|
La
imagen de la Virgen María de la Purísima
Concepción llamada de Juquila, estuvo al
cuidado de un joven de origen chatino
quien acompañó por muchos lugares de la
sierra a Fray Jordán de Santa Catalina,
en su propósito de lograr la
evangelización de esos pueblos. Cuando
este joven consideró que ya no le era
posible seguir al santo varón así se lo
hizo saber y aquél en agradecimiento le
obsequió la pequeña pero hermosísima
imagen de la virgen, pidiéndole
solamente que por siempre la venerara.
El joven chatino volvió a su pueblo
Amialtepec –comunidad cercana a Juquila-,
con el sagrado cargamento, pero pronto
entre los vecinos se corrió la voz de la
presencia de la virgen y de lo milagrosa
que era, por lo que el pueblo le pidió
la entregara al templo del lugar y
aunque él se resistió al principio no
pudo conservarla en su humilde posada.
No pasó mucho tiempo cuando un voraz
incendio abrazó la comunidad incinerando
casas y el pequeño templo de la
comunidad, todos salieron despavoridos a
las montañas cercanas y desde allí
vieron cómo el fuego todo consumía a su
paso y cuando cesó tristes y acongojados
volvieron a su pueblo, no había nada,
sólo cenizas, grande fue el dolor al ver
lo que quedaba del templo para luego
embargarse de admiración y sorpresa al
ver entre los escombros incólume la
pequeñita y bella imagen de la virgen,
con su vestido intacto y negro su
rostro, así como es ella.
Los
lugareños decidieron conservarla en un
humilde jacal levantado en el lugar de
donde había salido. Pasaron los años,
hasta que el obispo de Antequera Ángel
Maldonado, el 30 de junio de 1716, firmó
el decreto por el cual, a partir de esa
fecha, el santuario de la Virgen sería
Santa Catalina, Juquila, a donde fue
traslada, y desde entonces se le venera
con gran devoción.
Hasta hace algunos años los que deseaban
visitarla tenían que caminar desde la
ciudad de Oaxaca, pero al construirse la
carretera empezaron a llegar vehículos
automotores a Sola de Vega y de allí se
hacían tres días a pie hasta su
santuario; se caminaba del alba al
anochecer, alumbrándose con hachones,
lámparas de mano, velas o veladoras,
cuando era necesario por la oscuridad.
Se escuchaban desde lo lejos los
cánticos y rezos; las voces de miles de
personas y el respirar forzado de cada
uno de ellos, los gritos y lloriqueos de
algún chiquitín que se había perdido,
cansado o no quería caminar; el ruido de
la hojarasca por la escapada temerosa de
lagartijas, roedores, o reptiles, que
huían de la presencia de seres extraños
para ellos. Pero nada importaba, la fe
hacía que todos soportaran estoicamente
las inclemencias del tiempo o los
obstáculos. El primer lugar al que se
llegaba después de Sola de Vega era al
“Trapiche de Lazo”, luego a los Sabinos,
en donde concluía la primera jornada.
Al
amanecer del día siguiente se oían las
pisadas silenciosas y de un lado a otro
de los que levantaban su campamento;
unos cargaban a los burros, mulas o
caballos con el equipaje; otros lo
colocaban sobre su espalda y se
reanudaba la travesía; se pasaba el Río
de las Vueltas, para luego disfrutar de
las aguas cristalinas del río de
Juchatengo, en donde antes de subir a
Plan de Minas, se tomaba café de jarro,
tortillas y un pedazo de tasajo oreado;
el tramo más pesado por la pendiente y
lo escarpado del terreno era
precisamente de Juchatengo a Plan de
Minas. El terreno era sumamente árido,
no había agua en el trayecto ni con qué
protegerse del sol inclemente de
diciembre; era una prueba para el más
avezado caminante, se salía de
Juchatengo a las nueve o diez de la
mañana a Plan de Minas arribando a las
cinco o seis de la tarde sin deseos ni
de comer, se tendía el petate y a
dormir.
La siguiente jornada se iniciaba a las
tres o cuatro de la mañana, era de lo
más bonito, verde todo, árboles muy
altos, olor a resina, a flores, a
humedad; el frío calaba el cuerpo pero
el gorjeo de las aves era un concierto
extraordinario, inolvidable, pasar por
El Vidrio, el cerro del Cacalote, luego
el de la Virgen, era maravilloso, se
sentía la grandeza de la naturaleza,
para luego arribar al Pedimento, en
donde todos religiosamente daban gracias
a la virgen por haberlos protegido en la
travesía y se hacían pequeñas figuras
que simbolizaban un deseo y se colocaban
al pie de la Cruz llamada del Pedimento.
Se comía y bebía y se emprendía la
última jornada.
Desde la Cruz del Pedimento se divisaban
a lo lejos casas de adobe, techumbre de
tejas rojas o carrizo; el humo que salía
de las viviendas, el canto de los
pájaros, el ladrido de algún perro y una
angosta vereda serpenteando en la ladera
de los cerros: ¡Juquila!, exclamaban
todos llenos de júbilo, próxima estaba
la casa de la Virgen.
La carretera llegó para borrar las
huellas de nuestros pasos, pero jamás el
eco de nuestras voces; las tantas
historias que se cuentan en el camino;
las expresiones de dolor o de admiración
ante lo desconocido y esa extraña
sensación de triunfo, de haber podido
vencer tantas horas de cansancio, de
peligros, solo por una ilusión, un
deseo, una esperanza, ver a la Virgen de
Juquila. ¡Que emoción incomparable!.
Estar
allí, frente al templo; admirar sus
portentosos muros, altos campanarios,
bóvedas que se dibujan sobre el azul del
cielo; entrar por su amplia puerta;
aspirar el néctar deliciosos de las
flores, de los miles de flores que
cubren el altar, bañado con el humo del
incienso, el perfume de la cera quemada,
ver a tantos hombres y mujeres postrados
ante el altar de aquella morena
pequeñita, vestida de blanco y con
minúscula corona, es emoción
inenarrable, único e inolvidable. Son
miles los que van en pos de ella para
contarle sus penas, para que les de
consuelo, para decirle la necesidad que
los seres humanos tenemos de alguien que
nos oiga, que nos escuche, y nos de la
fórmula para encontrar la paz y la
felicidad. Todo eso se dibuja en los
rostros de grandes y chicos, en las
súplicas y lágrimas; en los cantos y en
los rezos silencios. |