero, desde luego, si en aquel asunto
una cosa eran el decir, y la intención
otra, en cambio, muy otra la ejecución
de aquel decir.
Cuando las autoridades quisieron poner
en práctica su propósito, se encontraron
con el tropiezo de que en varias leguas
a la redonda no se hallase ningún
espontáneo que estuviera en disposición
de penetrar a la caverna, habida cuenta
del terror que inspiraba la creencia en
el encanto y las acechanzas que según se
suponía esperaban a todo aquel mortal
que osara poner un pie en el interior de
la gruta, y aun cuando tales
aprehensiones eran más bien producto de
la imaginación, la influencia que
ejercían en los ánimos cobraba forma
decisiva e iban adquiriendo un carácter
más terrible mientras más se especulaba
sobre su índole y naturaleza.
De manera que aquel misterio de la gruta
hubiera llegado a quedar sin solución de
no habérsele ocurrido a alguien la idea
de utilizar para el caso que nos ocupa,
a un reo rematado, sentenciado a entrar
de un momento a otro en contacto con el
verdugo.
Este reo era un tal Pedreño, responsable
de una serie de fechorías, a cual más
gordas, de las que no eran las mas
leves, los asaltos en despoblado; cuando
se le propuso hacerle gracia de la vida
en caso de que llegase a sobrevivir,
después de penetrar a la caverna, para
inquirir qué era lo que había en su
interior, aceptó sin titubeos; puesto,
que, de todas manera estaba sentenciado
a morir, y lo mismo le daba morir a
manos del verdugo que a manos del
mismísimo demonio.
Concertado, pues, este acuerdo con
Pedreño y obtenida la ratificación del
mismo por parte del Tribunal que había
dictado sentencia contra el reo, quedó
fijada la fecha en que se llevaría a
cabo la incursión en la gruta. Llegada
esta comenzaron a congregarse en las
proximidades de Tindú, desde temprana
hora, los moradores de la región, por lo
que cuando a eso de las once de la
mañana, llegaron las autoridades y
alguaciles conduciendo al reo.
Ya una gran multitud se hallaba
aglomerada en el frente y a uno y a otro
lados de la caverna, de manera que si
Pedreño hubiese abrigado el propósito de
escapar, esto hubiera resultado
prácticamente imposible, cercado, como
estaba, por la gente y en todas
direcciones.
Pero al reo, por lo visto, estaba muy
lejos de concebir tales intenciones, y a
seguir de alguna indicación que se le
hizo, se descolgó por medio de
resistente cuerda a la entrada de la
gruta y ante la expectación de todos los
presentes desapareció en su interior,
como si hubiera sido engullido por las
abiertas fauces de aquel antro. Momentos
de profunda tensión siguieron a la
desaparición del reo en el interior de
la caverna cuya boca, ya para entonces,
había enmudecido totalmente, sucediendo
a aquella extraña sinfonía un pesado
silencio que contribuía a aumentar el
grado de tensión provocado por la suerte
que pudiera correr el reo, que, al fin,
tras unos momentos de espera que para
las gentes ahí congregadas tuvieron la
duración de un siglo, reapareció en la
entrada de la gruta, haciendo señas al
Alcalde y a los alguaciles de que se
acercasen.
Todos, disipadas por completo las
aprehensiones de la suerte de Pedreño,
por medio de escalas improvisadas,
descendieron a la entrada de la gruta e
irrumpiendo en su interior encontraron,
clavada en el piso, una cruz de madera
de regular tamaño y frente a ella un
esqueleto arrodillado, en actitud de
adoración ante aquel símbolo,
presumiéndose que posiblemente tal era
la actitud que guardaba aquella persona
cuando le sorprendió la muerte, la cual,
se deducía había ocurrido hacía ya
muchos, pero muchos años, pues no
quedaba como el mas leve vestigio de sus
vestiduras, salvo los desechos de un
grueso cilicio que tenía arrollado a la
cintura y que cayeron hechos polvo en el
instante de tocarlos.
Luego, repuestos de la sorpresa que les
produjo tal descubrimiento, ahí mismo en
el piso de la gruta, dieron piadosa
sepultura a los restos del desconocido
cruzado y ordenados en procesión solemne
sacaron a la cruz no sin gran trabajo,
de aquel su santuario natural para
exponerla a la veneración de los fieles
en el lugar debido.
Fue aquí donde se produjo cierto
incidente que estuvo a punto de generar
en una verdadera tremolina, pues cuando
se trató de llevar la cruz al templo de
Tindú, se opusieron a ello las gentes de
Tonalá, alegando estar en su
jurisdicción el emplazamiento de la
gruta, cosa que también sostenían los de
Tindú; de manera que divididos tales
opiniones todos los ahí presentes
estuvieron a punto de llegar en tremenda
trifulcada, si el Alcalde de Huajuapan,
no hubiese intervenido oportunamente
para calmar los ánimos de entre las
partes, y propuso un medio para saldar
la cuestión, el cual fue aceptado por
las partes en disputa y que consistía en
cargar con la cruz al lomo de un jumento
que casualmente andaba pastando por ahí,
dejando en libertad al animal para que
condujese la cruz a donde quisiese.
Conformes los naturales y una vez
cargado el jumento, éste hecho a andar,
con la cruz a cuestas; anduvo, anduvo y
anduvo hasta detenerse finalmente frente
al templo de Tonalá, en donde la cruz
fue depositada quedando al cuidado de
Pedreño, quien, vuelto al buen camino y
sinceramente arrepentido de sus
lamentables desvíos, pidió como favor
especial que le fuese concedida la
gracia de cuidar del santo madero y
atender a las exigencias de su culto
hasta el final de su existencia.
Solamente los vecinos de Tindú, a lo que
al parecer, no quedaron del todo
satisfechos, con el desenlace de aquel
asunto en el que suponían que, hubo gato
encerrado, pues siempre abrigaron la
sospecha de que, a lo mejor, el jumento
era propiedad del Alcalde.
Así reza esta noble leyenda tradicional
respecto al origen del madero que ahora
se venera cada tres de mayo en el
poblado de Tonalá; que tal vez, hubiese
sido mejor atendido o venerado en un
tercer poblado en discordia, que el
histórico jumento, decidiese abordar con
tan preciada reliquia.
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