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Siempre nos hemos levantado de las
tragedias
La discordia es un
elemento disolvente que a toda costa
debe sofocarse; ni puede llamarse
gobernante quien no sabe conservar entre
sus manos el buen precioso de la paz:
Don Juan de Cervantes
N. de la R.: En los momentos actuales, repasar la historia es
indispensable para conocer la fortaleza
de este grandioso pueblo. En esta
ocasión hemos escogido parte de la
historia narrada por José Antonio Gay,
en la que se relatan sucesos
interesantes.
Los
jesuitas habían sufrido también grandes
pérdidas a causa de los terremotos. Su
templo había quedado en estado de ruina.
En compensación, las limosnas de los
fieles eran abundantísimas. Además la
providencia parecía querer favorecer su
fortuna: una terrible helada que
destruyó los sembrados, quemando aun la
menuda hierba y el zacatillo de la
orilla de las sementeras, respetó, sin
embargo, los cañaverales de los
jesuitas, que con su crecido rendimiento
pudieron dar cima a la obra de
reparación que emprendieron. Tardaron en
ella, sin embargo, tres años, pues hasta
el de 1607 no pudieron dar por concluido
el templo.
Estos sacerdotes disfrutaban, sin
interrupción, el amor del pueblo y el
favor de las autoridades, esforzándose
cada día más por merecerlo con los
trabajos propios de su instituto.
Sucesivamente fueron rectores personas
tan notables como Bernardino de Acosta,
Francisco de Vera y Juan Sánchez.
Durante la permanencia del último en la
ciudad, en 1611, se celebraron grandes
fiestas con ocasión de haber sido
canonizado San Ignacio de Loyola,
teniendo parte en ellas no sólo el
obispo y las órdenes regulares, sino el
pueblo y el corregidor D. Cristóbal de
Oñate, que tomó a su cargo los gastos
que se hicieron en los públicos
festejos.
Francisco de Vera fue separado de Oaxaca
en 1613, y enviado por sus superiores en
calidad de procurador de su provincia, a
España y Roma. Antes había ido a
Filipinas a la cabeza de una compañía de
misioneros, y después estuvo algún
tiempo en el Colegio de Guadiana.
Finalmente parece que fue a morir a
Oaxaca. Después de una larga y penosa
enfermedad, al advertir que se acercaba
el momento postrero de la vida, fijando
la mirada en un Santo Cristo, exclamó:
“Eternidad”, y expiró el 9 de noviembre
de 1616. El 7 de octubre del año
precedente, 1615, había muerto también
en Oaxaca un virtuoso coadjutor, Juan
Bautista Aldricio.
DON JUAN DE CERVANTES
Entretanto se habían sucedido tres
obispos cuyos hechos referimos
seguidamente. En el año mismo de la
traslación del señor Covarrubias fue
electo para sucederle D. Juan de
Cervantes, entonces arcediano de la
Catedral de México y gobernador de la
Metrópoli.
Era hijo de D. Juan de Cervantes y de
doña Luisa Lara, personas distinguidas y
que pertenecían a los primeros
conquistadores de la Nueva España. El
primero contaba entre sus méritos el de
haber pacificado a su costa las
provincias de Pánuco y Huasteca,
servicio que le fue agradecido por
Carlos V en carta que le dirigió,
prometiendo conservarlo presente en la
memoria para recompensarlo debida y
oportunamente como en efecto lo hizo
nombrándolo capitán general y gobernador
de aquel departamento.
El obispo de Oaxaca nació el 19 de abril
de 1543. Cursó sus primeros estudios en
el Colegio de San Ildefonso, bajo la
dirección del sabio maestro dominico
Pravia. Término su carrera literaria en
la Universidad de Salamanca, en donde,
además, enseño después, con general
aceptación en calidad de catedrático
sustituto.
Graduado allí de doctor, volvió a su
patria, la Nueva España , llevando ya el
nombramiento de tesorero de la Catedral
de Puebla. De aquí paso a la Iglesia
Metropolitana para ocupar primero el
puesto de canónigo lectoral y después la
dignidad de arcediano.
Fue juez ordinario y calificador del
Santo Oficio; obtuvo y sirvió en
propiedad de cátedra de Escritura
Sagrada en la Real Universidad , entre
cuyos retratos de hombres ilustres se
puso el de Cervantes; por ausencia del
Ilmo. D. Pedro Moya de Contreras,
gobernó el arzobispado en los doce años
que corrieron de 1596 a 1608; y en fin,
fue electo en este año obispo de Oaxaca,
no tomando, sin embargo, posesión de su
diócesis sino hasta tres años después,
en 1611.
Los anteriores obispos de Oaxaca habían
sido todos españoles y la mayor parte
regulares; D. Juan de Cervantes, que era
mexicano y pertenecía al clero secular,
no por eso desdijo de la sabiduría y
santidad de su predecesores. Su gobierno
fue suave y ordenado: fermentaban ya en
Oaxaca gérmenes varios de discordia;
pero el obispo tuvo tacto para dejar que
se desarrollasen solamente los elementos
vivificadores de la sociedad religiosa.
La discordia es un elemento disolvente
que a toda costa debe sofocarse; ni
puede llamarse gobernante quien no sabe
conservar entre sus manos el buen
precioso de la paz. El clero secular y
las Ordenes regulares eran entonces el
nervio de la sociedad: el señor
Cervantes dejó que a su sombra
desplegaran su actividad, sin desacuerdo
y sin estrépito. Veremos más adelante
que no todos fueron igualmente prácticos
en el gobierno.
A los jesuitas había dado en México
muestras de adhesión, que continuó en
Oaxaca, esmerándose a porfía en
honrarlos como lo habían hecho sus
predecesores. Se sabe que personalmente
era infatigable en el púlpito.
Además, en Oaxaca se manifestó
extraordinariamente limosnero,
repartiendo gruesos caudales para
socorrer las necesidades públicas y
privadas: con razón; pues si la
misericordia y la liberalidad son en
todos virtudes plausibles, ellas solas
no bastan a un obispo, que necesita
llevar sus limosnas hasta la
munificencia, so pena de pasar por
despreciable avaro a los ojos de sus
súbditos. Entre los cuantiosos
desembolsos que hizo, debe contarse en
primer lugar el que tuvo por objeto el
culto de la Cruz de Huatulco. |