Ejemplar Número: 39

Oaxaca de Juárez, Oax.

 Diciembre 2006

Bienvenidos a Oaxaca Profundo

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              Virgen de Juquila y su Santuario

Nosotros recordamos, naturalmente, lo que nos interesa y porque nos interesa: John Dewey

La imagen de la Virgen María de la Purísima Concepción llamada de Juquila, estuvo al cuidado de un joven de origen chatino quien acompañó por muchos lugares de la sierra a Fray Jordán de Santa Catalina, en su propósito de lograr la evangelización de esos pueblos. Cuando este joven consideró que ya no le era posible seguir al santo varón así se lo hizo saber y aquél en agradecimiento le obsequió la pequeña pero hermosísima imagen de la virgen, pidiéndole solamente que por siempre la venerara.


El joven chatino volvió a su pueblo Amialtepec –comunidad cercana a Juquila-, con el sagrado cargamento, pero pronto entre los vecinos se corrió la voz de la presencia de la virgen y de lo milagrosa que era, por lo que el pueblo le pidió la entregara al templo del lugar y aunque él se resistió al principio no pudo conservarla en su humilde posada. No pasó mucho tiempo cuando un voraz incendio abrazó la comunidad incinerando casas y el pequeño templo de la comunidad, todos salieron despavoridos a las montañas cercanas y desde allí vieron cómo el fuego todo consumía a su paso y cuando cesó tristes y acongojados volvieron a su pueblo, no había nada, sólo cenizas, grande fue el dolor al ver lo que quedaba del templo para luego embargarse de admiración y sorpresa al ver entre los escombros incólume la pequeñita y bella imagen de la virgen, con su vestido intacto y negro su rostro, así como es ella.


Los lugareños decidieron conservarla en un humilde jacal levantado en el lugar de donde había salido. Pasaron los años, hasta que el obispo de Antequera Ángel Maldonado, el 30 de junio de 1716, firmó el decreto por el cual, a partir de esa fecha, el santuario de la Virgen sería Santa Catalina, Juquila, a donde fue traslada, y desde entonces se le venera con gran devoción.
Hasta hace algunos años los que deseaban visitarla tenían que caminar desde la ciudad de Oaxaca, pero al construirse la carretera empezaron a llegar vehículos automotores a Sola de Vega y de allí se hacían tres días a pie hasta su santuario; se caminaba del alba al anochecer, alumbrándose con hachones, lámparas de mano, velas o veladoras, cuando era necesario por la oscuridad. Se escuchaban desde lo lejos los cánticos y rezos; las voces de miles de personas y el respirar forzado de cada uno de ellos, los gritos y lloriqueos de algún chiquitín que se había perdido, cansado o no quería caminar; el ruido de la hojarasca por la escapada temerosa de lagartijas, roedores, o reptiles, que huían de la presencia de seres extraños para ellos. Pero nada importaba, la fe hacía que todos soportaran estoicamente las inclemencias del tiempo o los obstáculos. El primer lugar al que se llegaba después de Sola de Vega era al “Trapiche de Lazo”, luego a los Sabinos, en donde concluía la primera jornada.


Al amanecer del día siguiente se oían las pisadas silenciosas y de un lado a otro de los que levantaban su campamento; unos cargaban a los burros, mulas o caballos con el equipaje; otros lo colocaban sobre su espalda y se reanudaba la travesía; se pasaba el Río de las Vueltas, para luego disfrutar de las aguas cristalinas del río de Juchatengo, en donde antes de subir a Plan de Minas, se tomaba café de jarro, tortillas y un pedazo de tasajo oreado; el tramo más pesado por la pendiente y lo escarpado del terreno era precisamente de Juchatengo a Plan de Minas. El terreno era sumamente árido, no había agua en el trayecto ni con qué protegerse del sol inclemente de diciembre; era una prueba para el más avezado caminante, se salía de Juchatengo a las nueve o diez de la mañana a Plan de Minas arribando a las cinco o seis de la tarde sin deseos ni de comer, se tendía el petate y a dormir.


La siguiente jornada se iniciaba a las tres o cuatro de la mañana, era de lo más bonito, verde todo, árboles muy altos, olor a resina, a flores, a humedad; el frío calaba el cuerpo pero el gorjeo de las aves era un concierto extraordinario, inolvidable, pasar por El Vidrio, el cerro del Cacalote, luego el de la Virgen, era maravilloso, se sentía la grandeza de la naturaleza, para luego arribar al Pedimento, en donde todos religiosamente daban gracias a la virgen por haberlos protegido en la travesía y se hacían pequeñas figuras que simbolizaban un deseo y se colocaban al pie de la Cruz llamada del Pedimento. Se comía y bebía y se emprendía la última jornada.
Desde la Cruz del Pedimento se divisaban a lo lejos casas de adobe, techumbre de tejas rojas o carrizo; el humo que salía de las viviendas, el canto de los pájaros, el ladrido de algún perro y una angosta vereda serpenteando en la ladera de los cerros: ¡Juquila!, exclamaban todos llenos de júbilo, próxima estaba la casa de la Virgen.


La carretera llegó para borrar las huellas de nuestros pasos, pero jamás el eco de nuestras voces; las tantas historias que se cuentan en el camino; las expresiones de dolor o de admiración ante lo desconocido y esa extraña sensación de triunfo, de haber podido vencer tantas horas de cansancio, de peligros, solo por una ilusión, un deseo, una esperanza, ver a la Virgen de Juquila. ¡Que emoción incomparable!.


Estar allí, frente al templo; admirar sus portentosos muros, altos campanarios, bóvedas que se dibujan sobre el azul del cielo; entrar por su amplia puerta; aspirar el néctar deliciosos de las flores, de los miles de flores que cubren el altar, bañado con el humo del incienso, el perfume de la cera quemada, ver a tantos hombres y mujeres postrados ante el altar de aquella morena pequeñita, vestida de blanco y con minúscula corona, es emoción inenarrable, único e inolvidable. Son miles los que van en pos de ella para contarle sus penas, para que les de consuelo, para decirle la necesidad que los seres humanos tenemos de alguien que nos oiga, que nos escuche, y nos de la fórmula para encontrar la paz y la felicidad. Todo eso se dibuja en los rostros de grandes y chicos, en las súplicas y lágrimas; en los cantos y en los rezos silencios.

Esta Revista circula en Agencias de Viajes del D.F., Guadalajara, Monterrey y Puebla.