Ejemplar Número: 53

Oaxaca de Juárez, Oax.

Marzo 2008

Bienvenidos a Oaxaca Profundo

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  La Cuaresma en la Ciudad de Oaxaca

Gerardo F. Castellanos

Sinopsis: Época de abstinencia y al mismo tiempo de placer gastronómico. Eran días de luto; el sentimiento religioso se exaltaba, la ciudad vivía en los templos; todo era oración.

Martes de Brujas en Xoxo

Durante los seis primeros martes de cuaresma, a partir de las siete de la noche, en la plaza principal, en el centro de Xoxo, se instalan puestos en los que se vende, a turistas nacionales y extranjeros, tamales de mole, rajas, amarillo, verde, frijol (y especiales de elote, flor de calabaza, chichilo colorado hecho con maíz quebrajado y de frijolón) que acompañan con atole de panela; los puestos son iluminados por brujitas —mechero de hojalata con petróleo— que le dan el nombre a esta tradición; la invitación para ir a Xoxo a celebrar los martes de brujas se hace a través del sonido prehispánico de un caracol que tocan desde el corredor del municipio.

La palabra Xoxo significa: tortilla de maíz, tostada; quebradiza o que cruje al comerse. Es una población de origen mixteco que se localiza al sur de la ciudad de Oaxaca, México; a veinte minutos del centro de la ciudad, sobre la carretera que va a Zaachila.

Cuenta Wilfredo C. Cruz, 2002, que: «La noche del veintitrés de diciembre de cada año, llamada en la vieja Antequera «Noche de Rábanos» el rodar de los ecos de la serranía sobre el Valle, conduce extraños rumores de fiesta a las aldeas vecinas, percutir de tamboriles y vibrar de flautas y chirimías nativas, murmullos de voces, raros pregones, como si sobre Monte Albán se celebrara una feria nocturna, un extraordinario tianguis. A san Juan Chapultepec, a San Martín Mexicapan y a Xoxo —se dice— llegan los ecos; se percibe a intervalos, según el giro del viento, durante la «Noche de Rábanos», víspera de Noche Buena, ese conjunto de ruidos, voces y armonías que parecen surgir de los oscuros socavones de Monte Albán.

Estos ecos no atemorizaban a los habitantes de Xoxo que empezaron a esperarlos reunidos en el centro de la población que iluminaban, primero, con manojitos de ocote, después con mecheros en cajetitos de barro con aceite de higuerilla y más tarde con los mecheros de hojalata y petróleo. Sus mujeres empezaron a llevarles de cenar tamales de fríjol y atole sin dulce; así empezó a celebrarse la fiesta a la que llamaron: de brujas —a las que atribuían los ruidos, voces y armonías que surgían de Monte Albán—. Los curas españoles tratando de arrancar de raíz esta costumbre pagana —para ellos— la cambiaron a los martes de cuaresma; el pueblo siguió celebrándola hasta convertirla en una tradición.


La vigilia de los viernes en la ciudad de Oaxaca

La Cuaresma es una época de abstinencia y al mismo tiempo de placer gastronómico. Ante el ayuno y sobre todo frente a la imposibilidad que existía antiguamente de comer carne, ni aún huevos o leche, durante estos días, se fueron creando platillos, llamados de vigilia, destinados a sustituirla con pescados y mariscos.

Por la lejanía de las costas los productos más utilizados eran el pescado que previamente desalado, se asaba, freía, rellenaba, o se preparaba en escabeche, en almendras, en nogada, en chile ajo, en salda de perejil, en aceite y vinagre, en caldo o envuelto en huevo; la hueva frita, y el camarón seco de tamaño grande, mediano o pequeñito, muy apreciado, es un ingrediente que enriquece el caldillo de nopalitos y con el que se hacen bocadillos para estos días, en coloradito con fríjol blanco, fritos o en caldo de habas.

En las mesas de menos posibilidades, la eliminación de la carne obligaba al uso de la imaginación y al regreso de elementos campiranos como los quintoniles, ejotes, nopales, alverjas; los ayocotes en coloradito; las tortitas de papa y otras.
Los postres de esa época aumentaban sus ingredientes nutritivos y se recubrían de almendras, natas, pasas, crema, mantequilla, ingredientes todos, que trataban de compensar lo que se perdía al no consumirse el caldo de carne y el guisado.
Los dulces preferidos, son, entre nosotros, los garbanzos en dulce y los sabrosísimos bocadillos de garbanzo en miel de piloncillo. El arroz con leche, lechecilla, capirotada, torrejas, y quizá en alguna familia tradicional los antes de almendras y de chicozapotes. El Viernes Santo es tradicional consumir chilacayota en miel de piloncillo, con nicoatole.


Semana Santa en la primera mitad del siglo XX

En este tiempo la misa se celebraba en latín; en todos los templos había una tribuna colocada en alto —púlpito— desde el cual se pronunciaban los sermones; las mujeres, todas, para entrar al templo se cubrían la cabeza con un rebozo o con una mantilla; el sacerdote oficiaba de espaldas al pueblo y había un barandal que separaba el presbiterio del cuerpo del templo dedicado a los fieles; la única religión era la católica; estaba prohibida la lectura de la Biblia; no había radio ni televisión; el transporte era el tranvía de mulitas, las calandrias y las carretas; en el atrio del templo de Santa María del Marquesado había dos laureles de la India; eran días de luto; el sentimiento religioso se exaltaba, la ciudad vivía en los templos; era todo oración.

La Semana Mayor principiaba en la ciudad de Oaxaca el Domingo de Ramos, con la bendición tradicional de las palmas que una vez benditas, el celebrante las rociaba con agua bendita y las cubría con una nube de incienso y al compás del canto de las antífonas «Pueri hebraeorum», hacía la distribución. Al recibirlas, los fieles, besaban las palmas y la mano del sacerdote.

Lunes Santo. En el templo de La Soledad, al caer la tarde y al terminar el rosario, el sermón y el Te Deum, sacaban en procesión a la imagen de la Virgen y al Señor del Rescate que llevados en andas, recorrían el atrio. La virgen con traje de luto y manto negro bordado con hilos de oro y perlas. El Señor del Rescate vestía una túnica guinda de terciopelo, con la cabeza coronada de espinas y del cuello a los pies le colgaba un cordón esmaltado con ricas gemas: esmeraldas, brillantes, diamantes de gran belleza y valor.
Presidía la ceremonia el capellán, acompañado de las altas dignidades eclesiásticas, saliendo bajo palio y caminando entre salmos y nubes de oloroso incienso. Seguían las hermandades con sus insignias, los cofrades con sus escapularios en el pecho, otros cargando faroles o los grandes estandartes de rica felpa, bordados, llenos de amuletos y milagrería y que ostentaban un relicario de plata con la imagen de la devoción de la parroquia.
Por la cantidad de fieles católicos que asistían parecía que todo Oaxaca concurría a este acto; una banda de música le daba mayor solemnidad tocando música sacra.


El Martes Santo se celebraba en el barrio de Xochimilco con una fiesta profano religiosa. Las aguas frescas de Xochimilco. Se hacía una romería con el cordón de fieles que iba de la ciudad hasta las calles del barrio desde las primeras horas de la tarde. Era costumbre que, al terminar el vía crucis, que se hacía en el atrio del templo con el acompañamiento de faroles y de los estandartes de las mayordomías, de las autoridades municipales y del mayordomo en turno, se obsequiaba a los visitantes con vasos de agua de limón rayado, de tamarindo, de chía y de melón.

El Miércoles Santo. Comenzaba el gran drama con la iniciación de los misterios. Al acercarse las tinieblas de la noche, en Catedral, se hacían los rezos anticipados a la víspera de Jueves Santo llamados los oficios de Tinieblas.
Durante estos oficios, se colocaba en el altar mayor un candelabro triangular con trece velas encendidas, escalonadas, de cera amarilla, seis de cada lado, que representaban a los apóstoles, y una en el vértice, que se iban apagando, una tras otra, al fin de cada rezo, empezando por el ángulo inferior derecho, y siguiendo un orden alterno hasta llegar a la del vértice superior, la «vela María», que representaba a Jesucristo, luz del mundo.
Mientras se cantaba el «Benedictus» se apagaban también las velas del altar, y el templo queda casi en completa oscuridad, máxime cuando, durante el «Miserere» final, la única vela encendida del candelabro se ocultaba detrás del altar, quedando todo en tinieblas y en silencio, quienes querían espiar sus culpas se arrojaban al suelo para besar las baldosas o levaban sus manos implorando el perdón para sus culpas y llenos de arrepentimiento se flagelaban ardorosamente. Una emoción de pavura salía de las cortinas que cubrían las pilastras. Todo era recogimiento, dolor y angustia.
Terminado el «Miserere», el sacerdote y los fieles producían ruidos con las manos, libros y matracas, para significar la confusión que hubo a la muerte de Cristo y que cesaba repentinamente al aparecer la luz del cirio oculto detrás del altar con lo que todo volvía a la tranquilidad.

El Jueves Santo. Las campanas dejaban de oír sus voces. Desde el amanecer del jueves sólo se oía hablar a los leños, es decir las matracas, en recuerdo del árbol de la cruz donde murió Cristo, llamando a los fieles a los actos litúrgicos.
Los altares lucían atractivos decorados, en el centro estaba la urna que aprisiona a Jesucristo, dentro de un incendio de luces; a los lados estaban colocadas las graves figuras de los profetas barbudos y en las graderías había una simétrica profusión de macetillas sembradas con verde o amarillo trigo, erectos tallos de maíz y retorcidos filamentos de chía. Los muros se decoraban con ramos de laurel y de los candiles con velas pendían toronjas y naranjas adornadas con banderitas de oro volador.
Después de los oficios se celebraba el acto solemne del lavatorio, para recordar la humildad de Cristo lavando los pies de sus discípulos antes de comenzar la cena. Para esta ceremonia se escogía a los niños o a los viejecitos pobres del barrio, siguiendo la costumbre de regalarles traje y calzado nuevos.
Como todo mundo estrenaba en semana santa, cuenta Carlos Filio, 1935, que era cosa frecuente encontrar a personas de condición humilde que llevaban en la mano los zapatos que se han quitado por incómodos y que al llegar a su casa, curaban, untándoles sebo o apelando al procedimiento sui géneris de llenarlos de orines y ponerlos de punta escurrir durante la noche.
Terminado el lavatorio, que era muy concurrido en la Merced, en San Felipe Neri y en San Francisco, se celebraba a las tres de la tarde la ceremonia de la seña en Catedral. Al canto de Vexilla Regis, que consistía en ondear una enorme bandera de «paso» —insignia de una hermandad— que llevan las cofradías. Consiste en una tela blanca con una cruz que la divide en cuatro cuarteles, usándose los colores que son propios de la Hermandad. Este acto era de mucha impresión por la solemnidad de su liturgia que los acólitos acompañaban con mucha destreza, hasta llegar al barandal del ciprés, donde uno de los oficiantes la tomaba y moviéndola lentamente, de uno a otro lado, la ondeaba sobre los fieles.
La tarde y la noche de jueves santo los creyentes se dedicaban a visitar los altares y los «pasos» que era una imagen o grupo de imágenes que representaban un suceso de la pasión de Cristo. En originalidad y esplendor se disputaban los monumentos de la Merced, San Francisco, San Felipe, las Nieves y el Carmen Alto.
Los «pasos» de la Merced eran objeto de la más detenida contemplación; se formaban el los corredores del convento, comenzando desde la entrada donde, en un cuarto sombrío tras de la reja prisionera, estaba Jesús, vendados los ojos y atadas las manos. Un chico hacía el paso de los visitantes en tétrico ruido de fierros y cadenas y con voz plañidera decía: «Una limosna para el señor del aposentillo». Excuso decir que el truco era de resultados positivos, pues no había visitante que conmovido por el espectáculo que representaba el divino preso, no se apresurara a depositar su limosna.
En los demás pasos, hechos con imágenes de tamaño natural, se representaba la vida de Jesús: aserrando las maderas en el taller del patriarca José; entrando a Jerusalén montado en paciente asno; bendiciendo el agua y el vino en las bodas de Caná rodeado de sus discípulos, sin faltar el maléfico Judas; la Oración en el Huerto de los Olivos y finalmente su muerte en el cerro del Calvario crucificado entre Dimas y Gestas.


El Viernes Santo. El sentimiento religioso se exaltaba, la ciudad vivía en los templos; era todo oración, y desde temprano sus habitantes, todos de luto, se iban al encuentro de Xochimilco o al de Jalatlaco; a las once al del Marquesado o a las doce al de la Merced. Los oradores sagrados como Mariano Palacios, Natalio Parada, Luis Santaella, tenían a su cargo el panegírico del acto en que Jesús se encuentra a María en la calle de la Amargura.
La decoración de estas escenas se arreglaba sacando a las imágenes por lados opuestos y llevándolas en andas cargadas por penitentes con sotana rematada en largo picú rucho y con hendiduras a la altura de los ojos. Jesús salía escoltado por los soldados romanos, por centuriones a caballo, que llevaban las banderas invencibles de Tiberio y las tradicionales tablas grabadas con la orgullosa divisa: «El pueblo, el Senado y la Curia Romana», y llegado el patético momento del encuentro, el orador, colocado en el púlpito bajo la sombra de algún árbol del atrio, hacía un sermón doliente y emotivo que conmovía hasta las lágrimas.
Naturalmente que en todos estos actos no faltaban los aditamentos profanos traducidos en romerías hechas en torno a los templos, donde se instalaban puestos de aguas frescas, vendimias de frutas, dulces, globos de colores y matracas ensartadas en gruesos carrizos.
Las siete palabras, el descendimiento y el pésame, eran ceremonias conmovedoras por el dolor y la tristeza que infundían, de emoción a toda intensidad y en donde los curas oradores hacían gala de elocuencia. El descendimiento tenía su máxima solemnidad cuando salían los representantes de Nicodemus y Juan de Arimatea a desclavar el cuerpo de Jesús para ponerlo en los brazos de la madre dolorosa. El pésame se daba a la virgen de La Soledad que vestida de luto era sacada en procesión por el atrio del templo. El pésame duraba toda la noche; los fieles amanecían en el templo.

La Semana Mayor terminaba con el toque de campanas que anunciaban que se abría la gloria, la quema de los judas, el indispensable paseo de la Alameda y el estreno de un traje de color.

En la Alameda era el paseo del mejor gusto para oír buena música y hacerles a las damas presentes de ramos de flores y matracas de marfil y cedro, talladas y caladas bellamente. En este lugar se daban cita los elegantes.
Los hombres de negocios del ramo de turismo deben fomentar el rescate de estas costumbres perdidas, no para vivir en el pasado, sino para convertir a Oaxaca en un emporio turístico mundial.

 

.  En la Portada:
. Cuando los amigos comienzan a irse . Semana Santa . La Cuaresma en la ciudad de Oaxaca

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