|
Resulta
significativo que los primeros
astronautas, mientras eran preparados
para sus vuelos a la luna, debieron dar
veinte respuestas a la pregunta: «¿Quién
es usted?»
Y es que el asunto de la identidad es un
intrincado problema aun para los
adultos. ¿Cuánto más no lo será entre
los jóvenes? Desde que nos asomamos al
mundo de los grandes hemos tratado de
resolver este asunto. Y la primera cosa
a la cual echamos mano es a buscar
héroes a los cuales imitar.
Desconcertados ante la incógnita de
nuestro propio yo, procuramos cubrirnos
con trocitos arrancados de otras
personalidades que nos resultan
atractivas. Es como armar un puzzle con
piezas de puzzles diferentes.
Por supuesto, es bastante difícil que
resulte de ello algo coherente. Es así
cómo muchas personas, siendo aún
mayores, nunca han logrado armar una
personalidad real. Es como si viviesen
con rasgos, ideas y propósitos
prestados, y, a veces, incoherentes.
Amado joven creyente: ¿Quién eres tú,
realmente?. Un hombre de Dios ha dicho:
«Tú eres tres personas: Aquella que
crees ser; aquella que otros piensan que
eres; y aquella que Dios sabe que eres y
que podrás ser por medio de Cristo».
LO QUE CREES SER
Lo más probable es que la imagen que
tienes de ti mismo sea huidiza y
cambiante. Ni tú mismo sabes qué y cómo
eres. Y, además, no estás conforme con
ella. Puede ser que en un momento estés
relativamente conforme contigo, y luego,
caes en el desánimo por largo tiempo.
El no estar conforme contigo mismo puede
llevarte a momentos de gran depresión.
Crees no estar a la altura de lo que
esperan de ti, sientes que no eres digno
de ser amado, y de hecho crees que no lo
eres. Vienen argumentos a tu corazón que
dicen que todo cuanto hagas será inútil,
que no habrá una nueva oportunidad para
ti, que tu problema no tiene solución.
Oh, ¿quién podrá ayudarte?
LO QUE OTROS PIENSAN QUE ERES
Muy pronto te das cuenta que hay una
disociación entre lo que crees ser y lo
que otros piensan que eres. Así, surge
la necesidad de ajustar ambas imágenes,
cediendo del ser al parecer ser, o bien,
buscando imponer a los demás claramente
lo que crees ser.
A veces la imagen que proyectas te sirve
de escudo, cuando de verdad sabes que no
eres ni tan fuerte, ni tan inteligente,
ni tan noble. Pero a veces ocurre lo
contrario, la imagen que proyectas va en
desmedro de lo que crees ser realmente.
Y entonces luchas por mostrar quién
realmente eres o crees ser. Sientes, o
bien, que eres conceptuado muy
positivamente o, al revés, que eres
objeto de una tremenda injusticia.
También te darás cuenta de que esa
imagen que proyectas está grandemente
determinada por tu cuerpo, a veces muy a
tu pesar. Como que te dan ganas de que
haber tenido otro cuerpo, más afín a
como tú crees que eres. Y tratas de
introducir en tu cuerpo las
modificaciones (aunque sea
disfrazándolo) necesarias para alcanzar
tu objeto.
LO QUE DIOS SABE QUE ERES Y QUE
PODRÁS SER POR MEDIO DE CRISTO
Ante Dios y para Dios eres realmente lo
que eres. No caben aquí falsificaciones
ni hipocresías, no hay imágenes
impostadas. Nada aquí es aparente; todo
es real.
¿Y qué eres para Dios? Como ya has sido
alcanzado por la luz de Dios, sabes
perfectamente quién eres, porque Dios te
lo ha mostrado por su Palabra. Tú eres
un pecador, ni mejor ni peor que todos
los hombres. Eres hijo de Adán, y como
tal, estás destinado a la condenación.
No hay mérito en ti; eres un pecador
perdido. ¿Quién podrá salvarte? Tú sabes
que en ti no mora el bien, que todo tu
ser está inclinado al pecado. ¡Oh, qué
oscuro panorama, qué desoladora
realidad!
Pero eso no es todo. Dios sabe que tú
has recibido a Jesucristo en el corazón.
Que, reconociendo tu irreparable
pecaminosidad, te has acogido a la
gracia de Dios en Cristo Jesús.
Entonces, ahora, la justicia de
Jesucristo viene a ser tuya por la fe. Y
Dios ya no te ve en ti mismo, bajo
condenación eterna, sino en la bendita
posición de hijo de Dios, salvo para
siempre.
Así que, en ti hay una doble realidad.
Hay algo que todavía conservas de tu
antigua estirpe: tu alma con
inclinaciones al mal, y tu cuerpo de
humillación, que muestra las flaquezas
de la destitución anterior.
Pero también llevas mucho de la nueva
creación: Un nuevo corazón, un espíritu
nuevo dentro de ti, y el mismo Espíritu
de Dios, que habita en él. De manera que
eres, por un lado, un vaso de barro,
frágil; pero, por otro, eres un
magnífico tesoro dentro de ese vaso.
Esto es lo que eres hoy para Dios. Sin
embargo, hay algo más. Hay algo que tú
puedes llegar a ser por medio de Cristo.
¿Qué es? Dios desea que tú llegues a ser
en todo semejante al Señor Jesús. ¡Qué
tremendo objetivo! Para lograrlo, Dios
te trata como un Padre trata a sus
hijos, es decir, amándote y sometiéndote
a su disciplina, para que participes de
su santidad.
En tanto, el Espíritu Santo hace un
doble trabajo en ti. Por un lado, está
restando cosas de ti y, por otro, está
agregando la vida y el carácter de
Cristo. ¿Cómo lo hace? Él dispone todas
las circunstancias de tu vida para que,
por medio de ellas -especialmente por
medio de tus sufrimientos- este bendito
carácter de Cristo se vaya plasmando en
ti. De modo que, en algún tiempo más,
seas más y más Cristo y menos Adán.
¿No es maravilloso? Lo que eres para
Dios es ¡un pecador salvado y
regenerado! Lo que puedes llegar a ser
es ¡nada menos que semejante a Cristo!
Después de conocer estas cosas, creo que
nunca más caerás en el hoyo de la
depresión, ni te verás jamás
desamparado. Dios te ama, y te lo
demuestra claramente cada día.»
|