Ejemplar Número: 36

Oaxaca de Juárez, Oax.

 Septiembre 2006

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              La Cruz de Tindú  (Leyendas y tradiciones)

Vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada- (Giovani Boccaccio)

SANTA MARIA TINDU, Tesoatlán, Huaj.,Oax., El culto a la cruz, establecido por los pueblos indígenas muchos siglos antes de la introducción del cristianismo, ha representado, por esta misma razón un verdadero enigma para los religiosos así como a historiadores, mismos que a ciencia cierta no han podido hallar una explicación satisfactoria sobre el origen de su culto. Tal es el caso de la Cruz de Tindú, cuya tradición es casi totalmente desconocida.


El suceso se remonta allá a los primeros años de la Colonia. Cuenta la tradición que los viandantes que ocasionalmente transitaban por aquellos parajes, o los arrieros que habitualmente recorrían aquella ruta, paso obligado de comunicación entre Huajuapan y la villa de Tlaxiaco, conforme iban aproximándose a Tindú, comenzaban a percibir las manifestaciones de un fenómeno extraño y singular que, al parecer, tenía su origen en el interior de una gran caverna que abría su oscura boca un poco más allá de la orilla del camino, en medio de un gran lienzo de roca viva, azuladas y duras, casi cortadas a plomo.


Tal fenómeno, empero, si inspiraba temor por no conocerse la causa de su procedencia, no lo llegaba a infundir, en cambio, por sus manifestaciones, puesto que estas eran de carácter agradable, expuestas a través de los melodiosos acordes de una música apacible y dulce, que, escapando del interior de la caverna, resonaba extrañamente en la soledad de aquellos desérticos parajes, abrumadoramente inhóspitos, unida al concierto no menos armonioso de infinidad de pájaros que moraban en los contornos.
Era una música cuyo carácter resultaba imposible definir, pero llena toda ella de dulcísimos acentos, y de delicados arpegios arrancados al cordaje de sonoros y desconocidos instrumentos que vibraban a veces con delicada resonancia de una arpa eólica, pero ningún viandante, arriero ó peregrino, osaba traspasar la linde del camino para averiguar el origen de aquel concierto singular, pues considerando que bien podría tratarse de algún posible encanto, sustraído al embeleso que les causaba tan insólita y extraordinaria sinfonía, procuraban alejarse precipitadamente de aquellos parajes.


Tal era pues, el singular fenómeno que percibían frecuentemente los viandantes en las proximidades de este núcleo poblacional de Santa María Tindú. Y como, desde luego, comentarios iban y comentarios venían sobre tan insólito suceso, lo que sucedía por aquellos parajes, tuvo que llegar forzosamente a conocimiento de las autoridades de Huajuapan y éstas decidieron intervenir para poner en claro las causas y origen del fenómeno en cuestión.
Pero, desde luego, si en aquel asunto una cosa eran el decir, y la intención otra, en cambio, muy otra la ejecución de aquel decir.


Cuando las autoridades quisieron poner en práctica su propósito, se encontraron con el tropiezo de que en varias leguas a la redonda no se hallase ningún espontáneo que estuviera en disposición de penetrar a la caverna, habida cuenta del terror que inspiraba la creencia en el encanto y las acechanzas que según se suponía esperaban a todo aquel mortal que osara poner un pie en el interior de la gruta, y aun cuando tales aprehensiones eran más bien producto de la imaginación, la influencia que ejercían en los ánimos cobraba forma decisiva e iban adquiriendo un carácter más terrible mientras más se especulaba sobre su índole y naturaleza.
De manera que aquel misterio de la gruta hubiera llegado a quedar sin solución de no habérsele ocurrido a alguien la idea de utilizar para el caso que nos ocupa, a un reo rematado, sentenciado a entrar de un momento a otro en contacto con el verdugo.


Este reo era un tal Pedreño, responsable de una serie de fechorías, a cual más gordas, de las que no eran las mas leves, los asaltos en despoblado; cuando se le propuso hacerle gracia de la vida en caso de que llegase a sobrevivir, después de penetrar a la caverna, para inquirir qué era lo que había en su interior, aceptó sin titubeos; puesto, que, de todas manera estaba sentenciado a morir, y lo mismo le daba morir a manos del verdugo que a manos del mismísimo demonio.
Concertado, pues, este acuerdo con Pedreño y obtenida la ratificación del mismo por parte del Tribunal que había dictado sentencia contra el reo, quedó fijada la fecha en que se llevaría a cabo la incursión en la gruta. Llegada esta comenzaron a congregarse en las proximidades de Tindú, desde temprana hora, los moradores de la región, por lo que cuando a eso de las once de la mañana, llegaron las autoridades y alguaciles conduciendo al reo.


Ya una gran multitud se hallaba aglomerada en el frente y a uno y a otro lados de la caverna, de manera que si Pedreño hubiese abrigado el propósito de escapar, esto hubiera resultado prácticamente imposible, cercado, como estaba, por la gente y en todas direcciones.
Pero al reo, por lo visto, estaba muy lejos de concebir tales intenciones, y a seguir de alguna indicación que se le hizo, se descolgó por medio de resistente cuerda a la entrada de la gruta y ante la expectación de todos los presentes desapareció en su interior, como si hubiera sido engullido por las abiertas fauces de aquel antro. Momentos de profunda tensión siguieron a la desaparición del reo en el interior de la caverna cuya boca, ya para entonces, había enmudecido totalmente, sucediendo a aquella extraña sinfonía un pesado silencio que contribuía a aumentar el grado de tensión provocado por la suerte que pudiera correr el reo, que, al fin, tras unos momentos de espera que para las gentes ahí congregadas tuvieron la duración de un siglo, reapareció en la entrada de la gruta, haciendo señas al Alcalde y a los alguaciles de que se acercasen.
Todos, disipadas por completo las aprehensiones de la suerte de Pedreño, por medio de escalas improvisadas, descendieron a la entrada de la gruta e irrumpiendo en su interior encontraron, clavada en el piso, una cruz de madera de regular tamaño y frente a ella un esqueleto arrodillado, en actitud de adoración ante aquel símbolo, presumiéndose que posiblemente tal era la actitud que guardaba aquella persona cuando le sorprendió la muerte, la cual, se deducía había ocurrido hacía ya muchos, pero muchos años, pues no quedaba como el mas leve vestigio de sus vestiduras, salvo los desechos de un grueso cilicio que tenía arrollado a la cintura y que cayeron hechos polvo en el instante de tocarlos.


Luego, repuestos de la sorpresa que les produjo tal descubrimiento, ahí mismo en el piso de la gruta, dieron piadosa sepultura a los restos del desconocido cruzado y ordenados en procesión solemne sacaron a la cruz no sin gran trabajo, de aquel su santuario natural para exponerla a la veneración de los fieles en el lugar debido.
Fue aquí donde se produjo cierto incidente que estuvo a punto de generar en una verdadera tremolina, pues cuando se trató de llevar la cruz al templo de Tindú, se opusieron a ello las gentes de Tonalá, alegando estar en su jurisdicción el emplazamiento de la gruta, cosa que también sostenían los de Tindú; de manera que divididos tales opiniones todos los ahí presentes estuvieron a punto de llegar en tremenda trifulcada, si el Alcalde de Huajuapan, no hubiese intervenido oportunamente para calmar los ánimos de entre las partes, y propuso un medio para saldar la cuestión, el cual fue aceptado por las partes en disputa y que consistía en cargar con la cruz al lomo de un jumento que casualmente andaba pastando por ahí, dejando en libertad al animal para que condujese la cruz a donde quisiese.


Conformes los naturales y una vez cargado el jumento, éste hecho a andar, con la cruz a cuestas; anduvo, anduvo y anduvo hasta detenerse finalmente frente al templo de Tonalá, en donde la cruz fue depositada quedando al cuidado de Pedreño, quien, vuelto al buen camino y sinceramente arrepentido de sus lamentables desvíos, pidió como favor especial que le fuese concedida la gracia de cuidar del santo madero y atender a las exigencias de su culto hasta el final de su existencia.
Solamente los vecinos de Tindú, a lo que al parecer, no quedaron del todo satisfechos, con el desenlace de aquel asunto en el que suponían que, hubo gato encerrado, pues siempre abrigaron la sospecha de que, a lo mejor, el jumento era propiedad del Alcalde.


Así reza esta noble leyenda tradicional respecto al origen del madero que ahora se venera cada tres de mayo en el poblado de Tonalá; que tal vez, hubiese sido mejor atendido o venerado en un tercer poblado en discordia, que el histórico jumento, decidiese abordar con tan preciada reliquia.
 

Esta Revista circula en Agencias de Viajes del D.F., Guadalajara, Monterrey y Puebla.