|
Al hablar
del Marquesado, en dos cuentos cortos,
lo hago con optimismo, con la esperanza
y con el deseo sincero de que, de las
cenizas de las barricadas, surja el
líder que necesitamos para levantarnos,
para corregir los errores cometidos; el
Ex Marquesado es el corazón de todos los
oaxaqueños. El tercer cuento —de los que
pongo a su consideración y para los que
pido su benevolencia— corresponde a la
serie de cuentos de la Escuela de
Comercio.
Duelo al sol
Puedo ver a un maquinista, que en ese
entonces, a mí me parecía que media como
cuatro metros, era un señor moreno,
robusto, con pantalón de mezclilla, de
peto; chamarra larga, también de
mezclilla; paliacate rojo en el cuello;
gorra de mezclilla, de ferrocarrilero,
con rayas azules y blancas y la
inseparable lonchera en la mano derecha,
como si le quedara chica. Al caminar se
balanceaba de un lado a otro, como
péndulo y me daba la impresión que
cuando reía debía retumbar. Una vez lo
vi en un camión de servicio urbano —de
pasajeros— y sin querer oí que le
contaba a otro pasajero de un duelo que
había tenido; me imagino hasta la fecha
que debió haber sido como los duelos del
viejo oeste, a determinada distancia, de
frente y con pistola. Contaba el
maquinista: él disparo dos veces y yo
dispare una.
Los toques
Los toques son un secreto que voy a
revelar hasta hoy. Tenía cinco años y
cursaba el primer año de Primaria a la
que iba por la mañana y por la tarde.
Para ir a los toques nos brincábamos la
barda que cerraba un callejón que
separaba la vía y el Jardín Madero. La
barda era de adobe rematada con un
chaflán en pirámide; tenía de alto como
dos metros y para escalarla había hoyos
de donde te agarrabas y apoyabas los
pies.
Para escalarla era necesario sacarse los
zapatos. Primero botábamos los zapatos
al otro lado y luego escalábamos la
barda.
Eran toques eléctricos; imagínate; no
sé; nunca supe quién los descubrió; a mí
me invitaron a ir una tarde saliendo de
la escuela; una sola vez fui a los
toques y puedo jurar que fue una sola
vez.
Era emocionante ir a los toques; antes
de empezar a escalar la barda sentías
las gotas de un sudor frío que bajaban
por tu espalda; te faltaba saliva; te
daban ganas de orinar y el corazón
parecía que se te iba a salir; podías
oír como latía: tum, tum, tum.
Terminando el andén rumbo a las bodegas
de carga y del Exprés había dos postes
separados como dos metros y medio. En la
primera vez que fuimos, nuestro guía en
esta aventura desconocida, se paró en
medio de los postes y nos pidió que
hiciéramos una cadena tomándonos de las
manos para unir los dos postes; al
conectarnos empezaba a pasar la
corriente por nuestro cuerpo.
La última vez que fui a los toques perdí
un zapato, lo buscamos entre todos y no
lo encontramos por ningún lado y como se
hacía tarde, me fui a la casa. Mi
problema era cómo llegar sin un zapato;
para no llamar la atención me quite el
otro y lo guardé en el peto de mi
pantalón. Cuando entré a la casa lo
primero que me preguntó mi mamá fue:
¡Dónde están los zapatos? Es que… se me
perdió uno. ¡Cómo que se te perdió! Si,
se me perdió y no sé dónde. Pues ahorita
lo vas a buscar y me lo traes. Salí
corriendo derechito a la estación y al
acercarme al lugar en el que lo había
perdido; desde lejos, lo primero que vi
fue mi zapato. Allí estaba, solito,
esperándome; como si nunca se hubiera
escondido. Había una pila de rieles con
espacio entre riel y riel y exactamente
debajo de uno de ellos estaba el zapato,
me agaché a recogerlo y cuando me
enderece mi madre estaba detrás de mí.
Con la recomendación pronta y expedita
que recibí, con una vara de granado, con
la que me vinieron guiando desde la
estación hasta la casa; fue la última
vez que fui a los toques. Por cierto,
hasta la fecha mi madre no sabe lo de
los toques, vio dónde perdí el zapato,
pero nunca supo que hacía yo en ese
lugar, si no, quién sabe si estaría
aquí, el día de hoy.
Demostradito: ¡Es fácil! ¿Verdad mi
hermano?
El plan de estudios era anual; los
exámenes individuales, orales y
prácticos, especialmente, versaban sobre
todo lo que se había visto en el año
—bien visto— es decir: todo el libro de
texto; todo contenido en un índice que
llamábamos temario.
Exponías ante un jurado —compuesto por
un presidente, un secretario y un
sinodal—; tres temas sacados al azar de
una copa de madera que contenía
bombochas, también de madera, numeradas
cada una con un tema; te llamaban al
examen sonando una campanita metálica,
mencionaban tu nombre, te persignabas en
la puerta y entrabas.
Los exámenes eran en el mes de
noviembre, pasando los muertos, y te
daban vacaciones un mes antes para
prepararlos; en el día buscabas lugares
tranquilos y sin ruido y en las noches
lugares públicos bien iluminados para
estudiar; a este periodo lo llamábamos
“las preparadas”.
Ya en exámenes, si había dos grupos,
como era el caso de Álgebra, el maestro
del “a” reprobaba, generalmente, a todos
los alumnos del “b” y en reciprocidad
este reprobaba a todos los del “a”; así
es que, para pasar, había dos
posibilidades: o eras un estudiante
brillante o de plano tenías mucha suerte
para sacar los únicos temas que habías
estudiado.
El examen ordinario de Álgebra con
Demostradito, mi maestro, estaba
programado para las cinco de la tarde;
las cinco de la tarde en punto, del
viernes 3 de noviembre de 1961, en el
salón A de matemáticas (en el 2º. Patio,
planta baja, Aula Castilán, en el
Edificio Central de la UABJO) el jurado
lo formaba el Lic. Miguel Jiménez Garay,
presidente, Ing. Eugenio Sotomayor, mi
maestro, sinodal y el estudiante de
leyes Moisés González Pacheco,
secretario. Se instaló el jurado y
empezaron a examinar, eran las cinco de
la tarde; las cinco de la tarde en
punto; realmente empezaron a llamar
lista porque del grupo A nadie se
presentó; iniciaron con mi grupo; por el
apellido era el 3º. de la lista, los dos
primeros no se presentaron, así que, fui
el primero de la tarde; cuando sonó la
campanita y me llamaron entré con mucha
valentía; un sudor frío me bajaba por la
espalda y haciendo un esfuerzo para que
no me castañearan los dientes saludé y
saqué mis fichas, me tocaron la 43, 47 y
51; eran los últimos temas; inecuaciones
de segundo grado, cologaritmos y
trinomio de segundo grado, su variación
y representación, nada más; cuando los
vi supe que no tenía ninguna
posibilidad; el Lic. Garay me dijo que
pasara al pizarrón; con intrepidez me
levanté rápido y con firmeza anoté los
datos que me dictó; en el momento en que
debía empezar a resolverlo, entró una
secretaria que le dijo al Lic. Garay que
tenía una llamada; salió a contestar —el
teléfono estaba en el primer patio en la
Secretaría General—, yo estaba sembrado
frente al pizarrón sin saber qué hacer;
al sentir mi angustia, mi maestro se
levantó; con la mano izquierda cruzada
sobre la cintura, ligeramente encorvado
hacia adelante y con la derecha en la
barbilla en actitud meditativa y mirando
por encima de sus anteojos se acercó al
pizarrón; dio dos pasos atrás
enderezándose para ver mejor, tomó un
gis y empezó a resolverlo ¡él solito! se
detenía y por momentos se alejaba para
examinar lo que estaba haciendo y
continuaba; yo era un espectador que no
tenía ni idea de que se trataba; hizo la
comprobación y ¡por fin! terminó,
retrocedió dos pasos y señalando con el
índice tembloroso me dijo: ¡ahí está!
¿Lo ves? ¡Es fácil! ¿Verdad mi hermano?
En ese momento entró el Lic. Garay, se
detuvo para revisar la resolución y
comprobación y me dijo ¡muy bien! puedes
salir. En los exámenes ordinarios de
Álgebra de ese año, de los dos grupos,
fui el único que aprobó; es fácil,
¿verdad?
(castilan1o@yahoo.com ) |