
Soplan vientos de recogimientos y contrición… vientos cuaresmales que, como si coincidieran con la luctuosa conmemoración de la tragedia del Calvario, gimen melancólicos sobre la polvorientas calles de Antequera, de esta vieja Antequera que cada año viste de riguroso luto rememorando la Pasión del Mesías, y la que, de suyo grave y recatada, pese a las estridencias de la época, cobra un perfil ascéticoy austero, como si pesara sobre ella, abrumadora, la profunda y terrífica sentencia del memento homo con que la liturgia del Miércoles de Ceniza abre la larga temporada de cuaresma.
Porque en Oaxaca, antes más que hoy, la celebración de la Semana Mayor ha revestido, dentro de la tradicional nota profana que no puede faltar en toda fiesta, cierto carácter de seriedad, inusitado. No tiene la típica teatralidad y colorido populares con que en Ixtapalapan, por ejemplo, se conmemora la Pasión. Entre nosotros, sin que por ello pierda su sabor también marcadamente popular cobra perfiles de liturgia, tiene un homo sentido de devoción, cierto aire de autoridad levítica que hasta en los aspectos profanos, presiden toda la manifestación pública y privada, entre un ambiente de religiosa unción, de gravedad solemne, del sincero dolor que la tragedia de Cristo prende anualmente en el corazón de los fieles católicos de Antequera.
Pero, naturalmente, ni todo fue ayer ni lo es hoy recogimiento y recato; la popular nota profana, nervio de la tradición oaxaqueña, pone un acento jubiloso sobre la gravedad de los días santos y satura el ambiente melancólico de una alegría sana, sencillamente ingenua, que comienza a desbordarse, cada viernes, con los paseos matinales al Llano.
VIERNES DE CUARESMA
¡Viernes de abstinencia! ..La variada y antojadiza cocina oaxaqueña abre una tregua a las alhóndigas y a los tasajos “de hebra “ y requiere las ensaladas de verdura, el caldillo de “topote” o arroz con camarón y alberjas. Bajo naves de los templos, a la oración zumba el murmullo de los fieles que congregados rezan el Vía-crucis. Y en el Llano donde los centenarios fresnos y laureles comienzan a cargarse de retoños bajo el influjo de la vecina primavera, pone inusitada animación, cada mañana, el tradicional paseo de esos viernes saturados de humedades matinales, de perfumes de renuevos en flor, de risas joviales y de las alegres melodías que la Banda del Estado vuelca sobre el bullicio del viejo parque solariego.
Los Viernes de Cuaresma presiden la celebración de la Semana Santa en Oaxaca con diversas manifestaciones religioso-profanas que, en riguroso orden cronológico, se han hecho tradición. Pero, excepción hecha de los paseos matinales al Llano y de la vigilia rigurosamente observada, sólo tienen significación fuera de la capital, en los pueblos vecinos con los oficios de ritual acompañados de la murga del «teponaztli» y la «chirimía» y el estruendo de las «ruedas catarinas», y en los lejanos, como los de Cópala y Huaxpaltepec, con la verificación de sendas ferias ganaderas.
CUARTO VIERNES
Es el Cuarto Viernes el que abre las puertas de la tradicional Semana Santa en Oaxaca, con el simbólico reparto de aguas frescas. ¡Viernes de la Samaritana!... La multitud se agolpa en el pórtico de los templos para llenar la «cantimplora» o el criollo jarro vidriado, con el refresco de fragante chía, de blanca horchata, de tamarindo o de jamaica, rociado con pétalos de rosas, que las «chinas» de la barriada pródigamente ofrecen. Y hay un apretujarse de la gente, bajo un ambiente lleno de frescura, saturado del peculiar aroma a barro húmedo y a tierra remojada que se escapa de las enormes ollas horchateras, típicamente ornadas de verdes carrizos y banderitas de colores.
Antiguamente, a un lado del pórtico de los templos, una silueta de Jesús con la Samaritana, y un pozo con brocal, indicaban gráficamente el sentido de ese sencillo y tradicional acto del Cuarto Viernes. Hoy ha desaparecido del escenario de la tradición tal simbolismo gráfico, pero como ayer, nuestras «chinas» samaritanas continúan ofreciendo, como primicia en flor, la fresca dádiva de sus empetatadas aguas al viandante, en memoria de aquel pasaje bíblico donde el sediento Nazareno humedeció sus labios abrasados en el odre que le ofreció la de Samaritana
QUINTO VIERNES
Ocho días desPués las calles de la cercana Villa de Etla se inundan de peregrinos que, con su clásica ofrenda de ceras y de «milagros» de plata, acuden de muy lejos: de la abrupta Sierra, de la Mixteca, del anchuroso Valle, para cumplir la «manda» o la «promesa» hecha al milagroso Nazareno que en esa Villa se venera. Y no es sino hasta el siguiente domingo
cuando Oaxaca se despuebla para visitar al Señor de las Peñas, hormigueando el gentío sobre el camino que arranca de la Villa hacia las peñas sobre las que se edificó la vieja iglesia colonial, y en donde es fama que hizo su aparición la efigie del Redentor con la cruz a cuestas.
Famosa es esta romería del Quinto Viernes en la Villa. Porque es eso: una señora romería. Viernes y domingo, todo el día, la llanura se estremece y cimbra bajo la trepidante mole del ferrocarril que avanza ululando por los viejos dominios de Cortés, conduciendo cientos y cientos de romeros que, al descender, parecen hacerlo como impelidos, en masa de los carros. Y toda esa enorme y abigarrada multitud, sobre la que se destaca el albo y recién estrenado atavío del indígena, no acude allí precisamente, como sucede en otras ferias, atraída por el estímulo de un cierto interés especulativo, sino movida de una profunda fe, de una honda religiosidad de un alto espíritu de devoción que casi toma el abstracto sentido de lo místico. Por la tarde, a veces aun ya noche, los peregrinos emprenden el retomo. Llevan a los suyos la «reliquia» de la fiesta: caracoles, monigotes, peines y otras chucherías artísticamente manufacturadas con los tallos y las espigas del trigo, imágenes del Señor de las Peñas y, sobre todo, las ricas y sustanciosas «tortas de la Villa».
VIERNES DE DOLORES
Es uno de los últimos vienes de cuaresma, como quien dice; el viernes víspera de los días santos. ¡Es el viernes de las flores y de los tradicionales altares en las casas oaxaqueñas! Nuestra vieja Alameda, donde se desarrolla el paseo amenizado por la Banda del Estado, se engalana ese día, se baña de un fresco aroma de campiña, de selva húmeda, de roció mañanero, desprendido de los puestos de musgos y helechos del Rincón, de las palmas de la Mixteca para el Domingo de Ramos, de coronas de «cucharilla de haces de encaje» y flor morada para el altar de la Dolorosa.¡Y hay que ver los altares oaxaqueños!... Con sus almácigos de milpas de amarillentas hojas, cultivadas adrede para que adquieran ese color macetillas de trigo o chía de un verde vivo, ornadas con caladas banderitas de papel de china, y su musgo verde y fresco, con frescura de montaña.
!Hay que ver los altares oaxaqueños!... !Joyeles de verdura, de sencillez artística, de espiritual ingenuidad! Sobre todo lo que, año con año, llevantan las prodigiosas manos de una «china» ya madura, muy metida en la tradición,en una accesoria de la casa del Coquito, en el barrio de El Marquesado; o del filarmónico Blanhir, en la tercera de Tinoco y Palacios; o el de Don Guillermo el tablajero, allá por la cuarta o quinta de Díaz Ordaz, o, por último, el de Don Carlos el “Sompimpa”, en la segunda de González Ortega, allá por el rumbo de Los Príncipes; y en donde, a la vieja usanza, todavía los vecinos del barrio se congregan a rezar, y el proverbial comedimiento oaxaqueño corresponde a todo visitante con el obsequio de sendas tazas de refrescante horchata o tamanndo. Porque, hace tiempo, era costumbre visitar estos altares, de barrio en barrio, de casa en casa, con la misma piedad y devoción con que hasta la fecha se siguen visitando los altares o monumentos de los templos el Jueves Santo.
DOMINGO DE RAMOS
La ciudad despierta en la clara mañana de primavera con el jubiloso clamoreo de las campanas cuyas lenguas de bronce parecen cantar: —¡Hossana! ¡Hosanna al Hijo de David!... ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!...
Es el aniversario del triunfal recibimiento del Mesías. Día de la bendición de las palmas. Desde temprana hora hasta las doce, después del santo sacrificio de la misa los fíeles van retomando de los templos con sus palmas benditas, reliquias custodias del hogar, conservadas devotamente tras las puertas y las que, incineradas en los días de tormenta, tienen el taumaturgo privilegio de conjurar la tempestad. Todavía ese domingo la ciudad vibra, jubilosa, como vibró en lejano e igual día Jerusalén. Al día siguiente se cubrirá de duelo y envolverá su congoja en el burdo sayal del penitente.
LUNES SANTO
Henos aquí, ahora, a las puertas de la Semana Mayor. Los templos amanecen de luto. Cubren las imágenes, los retablos, las columnas, amplios paños color violeta oscuro, que imprimen un sello severo e imponente al silencioso recogimiento de las naves.
En la ciudad comienza la aparición de caras nuevas, las de los visitantes de otras entidades: México, Puebla, Veracruz, la lejana Guadalajara, que, con motivo de los ahora más eficaces medios de comunicación, llegan a pasar la Semana Santa a Oaxaca. Con ellos hace también su aparición la caravana de «paisanos» de la Mixteca, del Rincón, del inmediato Valle, que, luciendo su flamante y pintoresca indumentaria, cada año acuden a la celebración de los días santos a la capital.
Es el Lunes Santo el que abre para los fíeles una semana de recogimiento y de meditación, y el que imprime al tañido intermitente de los bronces un eco profundamente melancólico, como de funeral. Antiguamente desde este día se supendía en Oaxaca toda habitual actividad, y acaso si se exceptuaban los indispensables menesteres domésticos. La austeridad de las costumbres, nacidas de un acendrado sentimiento casi ascético, impedía asistir a toda clase de espectáculo que no fuera estrictamente religioso, mantener conversaciones inconvenientes, concurrir al baño y hasta escupir, porque con esos actos se ofendía a Cristo presente. Pero todo degenera... El espíritu austero del Oaxaca de ayer naufraga en esta época de magnavoces y de rock-olas cuya estridencia no es capaz de hacer cesar ni siquiera el respeto a los más grandes días del año.
MARTES SANTO
Reprisa del Cuarto Viernes en el pintoresco Xochimilco, el de los floridos vergeles, el de la hace tiempo musical atarjea. Esa tarde hay prisa por acudir a las «aguas frescas de Xochimilco». La Banda del Estado, desde el atrio del templo, anima la visita a la barriada. En el corredor del que antes fuera edificio de la Agenda, las grandes ollas horchateras y la esplendidez rumbosa de las «chinas» mitigan la sed provocada por la caminata, con la fresca horchata, el limón rayado, la menuda chía... Termina el clásico obsequio de refrescos a la caída de la tarde. La concurrencia, emprende, cuesta abajo, el regreso al corazón de la ciudad, mientras las sombras del crepúsculo, como impalpable embozo, van envolviendo los ruinosos contornos de la barriada legendaria.
MIERCOLES SANTO
A medida que avanza la semana, el recogimiento y el silencio van apoderándose cada vez más de la dudad. Se siente, como flotando sobre ella, como envolviéndola, como presente, viva, la inminente tragedia del Señor. Es, bajo ese ambiente de religioso recogimiento con que hace su aparición el Miércoles Santo, cuando, por la mañana, se desenvuelve bajo las altas naves de la Catedral la solemne liturgia de la «Seña», la ultima de las tres que se celebran, liturgia ésta que, por su imponencia y gravedad, deja la impresión de una vieja ceremonia medieval, o un rito austero de los primeros tiempos de la Iglesia.
Y es por la noche que, tanto en la Catedral como en los otros templos, se verifica el acto ritual de las «Tinieblas», el cual, si en otros tiempos, con el punzante disciplinazo corporal fue motivo de contrición sincera y de público desagravio de las culpas, lo fue también de lances chuscos y diabluras nada en consonancia con el respeto propio del recinto, pues sucedía que al amparo de la penumbra en que quedaba envuelto el templo cuando las luces se apagaban, y mientras los fieles se propinaban sonoros disciplinazos, los pilletes traviesos se daban a la tarea de jugar malas pasadas a las señoras, cosiendo enagua con enagua o arrojando a los penitentes bien maduros frutos de zapote negro que, como es de suponer, ponían la indumentaria de los fieles como no digan dueñas!
JUEVES SANTO
Inicia la Catedral, por la mañana, los actos litúrgicos del Jueves Santo, con la bendición de los Santos Óleos. A eso del medio día. Lavatorio en la Catedral son escogidos los más ancianos de Oaxaca Y retrospectivamente, surgiendo de una de tantas estampas de las ceremonias de antaño: ¿Quién no recuerda la desaparecida silueta de Mambrún el que por su corta y blanca barba parecía la viva encarnación de San Pedro? ¡Cuantas veces el también extinto canónigo Gracida, ceremonioso y grave, con su humildad característica depositó sobre sus pies el tradicional ósculo signo de humillación!
Es el Jueves Santo el esperado «Jueves de los Altares». Pululan los fieles, desde por la tarde hasta en la noche, en las calles de Antequera, de un extremo a otro, para la visita de rigor a los siete templos. Este y los siguientes son los días de los «estrenos»; del calzado rechinante para las fámulas de casa rica, para las «chinas» o los «charritos» de ayer del rebozo nuevo, las valiosas arracadas, el fino «casné» o la luciente enagua de olán, del charro galoneado y el ajustado pantalón, o el veraniego “canotier” para los «rotos» ahora entregados al económico sinsombrerismo. Con el transcurso del tiempo moda e indumentaria han cambiado pero no la costumbre del «estreno». Los oaxaqueños continúan y continuarán estrenando la prenda de vestir, el Jueves Santo, para concurrir a los altares que se levantan en todas las iglesias de la ciudad y que, según la tradición que corre, son símbolo y representación del Monte Calvario.
Cada altar, dentro de su severo simbolismo, es un derroche de luminosidad feérica, con los áureos reverberos del arca bíblica, el fulgurante deslumbrar de los cálices y el vivo chisporroteo de los cirios. Parece como si los templos entraran en disputa por la primacía en este acto de sacra estética. Y articularmente se han distinguido siempre, por la exquisita elegancia y originalidad de su ornamentación, los altares de la Sangre de Cristo y de las Nieves. Junto al pórtico de los templos reciben los fieles a cambio de la limosna depositada, el diminuto pan bendito, conservado durante todo el año para que nunca falte el sustento cotidiano. Afuera, en una celda improvisada, Jesús encapillado aguarda... Entre un lúgubre sonido de cadenas una voz infantil depreca: —¡Una limosna para el Señor del Aposentillo!...
VIERNES SANTO
Llega, al fin el día más solemne. El fúnebre catafalco, al fondo de los templos, ha reemplazado a los altares de la víspera. En algunas iglesias, especialmente en la Merced, se representan con una serie de imágenes los pasos de la Pasión.
Es el viernes de los dramáticos «encuentros», de las Siete Palabras, de los Descendimientos, donde los oradores sagrados hacen derroche y gala de elocuencia. Hace años conmovían al auditorio, con la profundidad y vigor de sus sermones, oradores de muchas polendas como los desaparecidos canónigos Celso N. Castro y Ramón Ramírez de Aguilar, y el también extinto canónigo Camacho.
Desde las cinco de la mañana hasta las seis de la tarde, luciendo el llamativo «estreno» circula por las viejas barriadas de Antequera la caravana de fíeles, de Jalatlaco a Xochimilco, de éste al Marquesado, del Marquesado a la Merced, donde habitualmente se celebran estos últimos actos de la Semana Santa. Es en el Marquesado, sobre todo, donde el «encuentro», verificado cerca de las doce, cobra mayor animación y ofrece un interés particular, con los encapuchados penitentes que cargan en andas al Señor, y los legionarios del Imperio, con sus cascos de hojalata, que lo conducen al suplicio, desenvolviéndose el acto cabe el espacioso atrio parroquial, a la sombra de los frondosos laureles, entre el monótono chirriar de las matracas, el pregón de los neveros y la doliente melancolía del Stabat Mater.
Y, después del Descendimiento, solemnizado con mayor animación en la Merced, va bien entrada la tarde, cierra éste último día de Pasión el pésame que Oaxaca entero acude a dar a la Patrona de la Soledad, bajo cuyo manto protector desfilan los fíeles, de rodillas, el siguiente Sábado de Gloria, y la que, tradicionalmente, esa noche es conducida en procesión por el anchuroso atrio del santuario, donde pasea su angustia de madre atribulada en un acto de impresionante religiosidad, el más impresionante y patético de cuantos han sido celebrados durante la semana, puesto que todos los oaxaqueños acuden a unir su dolor al dolor hondo de la Reina y Madre de Antequera.
SÁBADO DE GLORIA
Aunque, según el ritual cristiano, no es sino hasta las doce cuando los bronces echados a vuelo anuncian jubilosos la Resurrección del Señor, en Oaxaca, desde las ocho de la mañana, hora en que comienzan a vibrar nuevamente las campanas, rompe el júbilo la severidad de los días santos que aún continúa flotando en el ambiente, y prende en las almas florecientes renuevos de alegría. Y, después de los últimos oficios, a disfrutar la «gloria» en los puestos de nieve o aguas frescas, o bajo las sombreadas avenidas del Zócalo, donde la Banda del Estado vuelve a hacer acto de presencia, mientras la tradicional «quema de Judas» llena de explosiones detonantes las calles y las barriadas de Oaxaca.
DOMINGO DE PASCUA
Pero no ha terminado todo. Falta aún la celebración de la Resurrección, en el apartado barrio de Jalatlaco el Domingo de Pascua, y en la Trinidad de las Huertas el siguiente lunes. Estas tranquilas barriadas de Antequera desusadamente se alborotan esos días con la heterogénea concurrencia que las visita, los populares puestos de «empanadas» y las clásicas ollas de «tepache», el pregón de los expendedores y el estruendo de los cohetes. Y, omisión hecha de los oficios religiosos, Jalatlaco es el que cierra la celebración de la Semana Mayor con el broche de oro de un acto del más puro y típico oaxaqueñismo: ¡la tradicional «mayordomía» y la rumbosa esplendidez de las garbosas «chinas», madrinas de la misa de función, que acuden al templo con el enorme y fragante búcaro de rosas cuajado de relucientes pesos!¡Semana Santa oaxaqueña!... Recogimiento austero de la ciudad atribulada. .. Místico olor de santidad que escapa de los templos. .. Ritual donde la tradición amalgama el severo espíritu de la Pasión de Cristo con las profanas explosiones de alegría e ingenuo júbilo del pueblo. De esta crónica, que excluye el rico anecdotario de varios lances y sucesos ocurridos en las celebraciones de ayer, apenas si escapa un pálido bosquejo de lo que es, y en parte de lo que hubo sido, la celebración de la Semana Mayor en esta vieja provincia de Antequera. Sobrevivientes de otra generación, viviendo con un pie en el pasado y el otro en el presente, hay quienes sentimos con mayor intensidad el ritmo acelerado de las transformaciones que se operan en nuestras seculares tradiciones. De aquí que, para cerrar la crónica, compulsando las cosas del ayer con las de ahora, piense, con los abuelos: —¡En mis tiempos la fiesta era mejor!.
XOXO
SANTA Cruz Xoxocotlán, llamado comunmente, por contracción, Xoxo, celebra su fiesta titular el jueves de la Ascensión, fiesta movible que cae generalmente en mayo. Pero es por lo regular hasta el domingo siguiente a dicho jueves cuando, acudiendo a la cita de esta festividad consignada en el calendario de la tradición, parte de Oaxaca la caravana de visitantes, frecuentemente a pie, por la polvosa carretera, amplia ruta de las antiguas y pesadas carretas, a cuya vera, cerca de la garita que delimitaba los vastos dominios de D. Hernando, una humilde ermita, levantada en el sitio en que el capellán de las tropas del conquistador español dijo la primera misa, mantiene en pie la tradición de ese acontecimiento secular.
Son los días de los fuertes calores. Un sol tórrido calcina la agosta da campiña, y entre nubes de polvo que atosiga y que blanquea las copas de los huamuches y pirús, avanzan los grupos de peatones, saludados por el monótono cú-cú de las tórtolas y el discordante chirriar de las cigarras. En la garita, o al arrimo de cualquier sombra a lo largo del camino las ollas de refrescante «tepache» —inesperado oasis encajado en la aridez reseca de los campos— brindan su frescura confortante al sitibundo apremio de los transeúntes que se dirigen al poblado, haciendo caso omiso del vulgar medio de conducción que hoy proporcionan las actuales diligencias con motor.
Esta fiesta de Xoxo -poblado de anchas y arenosas calles y cercas de órganos y frágiles carrizos, con su vetusta iglesia en cuyo atrio una gran cruz de piedra pone un profundo sentido de religiosidad y abre una perspectiva marcadamente colonial— tiene un cierto y acentuado sabor de primitivismo ancestral que no se observa en ninguno de los poblados próximos a la ciudad. Acentúa esa impresión el percutir monorrítmico del teponaztli y la rápida salmodia de la «chirimía» que, desde las bóvedas de la vetusta iglesia, parecen presidir el ceremonial de un viejo rito. Y en verdad que esa fiesta a veces se transforma en rito, pero -en rito de sangre, cuando, bajo el influjo del alcohol o del impulso atávico que aflora en el instinto bélico de los indígenas del Valle, el machete rubica una tragedia en el vibrante giro de su parábola siniestra… o cuando, también a veces, en el improvisado caso los aficionados al peligroso arte de la tauromaquia pagan las consecuencias de su excesiva confianza al arrimarse demasiado a las astas del furioso cornúpeta este último espectáculo, el del corral de toros, es sin lugar a dudas el atractivo principal, si no el único, de la rumbosa festividad de Xoxo, espectáculo que, ya casi desaparecido de las festividades de los pueblos del Valle, perdura solamente, hecho tradición, en Xoxo y Tlalixtac, como un trasunto del bizarro arte de la lidia introducido en México por la afición española, pero acá ejecutado por el indígena a su manera, diríamos que adaptado a su idiosincracía, en una forma que, si bien desprovista de la espectacular elegancia de los cosos taurinos, hace alarde, en cambio, de igual o más valor en el ágil esguince del humilde zarape o en el bronco jineteo de la res que no por manzurrona resulta menos peligrosa que el auténtico burel de lidia.
Vibra la amplia y soleada plaza —en la que deambula el gentío regodeándose entre la diversidad de puestos de comestibles, bebidas y frutas de la temporada, principalmente mangos, ciruelas y pitahayas— bajo la exultante estridencia de la trompeta que urge la embestida. En el improvisado ruedo cercado de rústicos horcones de chichicaztle, las arriesgadas suertes con la res ofrecen una diversión que mantiene en tensión constante los nervios de los espectadores, pues se concurre a Xoxo exclusivamente para asistir a la corrida. No falta algún aficionado que, en expontáneo «mano a mano» con los lugareños y con los conocimientos adquiridos en el espectáculo de los grandes cosos, se haga acreedor a una ovación cerrada y, ostentando como galardón no precisamente un rabo o una oreja pero sí una bien llena «media» de mezcal, se convierta en el héroe de la tarde. Pero comúnmente es el indígena, estimulado por el alcohol, quien brinda al visitante las airosas faenas que borda en el testuz el arco-iris de luz de las cobijas, o bien el bizarro espectáculo del salvaje jineteo del bruto, a lomo limpio. A veces el manzurrón bovino, desuncido a la carreta para convertirlo en forzada res de lidia, sale de pocas pulgas y es ahí donde la nota chusca viene a aflojar la tensión propia del espectáculo y escapa en unánime rechifla cuando, ante la brava acometida del cornúpeta, comienza la poco airosa fuga de los diestros que, al aire los girones del calzón gloriosamente desgarrado, buscan desalados el seguro refugio de la empalizada... o cuando el mal aventurado jinete, en un inesperado e impresionante acto de acrobacia, sale despedido por los cuernos para aterrizar en el templete de los músicos o quedar suspendido del ceñidor, como grotesco péndulo viviente, en el extremo de un horcón!...
Es, pues la lidia y jineteo de las reses domésticas, un espectáculo lleno de incidentes y peripecias, sangrinetas unas, tragi-cómicas las más.
Y con éste espectáculo la comunidad indígena de Xoxo celebra rumbosamente la fiesta titular del pueblo y guarda celosamente, con bien definido sabor vernáculo, una de tantas celebraciones consignadas en las festividades tradicionales de Oaxaca. Respondiendo a la cita con la tradición en el inmediato poblado, allá va, cada año, la larga caravana de visitantes, —saludados por el monótono cú-cü de las tórtolas y el discordante chimar de las cigarras- por la amplia ruta de las antiguas carretas cuyas nebulosas y grises tolvaneras parecen cubrir, como un sudario, la aridez reseca de los campos.
 |