Ejemplar Número: 37

Oaxaca de Juárez, Oax.

 Octubre 2006

Bienvenidos a Oaxaca Profundo

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               Cuentos del Marquesado

La libertad no es posible más que en aquellos países en que el derecho predomina sobre las pasiones. Fray Enrique Domingo

Al hablar del Marquesado, en dos cuentos cortos, lo hago con optimismo, con la esperanza y con el deseo sincero de que, de las cenizas de las barricadas, surja el líder que necesitamos para levantarnos, para corregir los errores cometidos; el Ex Marquesado es el corazón de todos los oaxaqueños. El tercer cuento —de los que pongo a su consideración y para los que pido su benevolencia— corresponde a la serie de cuentos de la Escuela de Comercio.


Duelo al sol
Puedo ver a un maquinista, que en ese entonces, a mí me parecía que media como cuatro metros, era un señor moreno, robusto, con pantalón de mezclilla, de peto; chamarra larga, también de mezclilla; paliacate rojo en el cuello; gorra de mezclilla, de ferrocarrilero, con rayas azules y blancas y la inseparable lonchera en la mano derecha, como si le quedara chica. Al caminar se balanceaba de un lado a otro, como péndulo y me daba la impresión que cuando reía debía retumbar. Una vez lo vi en un camión de servicio urbano —de pasajeros— y sin querer oí que le contaba a otro pasajero de un duelo que había tenido; me imagino hasta la fecha que debió haber sido como los duelos del viejo oeste, a determinada distancia, de frente y con pistola. Contaba el maquinista: él disparo dos veces y yo dispare una.


Los toques
Los toques son un secreto que voy a revelar hasta hoy. Tenía cinco años y cursaba el primer año de Primaria a la que iba por la mañana y por la tarde. Para ir a los toques nos brincábamos la barda que cerraba un callejón que separaba la vía y el Jardín Madero. La barda era de adobe rematada con un chaflán en pirámide; tenía de alto como dos metros y para escalarla había hoyos de donde te agarrabas y apoyabas los pies.
Para escalarla era necesario sacarse los zapatos. Primero botábamos los zapatos al otro lado y luego escalábamos la barda.
Eran toques eléctricos; imagínate; no sé; nunca supe quién los descubrió; a mí me invitaron a ir una tarde saliendo de la escuela; una sola vez fui a los toques y puedo jurar que fue una sola vez.
Era emocionante ir a los toques; antes de empezar a escalar la barda sentías las gotas de un sudor frío que bajaban por tu espalda; te faltaba saliva; te daban ganas de orinar y el corazón parecía que se te iba a salir; podías oír como latía: tum, tum, tum.


Terminando el andén rumbo a las bodegas de carga y del Exprés había dos postes separados como dos metros y medio. En la primera vez que fuimos, nuestro guía en esta aventura desconocida, se paró en medio de los postes y nos pidió que hiciéramos una cadena tomándonos de las manos para unir los dos postes; al conectarnos empezaba a pasar la corriente por nuestro cuerpo.


La última vez que fui a los toques perdí un zapato, lo buscamos entre todos y no lo encontramos por ningún lado y como se hacía tarde, me fui a la casa. Mi problema era cómo llegar sin un zapato; para no llamar la atención me quite el otro y lo guardé en el peto de mi pantalón. Cuando entré a la casa lo primero que me preguntó mi mamá fue: ¡Dónde están los zapatos? Es que… se me perdió uno. ¡Cómo que se te perdió! Si, se me perdió y no sé dónde. Pues ahorita lo vas a buscar y me lo traes. Salí corriendo derechito a la estación y al acercarme al lugar en el que lo había perdido; desde lejos, lo primero que vi fue mi zapato. Allí estaba, solito, esperándome; como si nunca se hubiera escondido. Había una pila de rieles con espacio entre riel y riel y exactamente debajo de uno de ellos estaba el zapato, me agaché a recogerlo y cuando me enderece mi madre estaba detrás de mí. Con la recomendación pronta y expedita que recibí, con una vara de granado, con la que me vinieron guiando desde la estación hasta la casa; fue la última vez que fui a los toques. Por cierto, hasta la fecha mi madre no sabe lo de los toques, vio dónde perdí el zapato, pero nunca supo que hacía yo en ese lugar, si no, quién sabe si estaría aquí, el día de hoy.


Demostradito: ¡Es fácil! ¿Verdad mi hermano?
El plan de estudios era anual; los exámenes individuales, orales y prácticos, especialmente, versaban sobre todo lo que se había visto en el año —bien visto— es decir: todo el libro de texto; todo contenido en un índice que llamábamos temario.


Exponías ante un jurado —compuesto por un presidente, un secretario y un sinodal—; tres temas sacados al azar de una copa de madera que contenía bombochas, también de madera, numeradas cada una con un tema; te llamaban al examen sonando una campanita metálica, mencionaban tu nombre, te persignabas en la puerta y entrabas.


Los exámenes eran en el mes de noviembre, pasando los muertos, y te daban vacaciones un mes antes para prepararlos; en el día buscabas lugares tranquilos y sin ruido y en las noches lugares públicos bien iluminados para estudiar; a este periodo lo llamábamos “las preparadas”.
Ya en exámenes, si había dos grupos, como era el caso de Álgebra, el maestro del “a” reprobaba, generalmente, a todos los alumnos del “b” y en reciprocidad este reprobaba a todos los del “a”; así es que, para pasar, había dos posibilidades: o eras un estudiante brillante o de plano tenías mucha suerte para sacar los únicos temas que habías estudiado.


El examen ordinario de Álgebra con Demostradito, mi maestro, estaba programado para las cinco de la tarde; las cinco de la tarde en punto, del viernes 3 de noviembre de 1961, en el salón A de matemáticas (en el 2º. Patio, planta baja, Aula Castilán, en el Edificio Central de la UABJO) el jurado lo formaba el Lic. Miguel Jiménez Garay, presidente, Ing. Eugenio Sotomayor, mi maestro, sinodal y el estudiante de leyes Moisés González Pacheco, secretario. Se instaló el jurado y empezaron a examinar, eran las cinco de la tarde; las cinco de la tarde en punto; realmente empezaron a llamar lista porque del grupo A nadie se presentó; iniciaron con mi grupo; por el apellido era el 3º. de la lista, los dos primeros no se presentaron, así que, fui el primero de la tarde; cuando sonó la campanita y me llamaron entré con mucha valentía; un sudor frío me bajaba por la espalda y haciendo un esfuerzo para que no me castañearan los dientes saludé y saqué mis fichas, me tocaron la 43, 47 y 51; eran los últimos temas; inecuaciones de segundo grado, cologaritmos y trinomio de segundo grado, su variación y representación, nada más; cuando los vi supe que no tenía ninguna posibilidad; el Lic. Garay me dijo que pasara al pizarrón; con intrepidez me levanté rápido y con firmeza anoté los datos que me dictó; en el momento en que debía empezar a resolverlo, entró una secretaria que le dijo al Lic. Garay que tenía una llamada; salió a contestar —el teléfono estaba en el primer patio en la Secretaría General—, yo estaba sembrado frente al pizarrón sin saber qué hacer; al sentir mi angustia, mi maestro se levantó; con la mano izquierda cruzada sobre la cintura, ligeramente encorvado hacia adelante y con la derecha en la barbilla en actitud meditativa y mirando por encima de sus anteojos se acercó al pizarrón; dio dos pasos atrás enderezándose para ver mejor, tomó un gis y empezó a resolverlo ¡él solito! se detenía y por momentos se alejaba para examinar lo que estaba haciendo y continuaba; yo era un espectador que no tenía ni idea de que se trataba; hizo la comprobación y ¡por fin! terminó, retrocedió dos pasos y señalando con el índice tembloroso me dijo: ¡ahí está! ¿Lo ves? ¡Es fácil! ¿Verdad mi hermano? En ese momento entró el Lic. Garay, se detuvo para revisar la resolución y comprobación y me dijo ¡muy bien! puedes salir. En los exámenes ordinarios de Álgebra de ese año, de los dos grupos, fui el único que aprobó; es fácil, ¿verdad? (castilan1o@yahoo.com )

Esta Revista circula en Agencias de Viajes del D.F., Guadalajara, Monterrey y Puebla.